Julio-2008

 

Democracia a medio camino

De la política, a la ciudadanía y los movimientos sociales


La política está enferma

La política está enferma, y la democracia también. Basta tener en cuenta que EEUU, país que hoy se proclama el gran «exportador de la democracia», es al mismo tiempo la nación más imperialista del planeta. En cuanto a los demás países desarrollados o centrales, algunos con viejas democracias de más de doscientos años, se encuentran también profundamente dilacerados por esa misma contradicción: de un lado, un «sistema democrático» de fachada; de otro, una inserción tranquila en el «sistema mundo» del nuevo imperio mundial. La razón de ello es que, mientras desde el punto de vista político procuran mantener el disfraz de una democracia aparente, con partidos, elecciones libres, parlamento, etc., desde el punto de vista económico se encuentran cada vez más subordinados a la dictadura del mercado total, hoy hegemónicamente financiero y globalizado.

En otras palabras, a lo largo de los siglos la democracia se detuvo a medio camino. Alcanzó el nivel de las relaciones políticas y, en algunos casos, de las relaciones socioculturales, pero no descendió hasta el fondo oculto de la estructura económica, donde los intereses tocan el «órgano» más sensible del homo oeconomicus, o sea, el bolsillo, la cuenta bancaria o la propiedad privada. Allí sigue inalterado el dominio de los individuos, de las empresas y de los grupos de mayor poder financiero.

«Es curioso que la refutación del principio hereditario en política no haya tenido casi ningún efecto en el campo económico en los países democráticos. Nos parece todavía natural que un hombre deje su propiedad a los hijos; aceptamos el principio hereditario para lo que se refiere al poder económico, mientras lo rechazamos en lo que se refiere al poder político. Las dinastías políticas desaparecieron, pero las dinastías económicas sobreviven. Y pensar cuán natural nos parece que el poder sobre la vida de los otros, derivado de una gran riqueza, deba ser hereditario», constata Bertrand Russel, en Historia del pensamiento occidental.

En los países subdesarrollados o periféricos, por otro lado, la mezcla de demagogia, caudillismo y autoritarismo desaconseja abusar de la terminología democrática. Las instituciones políticas, en este caso, sean de carácter jurídico, legislativo o ejecutivo, disponen de poco margen de maniobra frente a los mecanismos dominadores del mercado. Las democracias latinoamericanas, por ejemplo, poco lo han sido, si tenemos en cuenta su servilismo ante los organismos financieros internacionales. Esto sin hablar de la corrupción, del favoritismo, del nepotismo, del clientelismo y de las alianzas espurias por una gobernabilidad sospechosa, vicios esos que por todas partes vienen haciendo grandes estragos.

La conclusión es que la democracia jurídico-formal, practicada hoy tanto en nivel nacional cuanto internacional, se ha convertido en una especie de apoyo institucional de la economía mundializada, de corte y filosofía neoliberal. Apoyo, en otras palabras, de un orden mundial injusto y asimétrico, al mismo tiempo concentrador y excluyente. Por lo demás, no hay aquí ninguna idea nueva. «El sistema liberal parlamentario no es más que el instrumento o símbolo mismo del gobierno burgués», dice David Landes en su libro Prometeo liberado, para no citar la línea de análisis de la literatura marxista.

Tal sistema mantiene en apariencia una participación política a través del voto libre y «democrático» en cada país, pero delega a los burócratas del mercado financiero el verdadero destino político y económico de los distintos pueblos. Disimula una democracia que no llega a las raíces de los problemas socioeconómicos. En numerosos países de América Latina, por ejemplo, los mayores latifundistas y/o banqueros son también representantes del Estado de Derecho, con asientos cautivos en el Congreso Nacional y en las Cortes de Justicia. Los llamados «hombres de bien» -como en la antigua Grecia los ciudadanos libres y propietarios- son en general «¡hombres de bienes!».

En virtud de eso, desde el punto de vista ético, las llamadas democracias occidentales tienen poco que enseñar en cuanto a práctica democrática. Al contrario, constituyen ejemplos negativos de lo que se entiende históricamente por el concepto de democracia. De ahí la desconfianza y la desilusión crecientes de la sociedad en relación a la política y a los políticos, a los partidos, al gobierno y al parlamento, así como a la lealtad de los promotores y a las decisiones de los jueces. La democracia, en su concepción más original y genuina, puede decirse que pasó del campo de la política para el campo de los movimientos sociales, o desde una perspectiva más abarcadora, desde el ámbito del Estado al de la sociedad civil. De hecho, ¿dónde podemos encontrar actualmente los trazos inconfundibles de una efectiva práctica democrática?

