Octubre-2008

 

Crítica a la política económica

 

 

João Pedro Stédile

Movimiento de los Sin Tierra y Vía Campesina,

São Paulo, Brasil

 

La economía es la ciencia que explica la organización de la producción de los bienes que una sociedad cualquiera necesita para su sobrevivencia y bienestar. La política es el ejercicio del poder (expresión que proviene de poder en la polis = ciudades-Estado de la Grecia antigua). Poder, siempre ejercido por un grupo o clase que usa el Estado, las leyes y la economía para imponer sus intereses sobre los demás, en cualquier sociedad.

En los tiempos actuales el poder que es la política está cada vez más concentrado en manos de una clase cada vez menor. Una clase de muchos ricos que usan el poder para aumentar todavía más su riqueza económica. Su patrimonio. Representado por más tierras, más fábricas de productos, más comercio, más empresas de transporte y cada vez más bienes de consumo.

Y el pueblo, no tiene poder alguno. Quien manda en la política son los que tienen el poder económico de las grandes empresas y bancos que controlan la producción y circulación de la riqueza. Y acumulan todavía más riqueza, aunque afecten a las posibilidades de consumo básico del pueblo.

 

Quien hoy manda en la producción, en la riqueza y en el control de los bienes son algunos pocos empresarios, super-ricos, que controlan bancos y empresas transnacionales. Casi todos los sectores de producción y comercio son oligopolizados: algunas pocas empresas detentan el control de casi toda la riqueza producida. En cada país es posible hacer la lista de estas empresas. En el mundo, las mayores 500 empresas, todas transnacionales, controlan el 52% de toda la producción de la riqueza mundial. Pero dan empleo a apenas al 8% de la clase trabajadora. Ésa es la dimensión de su real poder político.

Imponen la voluntad de sus intereses sobre toda la sociedad, para aumentar todavía más su riqueza. Y ponen a todo el mundo a sus pies. Ese mecanismo de explotación mundial es viabilizado por la utilización del dólar estadounidense, como moneda de transacción mundial, impuesto a manu militari por el gobierno de Estados Unidos, desde la victoria en la segunda guerra mundial, y ampliado en la década de 1970, cuando el gobierno de Nixon descartó la convertibilidad del dólar en oro. Gracias a eso, la sociedad estadounidense recibe todos los años la transferencia de más de 500 mil millones de dólares de riqueza de otros países, en la forma de mercancías; por tanto, días de trabajo re-pasados para ellos, que quedan contabilizados como déficit comercial. Y dentro de su país, el gobierno emite otros 700 mil millones de dólares para cubrir el déficit de los gastos gubernamentales, con guerras y transferencias de subsidios a clases medias, como los productores rurales locales, que son financiados por toda la comunidad internacional.

El estado nacional se transformó en un mero capataz, administrador de los intereses de esas empresas. Ellos financian y eligen concejales, prefectos, diputados y Presidentes. Y después reciben, a cambio, leyes magnánimas para con sus intereses.

La democracia representativa se ha convertido en una hipocresía. El voto se ha vuelto una mercancía. Pero en un mundo fetichizado por la ilusión de la propaganda, el dueño del voto, el pueblo, piensa que decide. No decide nada. Sólo vota, entre aquellos que el capital ya seleccionó.

 

El poder económico explota y acumula cada vez más riquezas a través de dos mecanismos básicos.

El primero a través de la tasa de interés. Como el centro de acumulación en esta fase del capitalismo está en el sistema financiero, en los bancos, es a través de los intereses como el capital se reproduce. Y corresponde a los Estados y sus gobiernos garantizar altas tasas de intereses. Estas tasas recogen riqueza de la población a través de los préstamos a los empresarios de las industrias, comercios y servicios, que después pasan a los consumidores. O cobran directamente de los consumidores que compran a plazo o usan cartón de crédito.

Por otro lado, los Estados recogen el dinero público (de todos) a través de los impuestos, y después, por fantásticas fórmulas de superávit primario, transfieren esos recursos para los bancos. El FMI llegó a imponer que en cada país del hemisferio sur, de las llamadas economías dependientes, los gobiernos garantizasen todos los años la transferencia del 4’5% de todo el producto interno bruto (PIB), o sea, de toda la riqueza nacional, transferida al sistema financiero, a través del pago de intereses, que es garantizado por la necesidad de que los gobiernos reserven ese dinero (de ahí el nombre de superávit) y garanticen la transferencia para los bancos. Esa es la verdadera cuota de su poder político, garantizado por el poder del Estado. Transferir todos los años el 4’5% de toda la riqueza nacional, para los banqueros.

