Marzo-2001

 

(Comentario elaborado en base a un artículo de Guillermo Almería,

a propósito del reciente bombardeo a Irak)

Orden, que viene el Jefe

El reciente presidente Bush hizo su primera salida al extranjero, su presentación al mundo,  y para ello lanzó un bombardeo sobre Bagdad. El ataque a Irak, lanzado por Bush con el apoyo del fiel escudero de Washington, el gobierno laborista de Tony Blair y Tony Giddens (sí, el de la tercera vía), intenta matar varios pájaros de un solo tiro.

En primer lugar, seguir subsidiando a los constructores de armamentos y obligando a Rusia, China y Europa a una competencia ruinosa en el terreno de la construcción de sistemas ofensivos-defensivos.

En segundo lugar, amenazar a los países árabes que, llevados por la presión popular en favor de los palestinos, pudieran pensar en salirse del redil estadounidense, porque los favores anteriores recibidos no cuentan para Washington, como lo muestra el caso de Saddam Hussein, hombre de éste durante los ocho años de la guerra con Irán.

En tercer lugar, demostrar a todos los países, y en particular a los del Tercer Mundo, que Estados Unidos se considera por encima de cualquier ley internacional, no reconoce los lazos que le impone su pertenencia a las Naciones Unidas, y entiende utilizar su actual hegemonía militar para aplicar la fuerza de modo bárbaro en el momento y lugar que juzgue oportuno.

En cuarto lugar, hacer sentir a los palestinos -para reforzar su bastión en el Cercano Oriente, que es Israel- que no deben confiar mucho en las palabras de Saddam Hussein y del alto comando iraquí sobre la formación de un ejército para liberar Jerusalén, como proclamó hace días el Rais. Estados Unidos se ha autodesignado hace rato juez y sheriff del mundo. Ante el hecho de que la política mundial del capital financiero pierde constantemente fuerza, Washington ha decidido ocupar manu militari el papel de constructor del Orden Imperial.

Esta nueva agresión bélica, por consiguiente, es a la vez una advertencia mafiosa al mundo y la preparación de otras guerras mayores y más cruentas. El dominio oligárquico de 200 empresas mundiales no permite en efecto relaciones de igualdad ni democráticas en la comunidad internacional ni en el seno de cada Estado. Por el contrario, pone en primer plano la necesidad de la fuerza brutal para aplastar las protestas de los pueblos. En épocas de crisis económica, además, la guerra dirime las diferencias y, con el keynesianismo criminal del Estado imperial, es decir, con su subsidio a las fuerzas armadas, sostiene algunas economías, mientras destruye otras, creando las condiciones para un nuevo posible ciclo de reconstrucción del capital.

Gente del Mundo, aquí está el nuevo presidente de los Estados Unidos, un petrolero hijo de otro petrolero presidente de la CIA y presidente del país y nieto de otro petrolero. Entiendan esta enésima agresión a Bagdad, que el Pentágono y un puñado de grandes empresas gobiernan un país que dice ser democrático, pero en el cual la mayoría de la gente ni vota ni decide, el presidente es elegido por menos de un tercio del padrón electoral.

El ex ministro de Justicia, Ramsey Clark, ha denunciado reiteradamente que el bloqueo inhumano contra Irak y las consecuencias de la Guerra del Golfo han provocado ya más de un millón 800 mil muertes entre la población civil de ese país, afectando particularmente a mujeres, niños y ancianos, que carecen de suficientes alimentos y medicinas. La ONU ha pedido el levantamiento del bloqueo. La opinión pública internacional condena las agresiones militares en tiempo de paz. Pero Washington ni ve a quienes protestan ni oye sus clamores. El cinismo es su regla. Dice con sus agresiones, sobre las cuales ni siquiera informa con antelación, que a los sirvientes no se les da razones ni se les informa sobre los propios actos. ¿No sería hora de que los que son tratados como siervos protestasen?

¡Maldito Imperialismo militarista¡ ¿Cuál democracia norteamericana que declara en su Constitución que las pistolas es un derecho de los ciudadanos? NO CREO EN LA LIBERTAD DE USTEDES, NI SIQUIERA EN SU ESTATUA.