Marzo-2008

 

NUESTRA HISTORIA UNIVERSAL DEL FULADÚ
Democracia y diversidad

 

“El encuentro con el Otro, con seres humanos diferentes, constituye desde siempre la experiencia fundamental de nuestra especie” (1).

 

En los tiempos en que Francia se proponía proteger sus fronteras claudicando ante Hitler, los maestros llegaron al Fuladú (país de los fulas, en el actual Senegal), una de las regiones más ignoradas por la trama colonizadora de entreguerras. La campaña de alfabetización fracasó totalmente por falta de alumnos: las familias escondían los niños al paso de los forasteros. Tenían miedo. Aún pervivía el recuerdo atroz de las últimas capturas humanas llevadas a cabo por el comercio esclavista, y temían además que los maestros, desde su particular modelo de civilización, enseñasen a los jóvenes a rechazar su propia identidad cultural.                              

 

Su desconfianza estaba cargada de tristes razones. Desde el siglo XV al XIX, unos 15 millones de hombres y mujeres, en su mejor edad productiva y reproductiva, habían sido transportados a las colonias americanas, donde contribuyeron como mano de obra forzada a los procesos de formación de la economía capitalista. Mientras, el continente africano, privado de la potencia de su juventud y conmocionado por el impacto físico y moral de la barbarie, empezó a descender hacia un atraso que no por casualidad era inversamente proporcional al desarrollo europeo. Pero además, los padres del Fuladú intuían que los maestros de la colonización serían tan devastadores como los antiguos traficantes. Los negreros usurpaban la «mercancía» y se iban; en cambio los nuevos amos tenían por objetivo permanecer y explotar las materias primas, los minerales, los diamantes… Para conseguirlo les hacía falta actuar también sobre las conciencias y dividir las comunidades sembrando hostilidad entre ellas y dependencia del exterior.         

 

En esa coyuntura, la escuela, portavoz del poder colonial, jugó un eficaz papel represor al inculcar un principio realmente destructivo: antes de la llegada del hombre blanco, África vivía en la nada, sin lengua, sin cultura, sin historia. Al cabo de unos años, los chicos del Fuladú, más o menos alfabetizados, conocerían personalmente el paisaje europeo. Reclutados como soldados lucharon contra el nazismo encarnado en un Tercer Reich que había llenado el continente de campos de exterminio. De vuelta a casa fueron compensados con el olvido y, mucho peor, con la muerte, los que osaron reclamar un trato justo por su «aventura» al lado de los «buenos», del bando aliado. ¿Pues qué se habían creído? Los negros no tenían derecho a la libertad que habían defendido para los blancos. Remitiéndonos a la idea de Kapuscinski, diremos que el encuentro con el Otro se había establecido a partir de la dialéctica de la violencia, el desprecio y la humillación, «justificada» moralmente por la supuesta superioridad racial de los dominadores y traducida en una continuada e implacable apropiación de los recursos.   

 

Antes Pierre que Ibrahim

 

Y la historia continúa con el paso de las generaciones. Nos encontramos con los hijos de esos soldados de la Segunda Guerra Mundial emprendiendo el viaje de la emigración, a partir de los ochenta, expulsados de sus países por los planes de ajuste estructural del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, que han empobrecido y endeudado la población del Tercer Mundo. Y ahora nos encontramos también con algunos de sus nietos, nacidos ya en un Primer Mundo, que se presenta como paradigma integrador de democracia y bienestar, y en este escenario «privilegiado» los escuchamos lamentar que «mi color es mi dolor», porque «el empresario siempre contrata a un Pierre o a una Céline antes que un Ibrahim o a una Fatoumata». Son esos jóvenes que deambulan sin horizonte ni futuro por los suburbios de algunas ciudades europeas, y que se reconocen en la práctica excluidos de los derechos de ciudadanía en los que han sido educados; los mismos, por ejemplo, que en noviembre de 2005 provocaron importantes disturbios en la banlieu (zona de suburbios) de París y algunos conatos en otras localidades de fuerte presencia inmigratoria como Berlín, Colonia, Lisboa y Bruselas. Viven en barrios que triplican el índice de paro de la media nacional, mientras los Medios informan de los superavits de grandes empresas obtenidos a costa de despidos masivos de trabajadores. Paradojas de la globalización que convierte a muchas personas en superfluas por la fría lógica del beneficio económico: «Han aparecido centros muy industrializados de crecimiento acelerado al lado de desiertos improductivos, y éstos no están sólo ahí afuera en África, sino también en Nueva York, París, Roma, Madrid y Berlín. África está en todas partes, como símbolo de la exclusión. Hay un África real y muchas otras metafóricas, en Asia y en América Latina, pero también en las metrópolis europeas donde las desigualdades del planeta en su tendencia globalizada y local van dejando su impronta particular»(2).         