Por ese mismo mecanismo de expoliación financiera, durante la década de 1990-2000 América Latina transfirió para EEUU y Europa nada menos que un billón de dólares, en capital líquido.

La segunda fórmula mágica de acumulación de las empresas transnacionales es hacer que el Estado garantice altas tasas de pago de servicios por parte de la población. Altos precios por los servicios de luz eléctrica, agua, transporte colectivo, telefonía, celular. Antes estos servicios eran públicos. Al servicio del pueblo. Ahora fueron privatizados por los gobiernos y se transformaron en propiedad de las empresas transnacionales que usan el cobro de servicios ya instalados para explotar a toda la población. Todo pueblo necesita luz eléctrica, teléfono, transporte, agua. Y sin darse cuenta, va pagando por una infraestructura que ya había pagado.

Así, el nuevo poder económico controla la energía que mueve las sociedades. Controla el petróleo, el carbón, la central nuclear, la hidroeléctrica, el agua, y hasta la elogiable energía eólica. Pero no están satisfechos. Quieren controlar ahora la energía vegetal, renovable. Sea de petróleo, o de alcohol etanol.

Para eso necesitan controlar a los gobiernos y a los Estados a través del poder político, para controlar los territorios, la agricultura y la naturaleza. Y hacer que inmensas áreas de tierras fértiles dejen de producir bienes para la población, alimentos y energía, y pasen a producir sólo combustibles para abastecer los carros individuales de una pequeña parcela de la población mundial. Que, incluso así, pagarán para la nueva alianza de capitalistas para explotar la agroenergía, entre petrolíferas, automovilísticas y agrotransnacionales.

 

Pero ese poder económico, que ahora controla la política, está cada vez más concentrado, en menos manos, menos bancos, menos empresas transnacionales... que subordinan las clases medias de nuestros países e imponen sus intereses. Y eso genera por lo menos dos contradicciones para su futuro

La primera contradicción de esta etapa del capitalismo imperialista es la de que, como el centro de la acumulación está ahora en los servicio y en los intereses, el papel de la producción de bienes es secundario. Necesario, pero secundario. Eso produce la contradicción de que ese modo político de organizar la producción no consigue satisfacer las necesidades básicas de toda la población, sino sólo de una capa restringida de clase media. Y, al no satisfacer las necesidades de la mayoría de la población, aumentan los niveles de pobreza, y pierden así legitimidad para organizar la producción. Por otro lado, la organización de la producción no está ya centrada en la necesidad de garantizar trabajo a toda la población. Ahora ellos explotan la población mediante los servicios y los intereses. Y, al no organizar la sociedad en torno al trabajo y a la producción de bienes, generan una inmensidad de descontentos y de excluidos, que algún día adquirirán conciencia de su marginalidad social y se volverán contra ellos.

Segunda contradicción: como el poder económico está concentrado cada vez más y ese poder económico controla el poder político, al querer controlar la voluntad de todos, en algún momento esa voluntad, de la mayoría, se volverá contra ellos.

Más que nunca tiene vigencia ahora la afirmación de Marx: es necesario que los trabajadores del mundo se unan, todos, contra un mismo enemigo, cada vez menor: los bancos y las empresas multinacionales.

Pero para eso es preciso que el pueblo, los trabajadores, las mayorías, recuperen la política como espacio de poder en la sociedad. La política el voto, de la delegación de poder institucional, murió para el pueblo. Pero la política es el ejercicio del poder. Y la mayoría puede y debe ejercitar el poder, por la movilización del mayor número posible de personas, en torno a un mismo objetivo. La unidad de los objetivos -en este caso, luchar contra la concentración y la explotación de una minoría- generará una fuera capaz de producir cambios. Esa fuerza popular, esa fuerza política, solamente será gestada por la capacidad del pueblo para conseguir organizar el mayor número posible de personas en torno a un mismo objetivo.

 

El Pueblo tendrá que retomar la política, o sea, construir un poder de la voluntad popular unificada para conseguir cambiar el gobierno, el Estado y la organización de la economía.

Pero seamos optimistas: el capitalismo imperial no conseguirá engañar a todos durante todo el tiempo. Nuevos vientos soplarán y la historia de la civilización humana recuperará su curso, para que la política sea un instrumento de mejora de las condiciones de vida de toda la población, y espacio de poder popular.