Mayo-2006

 

 

“El Estado agresor. La guerra de Washington contra el mundo”

 

Se tata del título de un libro de William Blum recientemente editado en España y que en Cuba se publica con el título “Estado Villano”.

Algunos pasajes del mismo nos ayudarán a entender mejor el fenómeno del militarismo.

 

En Estados Unidos se ha promocionado oficialmente una idea: Los ataques terroristas no fueron una venganza. Lo que pasa es  que Estados Unidos ha sido elegido como blanco por su libertad, su democracia y su riqueza.

El grupo conservador Consejo Americano de Depositarios y Graduados anunció la formación de un “Fondo para la Defensa de la Civilización”: “No sólo América fue atacada el 11 de septiembre, sino toda la civilización. No nos atacan por nuestros vicios, sino por nuestras virtudes”.

 

Pero en el Gobierno saben que eso no es verdad. El antiguo presidente Jimmy Carter se manifestaba inequívocamente: “Enviamos a los marines al Líbano y sólo tienes que ir al Líbano, o a Siria, o a Jordania, para presenciar en primera línea el odio intenso que mucha gente profesa a los Estados Unidos porque bombardean y asesinan sin piedad a civiles totalmente inocentes (mujeres, niños, granjeros y amas de casa) en esos pueblos cercanos a Beirut [...] Como consecuencia [...] nos hemos convertido en una especie de Satán en esas mentes profundamente resentidas. Eso es lo que provocó la toma de rehenes [en Irán] y eso es lo que ha suscitado algunos de los atentados terroristas, que fueron totalmente injustificados y criminales”.

Los mismos terroristas que atacaron al Worl Trade Center en 1993 lo aclararon en carta al New York Tames: “Afirmamos nuestra responsabilidad en las explosiones del mencionado edificio. Esta acción se hizo en respuesta al apoyo militar, económico y político a Israel, el Estado del terrorismo, y al resto de dictaduras de países vecinos”.

 

Durante los dos meses y medio que siguieron al 11 de septiembre, la nación más poderosa de la Historia lanzó un torrente diario de misiles en Afganistán, uno de los países más pobres y subdesarrollados del mundo.

La misma pregunta se extendió por todo el mundo: ¿quién mató más gente inocente e indefensa? ¿Los terroristas en EEUU el 11 de septiembre con sus bombas aéreas, o los norteamericanos en Afganistán con sus misiles de crucero AGM-86D, sus misiles AGM-130, sus bombas cortamargaritas de 7.500 kgs., su uranio y sus bombas de dispersión?.

Las 3.000 víctimas del 11-S quedan muy por debajo de las decenas de miles de muertos civiles y militares en Afganistán. ¿Qué tendrían que ver la casi totalidad de estas víctimas afganas con el atentado del 11-S en Nueva York?.

Todo cambia cuando el zapato lo calza otro pie. Resulta curioso, por llamarlo de alguna manera, que en el conflicto de Rusia con Chechenia en 1999, el segundo mando del Departamento de Estado de Estados Unidos, Strobe Talbott, instó a Moscú a mostrar “prudencia y sensatez”. Prudencia, señaló, “quiere decir tomar acciones contra auténticos terroristas, pero no usando la fuerza indiscriminadamente, ya que se pone en peligro a inocentes”.

 

Por lo visto, los terroristas se proponen matar civiles, mientras que cualquier víctima de las bombas estadounidenses es completamente accidental. Cuando los bombardeos frenéticos de Estados Unidos y sus misiles acaban con la vida de numerosos civiles, a eso se le llama “daño colateral” inflingido por los hados de la guerra.

Si día tras día se repiten los bombardeos, con enormes cantidades de materiales poderosamente letales desde grandes altitudes, con total conocimiento de que morirán numerosos civiles o sufrirán mutilaciones, ¿qué se puede decir del Ejército estadounidense?.

Cuando los helicópteros destruyeron el pueblo granjero de Chowkar-Karez en Afganistán, matando a 93 civiles, un oficial del Pentágono declaró: «Esa gente está muerta porque nosotros la quisimos muerta». Donald Rumsfeld se limitó a comentar: “no puedo ocuparme de ese pueblo en particular”.

Los medios estadounidenses se pusieron de acuerdo en quitar importancia a las víctimas: “Las bajas civiles no son noticia. El hecho es que van asociadas a la guerra”. Entonces, ¿por qué dedicaron tanto tiempo y comentarios a sus víctimas civiles del 11-S?.

Las autoridades estadounidenses cuentan con el apoyo inequívoco de los medios de comunicación para sus guerras. Sería casi imposible descubrir un solo periódico estadounidense que inequívocamente se opusiera al bombardeo de Afganistán, o al bombardeo de Yugoslavia dos años antes, o al bombardeo de Irak en 1991, o a la invasión y bombardeos de Irak desde 2003,…

¿No resulta extraordinario? En una sociedad supuestamente libre, con una supuesta libertad de expresión para la prensa y casi 1.500 periódicos diarios, lo más probable debería ser exactamente lo contrario. Pero no es así.

 

Lo cierto y verdad es que los norteamericanos no se sienten más seguros en sus puestos de trabajo, en sus lugares de ocio o en sus viajes de lo que se sentían el día antes de que su Gobierno comenzase los bombardeos.

Pero hay dirigentes que no aprenden. James Woolsey, antiguo director de la CIA, abogaba por la invasión de Irak sin conceder el más mínimo interés a la respuesta del mundo árabe: “El silencio del público árabe tras las victorias americanas prueba que sólo el miedo reestablecerá el respeto por los Estados Unidos”.

El autor de este libro se plantea la cuestión: ¿Qué pueden hacer entonces los Estados Unidos para acabar con el terrorismo dirigido contra ellos?.

La respuesta está en retirar las motivaciones antinorteamericanas que los terroristas comparten. Para conseguir esto, la política exterior estadounidense tendrá que experimentar una profunda metamorfosis, como lo atestigua el contenido de este libro.

Si yo fuera presidente, podría detener los atentados terroristas contra Estados Unidos en unos pocos días. Para siempre. Primero pediría perdón a todas las viudas y huérfanos, a los torturados y empobrecidos y a los muchos millones de otras víctimas del imperialismo norteamericano. Entonces anunciaría con toda sinceridad, a todos los rincones del mundo, que las intervenciones globales de los Estados Unidos de América se han terminado e informaría de que Israel ya no es el estado número 51 de EEUU, sino que, de ahora en adelante (por extraño que parezca), es un país extranjero. Reduciría entonces el presupuesto militar al menos en un 90% y usaría la cantidad ahorrada para pagar indemnizaciones a las víctimas…

Esto es lo que haría en mis tres primeros días en la Casa Blanca. En mi cuarto día, sería asesinado.

 

d.t.

 

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El libro está editado en España por La Esfera de los Libros, con prólogo de Ignacio Ramonet.