Enero-2008

ISLAM Y DEMOCRACIA

Amina TESLIMA AL-JERRAHI


Y consulta [Oh, Mujámmad] con ellos en todos los asuntos de interés público, Qur’an III, 159.

En verdad, Dios no cambia la condición de una gente mientras éstos no se cambien a sí mismos, Qur’an XIII 11.

Ya son muchos los estudios realizados que exploran si el Islam tiene o no cabida para la democracia como sistema político de organización social, y ya ha quedado claro que la gran mayoría de los musulmanes prefiere la democracia como sistema de gobierno para participar en las decisiones que afectan a las sociedades donde viven, según muestra, desde 2003, una amplia encuesta realizada por el centro de investigaciones Pew de Washington.

Sin embargo, las tradiciones sagradas en general, y el Islam en particular -universos orgánicos que abarcan todos los aspectos inmutables de la existencia- no pueden ser en realidad comparadas con sistemas de organización política, que sólo abordan aspectos variables y relativos.

Con esta aclaración asentada, podemos decir que el vínculo de eso que llamamos democracia -y los valores que ésta representa- con el Islam, tiene raíces profundas. Sin duda, en el terreno de la organización social comparten los principales postulados: inclusión social, equidad en la pluralidad, justicia social, la práctica de la tolerancia ante la diferencia, defensa de los derechos humanos, estimulación de la participación social en todos los asuntos de la comunidad, respeto a las minorías, etc.

No es de extrañar esta incesante búsqueda de certeza respecto a algo tan obvio. Los numerosos acontecimientos violentos que surgen de la cada vez más extensa variedad de movimientos extremistas en países islámicos, en sociedades no islámicas desinformadas y absolutamente desconocedoras del Islam, crean una confusión atroz. Pero también es igualmente evidente que muchas de estas polarizaciones, en algunas (¿demasiadas?) sociedades islámicas, son producto, precisamente, de las violaciones sistemáticas de esos valores que están en la raíz misma del sistema de organización social que propuso la revelación del Islam a la humanidad cuando ni siquiera existía el término «democracia», y que se atribuyen demasiado a la ligera al «Islam», con la ilícita licencia que ofrece la ignorancia.

Las transgresiones de las oligarquías del Golfo Pérsico contra la ley sagrada del Islam, que han impuesto sistemas monárquicos de corte feudal -donde el poder está en manos de una minoría que utiliza la religión como instrumento de control ideológico-, son ejemplos dramáticos de cuánto han podido deformarse los sistemas sociales en países islámicos, distanciándose de la revelación del Islam y creando así este muro de niebla.

Sin embargo, los hechos, por sí mismos, revelan tendencias insoslayables de las poblaciones (cuando están en libertad de opinar), en cuanto a la conciencia que expresan espontáneamente (a pesar del alto grado de analfabetismo que mantienen muchos regímenes, especialmente entre las mujeres) del vínculo primario entre el Islam y el sistema democrático: en Malasia, la democracia se practica desde hace más años que en España; en Indonesia, donde viven 180 millones de musulmanes, una mujer, Megawatti Sukarnoputri, fue elegida presidenta; y en Pakistán, una mujer tan -en apariencia al menos- occidentalizada, como Benazir Bhuto ganó dos veces las elecciones generales.

Además no se puede olvidar que más allá de la insoslayable perspectiva de género al abordar el tema que nos incumbe, en Irán, Bani Sadr fue el presidente elegido por sufragio universal tras la revolución de 1979, y que su triunfo laico y liberal contra el candidato de los ayatol-lahs demostró que los revolucionarios iraníes no buscaban, desde ese entonces, instaurar una teocracia.

Actualmente en Irak los llamamientos a la democracia proceden del consejo shía de la escuela de Nayaf. Como sabemos, el Ayatol-lah Ali al-Sistani defiende que sea un órgano electo -y no un consejo designado por EEUU-, el que redacte la constitución de todos los iraquíes. En Bagdad son muchas las manifestaciones que ya han pedido el fin de la ocupación y el principio de una democracia legítima.

Es un hecho irrefutable que a pesar de todas las dolorosas deformaciones que traicionan e ignoran la propuesta divina a la hora de organizar el gobierno comunitario en su propia cuna, a principios del siglo XXI la gran mayoría de los musulmanes del mundo eligen a sus gobernantes por la vía electoral. Con esto no se pretende afirmar que los países musulmanes constituyan hoy por hoy ejemplos democráticos a seguir en el mundo, ni que todos estos gobiernos hayan logrado cimentar sus políticas sobre un terreno libre, plural y democrático fiel a los principios islámicos revelados. Tal es el caso de Argelia, Nigeria, Marruecos, Egipto, Mauritania y Turquía, donde existe un régimen democrático mediatizado por una oligarquía militar. Pero es necesario recordar que ni el sagrado Qur’an ni la Sunna profética proponen un modelo unívoco exportable de gobierno.