 

Y en este contexto los hijos de los inmigrantes son -y se sienten- doblemente discriminados: por clase social y por origen cultural. No es casualidad que durante la revuelta levantaran su mano también contra la escuela, emblema de la igualdad de oportunidades que ellos precisan más que nadie pero que la realidad les niega. ¿De qué les sirve la formación y los valores aprendidos si cuando optan a una oferta de trabajo deben camuflar su identidad, los nombres de Mohamed, de Sekou o de Alima, para conseguir una entrevista personal? Finalmente, el color -«mi dolor»- no engaña, y el puesto está siempre reservado para un tal Pierre que ni se ha presentado a la convocatoria. Tomamos nota del mensaje de esos jóvenes frustrados: en democracia no se puede admitir que el encuentro con el Otro se continúe basando en la exclusión por motivos de identidad, manteniendo la herencia del viejo orden de dominio/sumisión que padecieron sus abuelos de nuestra historia real y simbólica del Fuladú.    

 

La última segregación    

 

Por el contrario, a la democracia le corresponde -y éste es el principal desafío que se le plantea hoy en día- incluir en términos de igualdad la inmensa diversidad cultural que confluye en sus espacios nacionales. Es necesario que haga otro salto cualitativo en su evolución histórica desde que nació muy deficitaria en la antigua Grecia, donde las mujeres, los extranjeros y los esclavos no eran sujetos de derecho. Admitida la mayoría de edad política de la mujer, actualmente debe suprimir la última segregación e incorporar las minorías a la plenitud de derechos reconocidos para el resto de la población.         

 

Las personas inmigradas contribuyen a la riqueza económica, sociocultural y demográfica de las ciudades donde residen y han de tener los mismos derechos cívicos, políticos y socioeconómicos ya que la ley les exige los mismos deberes. El ejercicio del derecho al voto -que la mayoría de los países europeos niegan a los no nacionales- representaría el reconocimiento efectivo de su aportación al bienestar general y reforzaría los vínculos de pertenencia a la comunidad democrática. Porque mientras no vote el inmigrado es un súbdito y no un ciudadano. Y una democracia auténtica no puede estar construida con súbditos minorizados sino con ciudadanos libres que, independientemente de su procedencia, han de ejercer sus derechos y responsabilidades en igualdad de condiciones. Nos referimos a los derechos políticos, pero también a los derechos sociales: al trabajo, a la vivienda, a la salud, a la educación… los derechos humanos que presentan un ritmo de globalización muy inferior al de las transacciones financieras.

 

Hace tres décadas el entonces presidente de Senegal, Leopold Sédar Senghor, ya situaba la diversidad en sus justas coordenadas. Advertía que no puede haber un nuevo orden económico internacional mientras no haya un nuevo orden cultural internacional, porque los países desarrollados considerándose superiores desde el punto de vista cultural, no se sienten moralmente obligados a dejar de explotar a los países del Tercer Mundo. Lo cierto es que si desde la razón política global no se pone fin al empobrecimiento del Tercer Mundo, hablar de democracia y diversidad se queda en pura retórica. Mientras tanto las áfricas reales y metafóricas, ahí fuera o envolviendo las grandes metrópolis del mundo, llaman a la puerta y exigen su democrática participación en el establecimiento de un nuevo modelo de progreso sostenible para toda la humanidad.                            

 

La historia universal del Fuladú que ahora nos corresponde escribir es la de un encuentro con el Otro de tú a tú, partiendo del respeto y la reciprocidad y eliminando los argumentos racistas llamados a perpetuar los desequilibrios mundiales y las desigualdades locales, auténtica fuente de los conflictos. No hay culturas incompatibles «por naturaleza» con un proceso de desarrollo ni con la democracia. Hay diferentes experiencias históricas, diferentes formas de concebir la vida y el fabuloso instrumento del diálogo para facilitar el conocimiento. Todas las culturas son capaces de aportar valores útiles para el progreso de la humanidad y la democracia finalmente debe entender que el derecho a la igualdad es el derecho a la diferencia, y que el derecho a la diferencia es el derecho a la igualdad. La diversidad o la diferencia no es lo contrario de la igualdad. Lo contrario de la igualdad (sinónimo de justicia) es la desigualdad (sinónimo de injusticia). La diferencia tiene implicaciones culturales legítimas con las que podemos relacionarnos y enriquecernos mutuamente; en cambio la desigualdad es una construcción social que debemos combatir en defensa de la misma democracia.             

        

 

Firman este artículo: Sacri Buesa, Joan Colomer, Rafael Crespo, Eugènia Cros, Aliou Diao, Pau Lanao, Anna López, Joan Manuel del Pozo, Núria Terés y Carme Vinyoles.    

 

Notas:  

(1) Ryszard Kapuscinski, Reencontré l’etranger, cet événement fundamental, Le Monde Diplomatique, enero 2006.

(2) Ulrich Beck, La revuelta de los superfluos, «El País», Madrid, 27 de noviembre de 2005.