(septiembre-2000)

 

El Sistema de Poder que rige nuestro mundo no sólo prohíbe la palabra a los pobres (personas o países), no sólo los margina, sino que habla por ellos, los define, y hace creer al resto de la Humanidad que los pobres son de tal o cual manera (aunque cualquier parecido con la realidad sea pura coincidencia). Un uruguayo (E.G.) lo confirma hablando de su país.

 

Una contradicción llamada Uruguay

Los uruguayos tenemos cierta tendencia a creer que nuestro país existe, pero el mundo no se entera. Los grandes medios de comunicación, los que tienen influencia universal, jamás mencionan a esta nación chiquita y perdida al sur del mapa.

Por excepción, hace unos meses, la prensa británica se ocupó de nosotros, en vísperas de la visita del príncipe Carlos. Entonces, el prestigioso diario The Times informó a sus lectores que la ley uruguaya autoriza al marido traicionado a cortar la nariz de la esposa infiel y a castrar al amante. The Times atribuyó a nuestra vida conyugal esas malas costumbres de las tropas coloniales británicas: se agradece la gentileza, pero la verdad es que tan bajo no hemos caído. Este país bárbaro, que abolió los castigos corporales en las escuelas ciento veinte años antes que Gran Bretaña, no es lo que parece ser cuando se lo mira desde arriba y desde lejos. Si los periodistas se bajaran del avión, podrían llevarse algunas sorpresas.

Los uruguayos somos poquitos, nada más que tres millones. Cabemos, todos, en un solo barrio de cualquiera de las grandes ciudades del mundo. Tres millones de anarquistas conservadores: no nos gusta que nadie nos mande, y nos cuesta cambiar. Cuando nos decidimos a cambiar, la cosa va en serio. Ahora soplan, en el país, buenos vientos de cambio. Ya va siendo hora de que nos dejemos de ser testigos de nuestras desgracias. El Uruguay lleva mucho tiempo estacionado en su propia decadencia, desde las épocas en que supimos estar a la vanguardia de todo. Los protagonistas se habían vuelto espectadores. Tres millones de ideólogos políticos, y la política práctica en manos de los politiqueros que han convertido los derechos ciudadanos en favores del poder; tres millones de directores técnicos de fútbol, y el fútbol uruguayo viviendo de la nostalgia; tres millones de críticos de cine, y el cine nacional no ha pasado de ser una esperanza.

El país que es vive en perpetua contradicción con el país que fue. La jornada de trabajo de ocho horas se impuso por ley, en el Uruguay, un año antes que en Estados Unidos y cuatro años antes que en Francia; pero hoy día encontrar trabajo es un milagro, y más milagro es llenar la olla trabajando nada más que ocho horas: sólo Jesús podría, si fuera uruguayo y si fuera todavía capaz de multiplicar los panes y los peces.

El Uruguay tuvo ley de divorcio setenta años antes que España, y voto femenino catorce años antes que Francia; pero la realidad sigue tratando a las mujeres peor que los tangos, lo que ya es decir, y las mujeres brillan por su ausencia en el poder político, escasas islas femeninas en un mar de machos.

Este sistema, cansado y estéril, no sólo traiciona su propia memoria: además, sobrevive en contradicción perpetua con la realidad. El país depende de las ventas al exterior de carnes, cueros, lanas y arroz, pero el campo está en manos de pocos. Esos pocos, que predican las virtudes de la familia cristiana pero echan a los peones que se casan, acaparan todo. Mientras tanto, quien quiere tierra para trabajar recibe un portazo en las narices: y quien alguna tierrita consigue, depende de créditos que los bancos otorgan siempre al que tiene, y jamás al que necesita. Hartos de recibir un peso por cada producto que vale diez, los pequeños productores rurales terminan buscando mejor suerte en Montevideo. A la capital del país, centro del poder burocrático y de todos los poderes, acuden los desesperados, esperando el trabajo que niegan las fábricas cubiertas de telarañas. Muchos terminan recogiendo basura; y muchos siguen viaje desde el puerto o el aeropuerto.

En materia de contradicciones entre el poder y la realidad, ganamos los campeonatos mundiales que el fútbol nos niega. En el mapa, rodeado por sus grandes vecinos, el Uruguay parece enano. No tanto. Tenemos cinco veces más tierra que Holanda, y cinco veces menos habitantes. Tenemos más tierra cultivable que el Japón, y una población cuarenta veces menor. Sin embargo, son muchos los uruguayos que emigran, porque aquí no encuentran su lugar bajo el sol. Una población escasa y envejecida: pocos niños nacen, en las calles se ven más sillas de ruedas que cochecitos de bebés. Cuando esos pocos niños crecen, el país los expulsa. Exportamos jóvenes. Hay uruguayos hasta en Alaska y Hawai. Hace veintitantos años, la dictadura militar arrojó a mucha gente al exilio. En plena democracia, la economía condena al destierro a mucha gente más. La economía está manejada por los banqueros, que practican el socialismo socializando sus fraudulentas bancarrotas y practican el capitalismo ofreciendo un país de servicios. Para entrar por la puerta de servicio al mercado mundial, nos reducen a un santuario financiero con secreto bancario, cuatro vacas atrás, y vista al mar. En esa economía, la gente sobra, por poca que sea.

Modestia aparte, todo hay que decirlo, también por buenos motivos mereceríamos figurar en la guía Guinness. Durante la dictadura militar, no hubo en el Uruguay ni un solo intelectual importante, ni científico relevante, ni artista representativo, ni uno solo, dispuesto a aplaudir a los mandones. Y en los tiempos que corren, ya en democracia, el Uruguay fue el único país en el mundo que derrotó las privatizaciones en consulta popular: en el plebiscito de fines del 92, el 72 por ciento de los uruguayos decidió que los servicios públicos esenciales seguirán siendo públicos. La noticia no mereció ni una sola línea en la prensa mundial, aunque era una insólita prueba de sentido común.

La experiencia de otros países latinoamericanos nos enseña que las privatizaciones pueden engordar las cuentas privadas de algunos políticos, pero duplican la deuda externa, como ocurrió en Argentina, Brasil, Chile y México en los últimos diez años; y las privatizaciones humillan, a precio de banana, la soberanía.

El habitual silencio de los grandes medios de comunicación evitó cualquier mínima posibilidad de que el plebiscito contagiara su ejemplo fuera de fronteras. Pero, fronteras adentro, aquel acto colectivo de afirmación nacional a contraviento, aquel sacrilegio contra la dictadura universal del dinero, anunció que estaba viva la energía de dignidad que el terror militar había querido aniquilar. Valgan estas líneas, si de algo valen, como un fundamento de voto por el Encuentro Progresista. Ojalá las urnas confirmen, en las elecciones venideras, la vocación respondona de este paradójico país, donde yo nací y volvería a nacer.