Enero-2006

Otra África es posible

Robert McGovern

Al inicio del milenio África parece mostrarnos lo peor: hambruna, destrucción ecológica en el campo, miseria en las ciudades, sida y otras epidemias, avaricia y corrupción de las élites, tiranía, inseguridad... Lo peor.
¿Qué pasaría en cambio si África nos diera lo mejor de sus posibilidades? ¿Qué pasaría si mostrara la cara de una de sus aldeas cuando goza de paz? Allí toda persona es saludada y reconocida en su dignidad. Los conflictos que existen son resueltos y la armonía restaurada mediante el diálogo público, el consenso, y la reconciliación. La juventud desborda de energía y los ancianos son respetados como fuentes de sabiduría y de tradición. La fe religiosa es central en la vida pero sus diferentes tradiciones conviven en el respeto mutuo.


Lo que más urge en África es una cultura de paz. Ya existe esa cultura. Al nivel de la familia extendida y del pequeño poblado se busca resolver públicamente los conflictos mediante cuentos, proverbios y parábolas. Se logra por la expresión pública de la verdad y por un consenso que toma en cuenta a todos y no humilla a nadie. En septiembre del 2002 tuvo lugar en Sudáfrica la cumbre interconfesional por la paz. Los delegados mani-festaron la opción de emplear los medios africanos tradicionales para resolver los conflictos, relajar las tensiones entre los partidos y vivir una coexistencia pacífica y armoniosa. El método actual, modelo importado, no está funcionando. ¿Por qué no ponen en práctica la cultura africana?


La idea es buena, incluso imprescindible. Sin embargo sería un espejismo si no confrontara el contexto de esos conflictos. La guerra y el desorden son la culminación de la triste letanía de problemas del África moderna: pobreza creciente, urbanización, comercio de armas, refugiados y desplazados, problemas demográficos, condición de la mujer, el sida, la calidad de las escuelas, el saqueo de los recursos naturales, el medio ambiente, las divisiones étnicas, la violación de los derechos humanos, la tiranía, la anarquía.


Algunos de estos problemas disminuirían si el mundo exterior aplicara sin tardar algunas medidas. Por ejemplo, el tráfico de armas: al final del siglo XIX las potencias europeas, ocupadas en consolidar su dominio, prohibieron la venta de armas modernas a los «indígenas africanos». Ahora en cambio Occidente impulsa una trata de armas que martiriza al Continente. Por acuerdo africano e internacional debe ser eliminada. Los que venden armas tendrían que vender medicinas y libros.


Ya basta de explotación de los recursos del África pobre por países que ya son muy ricos. Que Occidente acepte que los beneficios del petróleo, diamantes y otros recursos deben quedarse en África. No es imposible. Un consenso internacional pudo lidiar con la venta de marfil. Una comisión internacional e interafricana podría monitorear los contratos hechos al respecto utilizando la presión moral de los medios de comunicación.

La deuda internacional de muchos países puede ser sencillamente cancelada.
África ha sido muy mal servida por sus líderes. Es la tradición de los big men. Colaboraron con los esclavistas portugueses, suahili, ingleses, y estadounidenses. Dieron su apoyo al saqueo del río Congo por el Rey Leopoldo. Posibilitaron al gobierno indirecto de las colonias europeas y aprovecharon de las divisiones tribales que implicó. Lucharon por el poder después de la independencia para luego enriquecerse canalizando los recursos de África al extranjero y el erario público a sus cuentas personales en Europa.
África, sin embargo, tiene una riqueza excepcional de talento político. ¿Quién no se ha asombrado por la elocuencia de su discurso o la sabiduría de sus consensos? El África alternativa no surgirá si una nueva generación no se pone de pie y si no resiste las seducciones del poder. En la lucha por la independencia y por derrocar el apartheid se dieron enormes sacrificios desinteresados. Ahora el Continente necesita de nuevo ese tipo de héroes. Es a los jóvenes africanos a quien toca decidir.


Esa decisión supone una educación renovada. Tarea posible a causa del gran anhelo de educación que tiene la juventud. Tarea delicada porque fracasaría sin una buena infusión de nuevos valores y métodos. El estudiante típico viene en búsqueda de formación literaria, técnica o científica, como un encanto mágico para posibilitar su éxito económico personal. No le importa si esa formación escolar tiene relación o no con las necesidades de su entorno. Todo lo contrario. Muchos sueñan con estudiar en los países ricos o con instalarse allí. ¿Quién les culpará? Sin embargo, los tiempos requieren más valor, más compromiso. Para responder se pide una educación de valores y respeto de la realidad local.
El Padre Odilo Coujil informa desde Mozambique de un programa que intenta responder a este problema. «Nos habíamos dado cuenta de que la ideología había destruido la noción tradicional y cristiana de la persona, su dignidad. Nadie hablaba de valores. Como sabíamos que éstos se transmiten a través de las tradiciones, comenzamos lo que llamábamos 'retiros de iniciación', unos encuentros de una semana a los que acudían muchos chicos y chicas para llevar a cabo su iniciación en las tradiciones, el cristianismo y la modernidad… Fue una experiencia enriquecedora que todavía se mantiene en nuestros días y da lugar a ejemplares testimonios de vida cristiana en el mundo de hoy». Vislumbramos ahí el tipo de iniciativa educativa que puede desarrollarse recargándose en el genio africano de educación y yendo al encuentro de la fe y de la modernidad. He ahí una visión alternativa.


