Diciembre-2004

 

Tráfico de armas, entre la desfachatez y la hipocresía

Ahora que en el Congo mueren a miles hombres, mujeres y niños (civiles inermes); que Chechenia se desangra en golpes y contragolpes brutales de rusos y separatistas musulmanes (también con mayoría de víctimas civiles); que Colombia se deshace en permanente guerra entre insurgentes que dejaron de serlo, paramilitares gubernamentales, policías y soldados; cuando los grupos terroristas golpean con ferocidad en Arabia Saudí, Filipinas, África y un largo etcétera, es preciso reflexionar sobre una de las más soeces paradojas del mundo desarrollado, civilizado y bien pensante: la libertad e impunidad del tráfico de armas. Tráfico lícito o ilícito, da igual, porque ambos alimentan los horrores sangrientos que castigan la Tierra. ¿Alguien se ha propuesto en serio yugular el suministro de armas a terroristas, milicianos y delincuentes?

No deja de sorprender que mientras la comunidad internacional (eufemismo que camufla a los países más ricos y poderosos del mundo) persigue con ahínco y espíritu de cruzada la elaboración y contrabando de sustancias decretadas ilegales (conocidas como drogas), al mismo tiempo mire hacia otro lado cuando de tráfico de armas ligeras se trata; lícito o ilícito.

Según la Cruz Roja Internacional las armas ligeras han causado más de cuatro millones de muertes desde 1990 a 2003; sin duda, muchísimas más que las que pudieran causar todas las drogas durante décadas y décadas. De esos cuatro millones de víctimas de armas, más de tres millones y medio son civiles, de los que casi tres millones son mujeres y niños. Toda una heroicidad. Según datos del diario británico The Guardian, 550 millones de armas ligeras circulan alegremente por el mundo, de las que casi 250 millones son poseídas ilegalmente. Para que no haya malos entendidos recordemos que armas ligeras son los revólveres, pistolas automáticas, fusiles automáticos y semiautomáticos, fusiles de asalto, morteros, lanzaproyectiles personales, granadas, otras bombas de mano y minas antipersonas. Todo un arsenal que utilizan terroristas, narcotraficantes, paramilitares, milicias irregulares y delincuentes organizados del mundo entero.

La ONU convocó hace unos tres años una conferencia para lograr un convenio de control del tráfico de esas armas. En vano. EEUU y Rusia -evidentemente, exportadores de armas- consiguieron que la conferencia fuera un fracaso. El secretario general de la ONU, Kofi Anan, inició el fiasco al no poner el dedo en la llaga cuando escribió en el International Herald Tribune que la conferencia no pretendía privar a los ciudadanos de "su derecho a utilizar armas" sino atacar a los funcionarios corruptos, narcotraficantes y terroristas. Dejando de lado que, por más que he leído y releído la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1946 no he podido encontrar el derecho a utilizar armas citado por el señor Annan, los terroristas, narcotraficantes y otras gentes de mal vivir no son fabricantes de armas; ellos utilizan armas (que pagan escrupulosamente) producidas en la más absoluta legalidad por los más civilizados países. El problema está en otro lugar. La adquisición ilícita de armas ligeras es posible por innumerables resquicios, coladeros, boquetes y agujeros del comercio internacional de armas legal. Diversas organizaciones pacifistas y solidarias calculan que por lo menos un 40% del volumen de armas ligeras fabricadas se desvía a los ilegales caminos que proveen a narcotraficantes, otros delincuentes y terroristas, así como milicias o pretendidos insurgentes enzarzados en docenas de conflictos bélicos olvidados que azotan la Tierra. ¿Y qué decir si los mayores productores de armas son precisamente miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU?

 De la masa ingente de armas ligeras que se fabrican, partidas considerables son trasladadas de su lugar de carga o transporte legal a buques o aviones incontrolados con destinos ilegales; se revenden a terceros no conocidos ni controlados; se falsifican los documentos de venta, transporte y destino final o, simplemente, se roban de arsenales militares o de depósitos de empresas. Así de fácil. No habría tráfico ilícito de armas si no hubiera tanto tráfico legal y bendecido ni fuera tan pingüe negocio.

Para que el tráfico ilegal sea posible se necesitan funcionarios corruptos, pero también comerciantes internacionales, legalmente inscritos, que no se avergüencen de hacer negocios en ambas orillas, tanto la lícita como la ilegal. Pero también es imprescindible la complicidad, siquiera por omisión, de la llamada comunidad internacional. ¿Cómo, si no, las milicias irregulares del Congo, Liberia, Cachemira, Somalia o Chechenia pueden disponer de armas de modelos avanzados y técnicas refinadas así como toda la munición que precisen?.

Una coartada o camuflaje de los gobiernos civilizados para que el comercio de armas sea una jungla es que, puesto que las armas tienen que ver con la inefable seguridad nacional, todo lo que a su comercio se refiere exige alto grado de confidencialidad y cualquier información ha de ser clasificada (eufemismo de secreta); es decir, hurtada a los ciudadanos, auténticos depositarios del poder político.

Pero, ¿qué se puede esperar de un sistema que gastó el año pasado 839.000 millones de dólares en armas? Justo lo que se necesita para acabar con el hambre, el analfabetismo, la falta de agua potable, la ausencia de medidas sanitarias así como el establecimiento de sistemas de salud y planificación reproductivas en los países pobres y empobrecidos. Y durante veintiún años.

El señor Kofi Annan se equivocó; en la cuestión del tráfico de armas, el problema no son los malos del mundo (narcos, terroristas y otras gentes de mal vivir), que también. El problema es la actual versión neoliberal del capitalismo que, por codicioso e hipócrita, deviene estúpido y suicida.

CCS