Julio-2005

La proclamación del día mundial para la destrucción de las armas

vuelve a traer a primer plano un tema de vital importancia.

Pere Ortega, investigador del Centro de Estudios por la Paz,

hace una propuesta de buena voluntad a favor del desarme,

el mejor de los caminos para prevenir la paz.

 

¿Qué son y para qué sirven las armas?

 

A la hora de afrontar la problemática de las armas, la primera pregunta que debemos formularnos es: ¿qué son y para qué sirven estos artefactos? Seguramente, nadie dudará en responder que su concepción obedece al deseo de infringir daño a personas o bienes materiales. Y otros añadirán que ofrecen seguridad a sus poseedores para defenderse de posibles ataques externos. Es, en ambos sentidos, cuando surge el problema de abordar qué son las armas.

 

Entonces es cuando debemos preguntarnos  ¿qué clase de moral puede justificar producir armas que sirven para destruir vidas humanas?. Como se ha indicado, quizás, sólo ante la necesidad de defenderse de amenazas o agresiones de terceros. Este es el argumento que justifica a los estados a armarse para prevenir y disuadir a posibles enemigos de ataques. Pero este argumento conduce a una dinámica perversa, la del armamentismo indefinido que, en nuestro pasado inmediato de Guerra Fría, condujo a una dislocada carrera de armamentos y al peligro de guerra nuclear, una espiral que irremediablemente militarizó nuestras sociedades. Militarización que, si bien no produjo ninguna guerra entre las dos potencias enfrentadas, condujo a múltiples guerras periféricas en muchos enclaves del planeta. Militarización que hoy prosigue impulsada por los países desarrollados, quienes con Estados Unidos a la cabeza continúan incrementando el gasto militar, la producción y la venta de armas por todo el planeta.

 

Esto es así, si observamos el gasto militar desmesurado llevado a cabo por las grandes potencias (1), con el efecto de arrastre que produce sobre países con economías más débiles, sobre todo si se observa el comercio mundial de armas, y cómo el 97% de ese comercio procede de los países industrializados y que la mitad, el 51% tiene como destino países no industrializados y, de entre estos, los más empobrecidos (países con una renta por cápita inferior a los mil dólares) reciben el 23% de los armamentos, países en los que producirá un grave quebranto para el desarrollo de sus economías, al substraer recursos que deberían destinarse al desarrollo humano y social de las poblaciones, además de contribuir a aumentar su deuda exterior.

Entonces, debemos preguntarnos, si la paz que disfrutamos en los países desarrollados no es una ficción perversa, cuando desde éstos mismos países estamos contribuyendo a generar conflictos armados en otros puntos del planeta.

 

Si ese no parece el mejor de los caminos para implementar la paz, sería más apropiado desarmar la seguridad de los aspectos militares y buscar la seguridad a través de medios políticos, mediante la diplomacia preventiva y del diálogo político en foros regionales o mundiales, a través de los organismos internacionales creados para velar por la paz mundial (2).

 

Pero a su vez, habremos de convenir que con la utilización de las armas se abandona la posibilidad de la palabra y la negociación como medio para buscar una solución a los conflictos, consustanciales, por otro lado, al género humano. Esto nos lleva a una primera aseveración: las armas han estado concebidas por la mente humana como un acto para dirimir los conflictos mediante la violencia. Lo cual indica que la guerra es una adquisición cultural y no, como se pretende hacer creer, algo natural.

 

Llegados a este punto debemos preguntarnos de nuevo ¿merece la pena el enorme sacrificio que los pueblos deben soportar para la consecución de unos fines con un medio tan destructivo como la guerra?. Entonces, ¿no merecería la pena destinar esos enormes recursos dedicados a preparar la guerra a crear mecanismos que regularan e impidieran la explosión de nuevas guerras?. O acaso, ¿el concepto de seguridad no es mucho más amplio que el concebido de forma restrictiva en su versión militar, y de abarcar, además, aspectos sociales, culturales y económicos (3)?.

Si se llegara a tal conclusión de buscar la seguridad por otros caminos que no los militares, esto nos ahorraría el coste social y económico que llevan consigo las armas y las guerras, y se liberarían, de paso, unos recursos que invertidos en usos civiles generarían mayor bienestar.

 

Otra de las cuestiones, que en su concepción las armas llevan consigo, es la derivada del propio proceso productivo y que se ha denominado “ciclo económico armamentista”.