Otra política y otra democracia son posibles

Antes que nada, conviene evitar un dualismo simplista e ingenuo, según el cual las instituciones liberales parlamentarias estarían completamente desacreditadas, mientras que las iniciativas populares constituirían los espacios únicos de la democracia. Los elementos positivos y negativos de la política no tienen fronteras tan nítidas como nos gustaría, sino que se mezclan, se confunden y se alternan continuamente. Lo que sí podemos constatar es que las experiencias verdaderamente democráticas tienden hoy a emigrar de la vía parlamentaria hacia los canales de participación popular. Cuatro observaciones a este respecto merecen nuestra atención.

1. El sistema de representación en los tres poderes del régimen democrático –legislativo, judicial y ejecutivo- se encuentra enteramente desequilibrado y desacreditado. Los sectores dominantes de la sociedad institucionalizaron un círculo vicioso en el que el poder económico compra los puestos claves del poder político, lo cual, a su vez garantiza a través de la ley el dominio perpetuo de ellos sobre los demás sectores. El Congreso Nacional se convierte en una especie de oficina de negocios, donde gran parte de los políticos está más interesada en proyectos de poder, que en proyectos de la nación. Elegido por las capas populares, el parlamentario muchas veces acaba ignorando las necesidades básicas de ese pueblo, a cambio de beneficios personales, familiares o de clase. La cadena de representatividad se interrumpe, y la población más necesitada queda abandonada, cosa que se agrava más todavía con la corrupción crónica de las instituciones públicas. La distancia entre los problemas que afligen a la población, de un lado, y los proyectos debatidos en la Cámara y en el Senado, de otro, nunca fue tan grave.

2. El descrédito del sistema representativo ha llevado al debate de la llamada democracia directa o participativa. Experiencias como los plebiscitos populares, las recogidas de firmas, los proyectos de ley a partir de las bases y asambleas populares, entre otras, muestran la posibilidad de nuevas vías de participación en las decisiones respecto a los destinos del país. De ahí la pregunta sobre la necesidad de crear nuevos canales, nuevos mecanismos y nuevos instrumentos de control de la res pública por parte de los diversos sectores de la población. ¿Cómo acompañar y controlar más de cerca los tres poderes de la institución democrática? La iniciativa del Presupuesto Participativo en algunos municipios brasileños y la creación de consejos populares son ejemplos de que es posible avanzar en la ampliación de esos espacios de participación popular. En síntesis, la lección es dedicar menos energía a la vía parlamentaria y a la política tradicional, reforzando por otro lado las instancias de la sociedad civil organizada.

3. En realidad, el debate en torno a la democracia participativa o directa ya tiene una larga historia en muchos países latinoamericanos. Innumerables movimientos sociales, organizaciones no gubernamentales (ONGs), entidades asociaciones populares, en su práctica cotidiana, están marcados por el ejercicio directo de la democracia, ejercicio que se verifica, por ejemplo, en la tradición de las comunidades eclesiales de base (CEBs) y en no pocos movimientos estudiantiles o sindicales. No sin problemas, tensiones y conflictos, evidentemente, las decisiones tienden a ser tomadas en una práctica democrática ya ampliamente consolidada. Planificación, programación y evaluación permanente, en general, son realizadas en conjunto, en reuniones y asambleas en las que cada uno es llamado a participar libremente. Es verdad que en algunos de estos ambientes, los virus del autoritarismo, del personalismo, del productivismo y consumismo, del centralismo y de otros «ismos», todavía causan serias consecuencias nefastas. Pero lo que queremos destacar es el ejercicio libre y directo de la ciudadanía como práctica común, en un nuevo paradigma emancipatorio», para usar la expresión de Boaventura Souza Santos, en Por los caminos de Alice. Quizá el Foro Social Mundial, así como otros foros y espacios democráticos, sean hoy los mejores testimonios de que, efectivamente, «otra democracia es posible».

4. El ejercicio continuado de la práctica democrática, a su vez, crea nuevas relaciones democráticas. Sabemos cuán reacia es la vieja democracia liberal, presionada por las leyes del mercado, a la participación de la mujer en las principales instancias decisorias; al uso cuidadoso, responsable y sostenible de los recursos naturales; a la conservación y cuidado del medio ambiente; a las relaciones igualitarias en los espacios públicos o privados (familia, sindicato, partido, empresa, iglesia, etc.), en fin, a la participación directa de los movimientos organizados. A medida que se consolida el ejercicio de una práctica efectivamente democrática, crece también la paridad entre las personas, independientemente del sexo, profesión, raza, credo, etc. Evidente que eso vale también, y tal vez sobre todo, para el cotidiano de los movimientos y pastorales sociales y para las iniciativas populares, donde no raramente aparecen actitudes machistas, autoritarias e individualistas.

 

Alfredo J. Gonçalves   (Paraguay – Brasil)