Enero-2007

 

La montaña que come hombres

 

Así titulaba recientemente un artículo Francisco Porcar, que comenzaba recordando una entrevista en televisión en la que Galeano decía que frecuentemente se habla de las cosas sin saber muy bien qué se está diciendo. Se refería a las opiniones que se vierten sobre países que no se conocen, sobre todo porque lo que se suele ignorar es en realidad lo más importante: las vidas de las gentes que día a día luchan por sobrevivir, para sobrevivir con dignidad; sobre todo se ignoran las vidas concretas de los pobres.

Es algo muy generalizado: Te puedes encontrar con el amigo que ha estado unos días de vacaciones veraniegas en Bolivia, bien atendido y cuidado, o que de paso hizo una paradita en El Salvador, y lo escuchas teorizando como si tuviera un extraordinario conocimiento de aquellos países y de su realidad. La ingenuidad y la presunción superan la sensatez.

 

Eso mismo hacen muchos periodistas y voceros para mantener su imagen u otros intereses. Por ejemplo, se habla de Bolivia y de las decisiones de su gobierno sin entender que ha llegado un momento en que los bolivianos han decidido que ya es hora de que las riquezas de su país dejen de ser apropiadas por otros para su exclusivo beneficio mientras ellos viven en la miseria. Es hora de que esa riqueza se dedique a mejorar su vida. Pero, claro, para entender eso de verdad no vale con mirar los números de la economía, ni los intereses y “derechos” de quienes invierten dinero en un negocio.

 

Es cuestión de perspectiva. Cuestión de mirar la vida de los pobres y sentirla, y mejor desde cerca. La vida de los pobres de Bolivia y de cualquier lugar del mundo. Las vidas cotidianas de las gentes, que es de lo que se compone la realidad. Mirando desde ahí, conociendo esas vidas y a sus protagonistas, las cosas se ven de manera muy distinta. Y difícilmente puede tenerse la perspectiva de los pobres cuando se vive segura y placenteramente dentro de una vitrina, desde la que se interpreta el mundo, las personas, los acontecimientos…desde esa perspectiva personal, desde sus propias reglas, desde su propio status,… pero sin mezclarse ni mancharse con los afectados. La realidad resulta ser un puro producto de su imaginación. Esa acusación se hace a ciertos periodistas, pero también a políticos, a curas, a intelectuales,…

 

Volviendo a Bolivia, si miramos desde esas vidas de los pobres, nos encontramos con cosas como estas: en la ciudad de Potosí, a 4.300 metros de altitud sobre el nivel del mar, hay una imponente montaña, el Cerro Rico de Potosí, que fue uno de los centros más importantes de la plata que enriqueció a Europa. Los españoles comenzaron a explotar esas minas en 1545. A través de España, esas minas de plata alimentaron poderosamente al primer capitalismo europeo. Mientras, esa misma explotación ha matado a millones de personas. Un verdadero holocausto en el altar de la plata. Se calcula que no menos de 8 millones de indios (que son los que desde el principio, y aún hoy, han trabajado en esas minas) han muerto en el Cerro Rico de Potosí. No sin razón los indios dan a esa montaña otro nombre: La montaña que come hombres.

 

Después de más de cuatro siglos de explotación, la montaña ha perdido su abundancia. Pero sigue devorando personas. Hoy trabajan en la montaña cooperativas de trabajadores mineros que no tienen otra expectativa. Son miles de familias pobres que dependen de ese trabajo, extrayendo de esa “mina del diablo” (también así la llaman y hay una película con ese título que narra la vida de dos niños mineros en el Cerro Rico) plata, zinc y plomo.

 

Estos trabajadores tienen una esperanza media de vida de ¡38 años!. Las enfermedades laborales y los accidentes de trabajo son la realidad cotidiana. Muchos de los que allí trabajan son niños y adolescentes (en Bolivia hay más de 13.500 niños trabajando en minas). Es un trabajo que apenas soportan los adultos, pero incluso niños de ocho años están bajo tierra trabajando. Con largas y destructivas jornadas de trabajo. Como todos, los niños deben rendir al máximo, cargando el mineral, desmontándolo, perforando la veta o empujando pesadas vagonetas. Las cooperativas mineras se esfuerzan para que los niños no tengan que trabajar en la mina, pero la gran pobreza de las familias no permite prescindir de su trabajo.

 

Sin embargo, aquí en España hemos tenido que aguantar, durante los últimos meses, a cantidad de mamarrachos que, por defender los intereses de Repsol como si fueran los intereses de todos los españoles, se han puesto a dar lecciones de democracia y de sentido común a Evo Morales y a todos los bolivianos. Es el peligro que tienen las tribunas públicas (medios de comunicación, púlpitos, estrados,,..) en las que cualquiera con aires de “doctor” puede permitirse dar lecciones sobre temas o realidades muchas veces inventadas o simplemente imaginadas.

Latinoamérica no necesita teorías y mucho menos de los europeos o de los norteamericanos.

 

d.t.

 

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Referencias al artículo de F. Porcar en N.O. n.1424