Junio-2001

 

F. Porcar hacía un breve comentario sobre los documentos secretos

publicados en Estados Unidos y que demuestran, una vez más,

lo que todos sabemos, lo que saben los gobiernos e instituciones del mundo

y contra lo que nadie actúa.

 

El Imperio

 

E

n Estados Unidos se han publicado hace poco 16.000 nuevos documentos secretos, en cumplimiento del Proyecto de Desclasificación sobre Chile, que puso en marcha Bill Clinton hace dos años con motivo de la detención de Pinochet en Londres. Hay que señalar que muchos de los documentos se han publicado mutilados, censurando datos que EE.UU. no desea hacer públicos.

 

Los documentos demuestran muchas cosas que ya se sabían y aportan algunos detalles hasta ahora  no aclarados.

Demuestran, por ejemplo, que el presidente Richard Nixon hizo todo lo posible para derrocar a Salvador Allende. El “honorable” premio nobel de la paz Henry Kissinger, consejero de seguridad nacional de Nixon, presidió múltiples reuniones en las que se estudiaron modos de impedir la elección de Allende en 1970, su toma de posesión y después, dificultar su gobierno y provocar su derrocamiento.

Estados Unidos buscó hundir la economía chilena, atacando su mayor fuente de ingresos, el cobre, inundando los mercados de este mineral para hacer bajar su precio. La CIA estaba perfectamente al tanto de las maniobras de Pinochet para derrocar a Allende ya un año antes del golpe militar. Como lo estuvo del asesinato del diplomático Orlando Letelier y de Ron Moffit en Washington en 1976. Y de la Operación Cóndor por la que las dictaduras latinoamericanas coordinaban actividades para asesinar a activistas políticos y sindicales.

La CIA financió en Chile periódicos y partidos derechistas para alentar la oposición al gobierno de Allende. Y así, muchas cosas más.

 

No es la primera vez que se hacen públicos datos de este tipo referidos a Chile y a otros países. Especialmente escandalosa ha sido la intervención estadounidense en la destrucción sistemática de algunos países centroamericanos, alentando y manteniendo dictadores, y la actuación de fuerzas militares y paramilitares contra la población de estos países. ¿Qué mejor ejemplo y más actual que el Plan Colombia?

 

Sin embargo, no pasa nada. No hay ninguna reacción. Lo cual es algo muy desconcertante. Parece que todo funciona como si de un imperio se tratase: no hay que importunar al emperador, que se puede molestar.

Sería hora de acabar con esta situación que envenena nuestro mundo y dificulta el avance de la justicia.

A Estados Unidos hay que pedirle cuentas por las tropelías que ha cometido contra muchos pueblos. Hay que pedirle que, de una vez por todas, deje de ocultarlas, que pida perdón públicamente por ellas y, sobre todo, que haga frente a su obligación moral de repararlas. Porque Estados Unidos tiene la obligación de reparar el daño causado. Tiene una enorme deuda contraída con muchos países, que debe pagar.

¿No serían los gobiernos democráticos y los organismos internacionales quienes deberían exigir a EE.UU. tal reparación? ¿Pero acaso no sigue hoy EE.UU. haciendo tropelías (Cuba, Iraq, Colombia,...) en connivencia precisamente con esos gobiernos democráticos, sus aliados europeos, y con cobertura de la ONU?

Alguien tendrá que gritar ¡Basta ya!, alguien tendrá que exigir responsabilidades... ¿La sociedad civil?