Noviembre-2008

Política y mercado

 

Wim Dierckxsens*

San José, Costa Rica.

La economía neoliberal se rige mediante una política económica de conquista del mercado mundial. Es la política del reparto del mercado mundial existente, en beneficio de los más fuertes, es decir, de las empresas transnacionales y del capital financiero ligado a ellas. La política de este proceso de globalización del mercado se expresa en términos de la eliminación de todas distorsiones que impidan que reine la ley del más fuerte en el mercado. La política neoliberal concibe el mercado de bienes y servicios como un ámbito de libertad sin fronteras ni obstáculos, pero no para las personas. La economía se presenta como científica, realista e indiscutible. Pero bajo esas apariencias se esconden los intereses y las decisiones de las élites y de las transnacionales para controlar la distribución de la riqueza existente en su favor.

 

Toda la vida se subordina a las leyes del mercado. Toda actividad social es evaluada como funcional o disfuncional para el llamado «mercado libre». En el trabajo hay que ser eficiente y competente. Valores como la solidaridad o el compañerismo, desaparecen. A través del consumismo, la vida misma se somete a la economía del mercado. Los grandes centros comerciales constituyen los principales espacios de la vida social en una economía de mercado. «Compro, luego soy»; «soy en cuanto que tengo la última cosa», «soy lo que tengo», etc. Aquella persona que no puede participar en esa lógica de mercado se siente excluida y no es nadie para los demás. Por medio de esta lógica, el mercado no sólo se auto-reproduce, sino hasta se convierte en cultura. La cultura de este «mercado-libre» se define por el «sálvese quien pueda», a costa de no importa quién. Son los medios de comunicación masiva los encargados de reproducir esta cultura que atenta contra la vida.

 

Las funciones de políticas de desarrollo endógeno y de bienestar social del Estado, que caracterizaron de alguna manera el período previo al neoliberalismo, son miradas ahora como «distorsiones» a la política de «mercado-libre». Se privatiza lo que puede dar ganancia a la empresa privada (a menudo transnacional), y a aquellas funciones del Estado que no generan beneficio (el seguro social, o la educación pública) se les reduce el presupuesto al máximo posible. La consecuencia es el desmantelamiento del Estado de Bienestar, por más frágil que haya sido en el Continente. Los neoliberales sostienen que una «mano invisible» ordenaría los intereses particulares en beneficio de la colectividad. La misma distribución cada vez más desigual de la riqueza, sin embargo, no es algo que obedezca a leyes naturales o sea el resultado de una «mano invisible», sino el resultado de una consciente política neoliberal. En definitiva, la planificación económica está en manos de las empresas transnacionales, y la fuerza de trabajo y la naturaleza están sometidas a la dictadura de las fuerzas demoledoras del mercado, con condenas a la exclusión y el desencanto.

 

Ante esta política del mercado total, los propios derechos económicos y sociales y hasta los derechos humanos son mirados también como «distorsiones». Los derechos del mercado son derechos del gran capital, como el verdadero sujeto del mercado, y son puestos por encima de los derechos humanos. Los derechos económicos y sociales históricamente adquiridos por los ciudadanos como sujetos sociales reales, constituyen otra distorsión para el gran capital. Las transnacionales no adquieren compromiso alguno con la ciudadanía: operan como «Estados privados», sin fronteras ni ciudadanos. La política neoliberal opta conscientemente por inversiones que conducen a la exclusión progresiva y la flexibilización del mercado laboral en beneficio exclusivo de la gran empresa. La concentración del ingreso en cada vez menos manos, y la pérdida de derechos económicos y sociales, no son un efecto no intencional, sino una opción política genocida. El FMI y el BM y los gobernantes corruptos son co-responsables de esas políticas.

 

La política neoliberal ha apostado a políticas de ajuste estructural y tratados de libre comercio a costa del desarrollo endógeno de las naciones latinoamericanas y a costa de la ciudadanía. Para lograr imponer esas políticas han valido los escándalos, la corrupción, el nepotismo y hasta la guerra. La batalla por el reparto del mundo transciende hoy en día el plano político y adquiere a nivel mundial un carácter cada vez más bélico. Para lograr imponer los intereses ajenos a nuestros pueblos, a menudo hubo juego político en los gobiernos de turno entre dos partidos que se alternan en el poder, pero siempre en provecho inmediato de ellos mismos y del imperio del mercado, y en todo caso no al servicio de la ciudadanía. Como resultado tenemos un desencanto creciente entre la ciudadanía con los políticos y con la política en general. No es extraño que la ciudadanía haya perdido fe en la democracia representativa y su corrupta política partidaria.

 

Con el desencanto progresivo nace la conciencia que el mercado no puede ser el valor supremo y el controlador indiscutible de la vida humana. La vida misma demanda que la política debe guiarse por valores que la reafirman, y que la economía debe estar sometida a los intereses de la sociedad en general y de los excluidos en particular. La lucha social por una alternativa demanda entonces la posibilidad de desconectarse de este proceso de globalización. La desconexión del proceso de globalización alcanza todos los niveles: lo económico, político, social, cultural... incluso el nivel personal. La desconexión demanda de nosotros ser más conscientes de nuestro poder político, incluso a nivel individual, como consumidores. La clave del cambio está, entonces, en nuestra propia conversión mental, combinada con la práctica social.

 

La política de desconexión se presenta a nivel nacional, regional e incluso mundial. La política de desconexión a nivel nacional, o regional (como el ALBA), se da como respuesta a las políticas neoliberales de anexión a través de los diferentes tratados de libre comercio. La desconexión rompe con la política de anexión, y se desarrolla por tanto en un ambiente internacional hostil de parte de las principales potencias. Países como Venezuela, Bolivia o Ecuador no pueden desarrollarse hacia adentro sino en conflicto con su entorno externo y con la oligarquía nacional. En esta fase de lucha la unidad del pueblo está dictada en primer lugar por la lucha antiimperialista. Ambos aspectos -la lucha de clases y la lucha por la liberación nacional- coexisten en esta fase.

 

La política de desconexión revela que la economía de mercado constituye un «horizonte superable». En el proceso de desconexión la izquierda es anti-neoliberal, anti-hegemónica y anti-imperialista, y a la vez democrática de avanzada. Nace la política de la construcción del socialismo del sigo XXI. En la actualidad y en lo inmediato, sin embargo, las luchas son dirigidas en primer lugar contra el neoliberalismo. Lo anterior demanda un papel relativamente centralizador del Estado, papel que a su vez va en contradicción con el proceso de radicalización de la democracia participativa. La democracia participativa no se puede decretar desde arriba. En efecto, si se quiere instaurar la democracia participativa, es necesario que el pueblo se convierta en el sujeto del poder. Para eso es necesario luchar por un nuevo tipo de democracia, construido desde abajo, para los de abajo, a través de los gobiernos locales y las comunidades de ciudadanos.

 

¿Cómo logramos una regulación ciudadana y social, o mejor aún, la socialización, mediante la democracia ciudadana que integra? El Estado democrático de transición larga, más allá del capitalismo salvaje, demanda un Estado que facilite una regulación ciudadana y social, o mejor aún, la socialización mediante la democracia ciudadana participativa integradora, y no a través del mercado total, con su democracia representativa que excluye. Sin la transformación de las personas en actores protagonistas de su propia historia, no será posible poner la economía en función de la vida de los pueblos. En última instancia es un proceso de transformación cultural, porque las personas se transforman a través de sus propias prácticas.

 

*Del Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI) y del Foro Mundial de Alternativas (FMA)