Una maquinaria económica que engloba todos aquellos aspectos de la producción de armamentos: presupuestos militares, investigación y desarrollo (I+D) de nuevas armas, industria militar, comercio y exportaciones de armas. Un ciclo económico que, como tantos otros, se retroalimenta y. que vistos sus efectos, obliga a preguntarse sobre qué clases de bienes son las armas y qué efectos producen en el desarrollo productivo.

Sin ninguna duda, podemos afirmar que las armas no son bienes de consumo, puesto que generalmente –en la mayoría de los casos y salvo un porcentaje mínimo-  las armas no se rigen por as leyes del mercado, pues no entran en las redes de intercambio y, por tanto, no tienen valor ni utilidad social, pues, las más de las veces, las armas no se utilizarán jamás ni entrarán en los circuitos habituales del comercio, sino que serán adquiridas por los propios estados para equipar a sus ejércitos e irán a engrosar arsenales, depositadas en silos y polvorines, que a su vez, debido a su alto riesgo, exigirán de costosas medidas de seguridad y donde, finalmente, envejecerán, acabarán su vida útil y tendrán que ser destruidas sin ser utilizadas jamás.

Además de ocasionar otras perversiones, pues representan una disminución de la inversión pública productiva, derivada de los costes de oportunidad, pues esos mismos recursos, monetarios, de materiales, de bienes de equipo, de conocimientos tecnológicos y de mano de obra improductiva, destinados a otros sectores de la producción civil, generarían mayores beneficios.

Aparte de otros inconvenientes no menos importantes, como el hecho de que ejércitos y armamentos generan un efecto inflacionista sobre las economías de los estados, pues el gasto que ocasionan de las arcas públicas no se ve compensado con ingreso alguno y generan un mayor déficit público en los estados.

Y por último, las derivadas de las exportaciones de armamentos hacia los países no industrializados, donde aparte de alimentar riesgos de nuevas guerras, contribuyen a aumentar su deuda exterior y debilitan sus economías no desarrolladas, al tener que destinar recursos a la compra de armas, cuando ese mismo gasto destinado al desarrollo humano redundaría a favor de sus poblaciones.

 

Las armas, además, tienen una dimensión fetichista. El poseedor de un arma tiene el poder de infringir daño e inclusive arrebatarle la vida a un posible agresor. Ese poder lo determina el arma en sí misma y, por lo tanto, las armas se convierten en elementos de gran efectividad para las ideologías dominantes, que podrán ejercer coerción mediante esos instrumentos ante los que no los posean o los tengan de tecnología inferior. Así las armas, no sólo sirven para prevenir o librar guerras, sino también son instrumentos de dominación y, de esta forma, se han convertido en mitos y fetiches que los gobernantes utilizan como símbolo de su poder. Esa mitología vemos que ha sido utilizada por igual, por gobiernos de signo capitalista como socialista, y pocos son los que se escapan a su atracción.

 

Observamos que quizás son los Estados de menor extensión y población quienes han abandonado la cuestión militar para preservar su seguridad. Estados que pese a su inferioridad frente a vecinos poderosos buscan la seguridad mediante el establecimiento de estrechas relaciones políticas y no a través de las armas (Andorra y tantos otros). Claro que se podrá decir que les resultaría inútil defenderse de vecinos poderosos, y es cierto, pero también lo es que todos ellos subsisten sin ser agredidos, lo que les presupone un valor añadido, desplegar grandes dosis de imaginación en las relaciones con sus vecinos que impidan cualquier tipo de conflicto.

 

Llegados a este punto, es necesario traer de nuevo a colación la proclamación del día mundial para la destrucción de las armas, e insistir que el mejor de los caminos para prevenir nuevas guerras es el desarme. Y que éste es posible, como dijo Alba Myrdal (4), quien demostró que la manera más eficaz de evitar la explosión de nuevos conflictos armados es el desarme, y recibió por ello el premio Nobel de la Paz en 1982.

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(1) Estados Unidos tiene un gasto militar del 3,1% del PIB. Naciones Unidas considera el gasto militar superior al 3% como un país altamente militarizado, entre el 2 y 3% como un país militarizado, y recomienda no sobrepasar el 1% del PIB.   SIPRI 2005.

(2) Aunque esto haría necesario una reforma de esos organismos internacionales existentes (especialmente las Naciones Unidas), pues en su versión actual, no parece que ninguno de los existentes respondan con garantías suficientes a las necesidades de la seguridad mundial.

(3) Naciones Unidas, desde 1989, emite los informes PNUD donde el concepto de seguridad es asimilado a desarrollo humano y social.

(4) MYRDAL, Alva (1984), El juego del desarme.