Lo que llamamos «democracia» es un valioso sistema de organización social cuyas ideas principales son universales y vienen de tiempos remotos. La democracia liberal moderna que tiene su origen en las revoluciones de América del Norte (1776) y en la francesa (1789-1799), está en continuo desarrollo, revisión y perfeccionamiento con el fin de contrarrestar los desequilibrios en su manifestación. Su aplicación es variable de acuerdo a las circunstancias de la comunidad en la que se practica.

El Islam, en cambio, ha establecido principios que trascienden por mucho lo variable, lo temporal, lo transitorio, y no excluye de su luz a todo asunto temporal y relativo de la organización comunitaria: la no discriminación por raza, color, edad, nacionalidad o rasgos físicos («Todas las gentes son iguales como son iguales los dientes de un peine»); el poder yace en la verdad, no la verdad en el poder; la justicia social y el estado de derecho; libertad de creencia y el derecho a la vida, a la propiedad privada, a la reproducción y a la salud son libertades declaradas inviolables por la escritura sagrada; nadie puede ser sentenciado por una violación sin evidencia, o acusado y castigado por violaciones cometidas por otro; un sistema de consejo para la administración de los asuntos de la comunidad.

Ya que el Islam considera a los individuos y a las sociedades responsables por sus decisiones, a las comunidades concierne el ejercicio de auto-gobernarse, es decir, de escoger el mejor sistema posible para su organización social basada en la luz de la revelación. Si le llamamos democracia, sociocracia o shurá, es secundario. Lo importante es determinar y ejercer «lo absolutamente necesario, lo relativamente necesario y lo recomendable», en armonía con los principios fundamentales que delinea la revelación: paz, justicia, equidad, unidad en la diversidad, amor, misericordia extrema, compasión infinita y solidaridad.

El principio de la Shura (la consulta mutua) es en realidad el precepto raíz del Islam sobre el modelo de organización social, que, como órgano de participación de todos los miembros de la comunidad islámica en las decisiones colectivas, constituye el punto de partida para un diálogo fructífero entre el modo de organización social islámico y el modelo democrático: «...[los creyentes] tienen por norma consultarse entre sí» (Qur’an, 42, 38). En otro verso, Al-láh se dirige al Profeta Muhámmad en los siguientes términos: «Y consulta con ellos en todos los asuntos de interés público» (Qur’an 3, 159).

Debido a que en la mezquita de Medina se reunían todos los miembros de la comunidad -mujeres incluidas- para discutir y buscar soluciones de consenso a los problemas que se planteaban en un círculo de escucha activa, en donde todos opinaban y todas las opiniones se tomaban en cuenta, resulta evidente que el sistema de gobierno llamado democracia participativa es afín a los principios del Islam. Incluso, se conocen decisiones tomadas de forma colectiva en contra de la opción defendida por el propio Profeta, paz y bendiciones para él. Debido a que el creyente musulmán tiene la obligación de escuchar al otro y optar por el camino de la sabiduría, del equilibrio, y no por el de la opresión, del Islam proviene la metodología para hacer que los frutos de tal madurez social se reflejen en la sociedad. Sin el ejercicio de la tolerancia no se puede lograr la paz en una sociedad plural, como han sido todas las sociedades islámicas desde el principio. Por si fuera necesario recordarlo, si Al-láh, Lo Más Alto, no hubiera querido crear un mundo plural, ni la palabra plural existiría. Por tanto, cómo convivir dentro de la diversidad es un legado del Islam del que la modernidad puede servirse e iluminarse.

La llamada «democracia», en el Islam se encuentra en sus orígenes en el hecho mismo de que cada creyente, en su relación con la Soberanía divina, tiene la capacidad de recibir la revelación y de aplicarla en su vida según su percepción y entendimiento. De cada muslim y muslima se espera que haga uso de un ejercicio que podríamos llamar sin empachos democrático, para elegir entre la libertad de interpretación y de conciencia, o la dependencia de aquellos que gustan de llamarse guardianes de la tradición...

La pregunta esencial hoy es: ¿Por qué eso que se desprende de forma tan evidente de la tradición sagrada del Islam -la compatibilidad intrínseca del sistema democrático con los principios revelados del Islam- se ha vuelto una interrogante? ¿Por qué algo tan obvio se pone en duda? Y más aún: ¿qué factores provocan que muchos declaren al sistema democrático en evolución, del todo incompatible con una sociedad auténticamente islámica?

Las respuestas presentarán con claridad los graves problemas que las sociedades islámicas deben enfrentar hoy si su propósito es que el Islam auténtico, la sabiduría que mana de su revelación y del ejemplo de su profeta, brillen por ellas. Cuando eso ocurra, para todos, en todos los continentes, se volverá igualmente claro que es el sistema democrático o cualquier otro sistema de organización social, el que resultará beneficiado de su contacto con la luz clara del Islam y no al revés.