Esta educación a base de la realidad africana es necesaria también para rescatar el medio ambiente africano. Muchos preguntarán: ¿por qué pedir eso a los pobres que batallan para sobrevivir ellos mismos? ¿Van a preocuparse por la desaparición de bellos paisajes y animales salvajes? Sin embargo porque viven en las zonas más desprotegidas son los pobres quienes más sufren por la degradación de las fuentes de agua, la pérdida del suelo cultivable, la contaminación del aire. En Sudáfrica, por ejemplo, el 90% de la tierra es vulnerable a la degradación, y ese proceso irreversible ya está empezando en la cuarta parte de los distritos del país.
En África la radio, los periódicos y la televisión no merecen siempre credibilidad. En muchos casos son instrumentos de los valores de la globalización y de los países del norte. En otros son portavoces de regímenes autoritarios o corruptos sin integridad moral. La defensa y promoción de los valores de la vida necesitan medios constituidos a favor de la gente, periódicos y revistas, sitios y emisoras, arte y música, voces auténticamente africanas comprometidas con la verdad. África ya cuenta con muchos periodistas profesionales y muy valientes que han empezado esta tarea. La colaboración de gobiernos de buena voluntad y de ONGs puede crear una nueva ética de comunicación al servicio del bien común. En efecto el proble-ma de los medios al servicio de la mentira o del consumismo es muy grave en todo el mundo. Porque sus medios son más nuevos, flexibles y jóvenes, África puede mostrar al mundo una visión moral de los medios masivos.
Las instituciones religiosas son a veces las únicas en funcionar y tener credibilidad en zonas sumidas casi en la anarquía. Esto conlleva una responsabilidad muy grave. Muchos tratarán de explotar «divisiones religiosas» para fines políticos. El proceso ya se inició en Sudán y Nigeria. El verdadero sentido religioso africano no va por ahí. Para muchos musulmanes y cristianos del África su religión es una opción personal de esta generación o la anterior. Un católico puede tener un hermano musulmán y una hermana protestante. Los que no han hecho la misma decisión que él no son descalificados. África ya contiene ejemplos contundentes de una convivencia de confianza entre musulmanes y cristianos, y ha avanzado mucho en la colaboración cordial entre protestantes y católicos en los lugares donde antes había tensiones. Soñamos en que África dé al mundo una gran sorpresa. Sus guías religiosos se pondrán de pie en nombre de su fe común en el Dios único y en nombre de su identidad africana. Dirán: «Somos africanos. Somos especialistas del respeto de la persona y de la reconciliación. No queremos importar del Medio Oriente y de Occidente problemas que no nos corresponden. Nuestra espiritualidad está al servicio de la Vida y de la Unidad, no de la muerte y la dominación. No es nuestro estilo humillar a los que no comparten nuestra fe. Siguen siendo seres humanos y nuestros hermanos africanos».


Si África tiene derecho de soñar, lo podemos hacer también en su nombre:
Veo el día en que África regresará a la casa de la paz por la cultura de la paz, la justicia y la reconciliación. Entonces habrá una celebración. La música de África sonará con armonías desarrolladas en sus aldeas por sus danzantes tradicionales y sus coros religiosos. La muchedumbre, bañada en una alegría triunfante, se moverá al unísono al compás de sus tambores. En sus idiomas ancestrales y recién prestados y transformados, sus poetas celebrarán el gozo de vivir y el don de la paz, la gloria de la vida y la bondad del Creador. De su dispersión americana, caribeña y europea vendrán sus artistas negros y sus futbolistas, reconciliados con su continente ancestral, orgullosos de su alegría y creatividad, solidarios con sus luchas y celebrando sus triunfos. Las imágenes televisoras y los sitios del internet ya no anunciarán a África como tierra de hambre, de terror y de desesperación, sino como cuna y esperanza de la Humanidad, tierra de canto y celebración, de convivencia y creatividad, de fe y de reconciliación.


Mungu ibariki Afrika.
¡Qué Dios bendiga África!
En ti todas las naciones se bendecirán.