Agosto-2002

La inmigración nos delata

 

“El bienestar de la sociedad occidental está tejido por numerosas contradicciones,

que no traen los inmigrantes”.

 

Porque me sale de dentro, quiero felicitar al amigo Manolo Richard por su libro recientemente publicado Inmigrantes en La Mancha.

Y ya ves desde donde te felicito, desde Cádiz. Tú conoces bien este entorno. El bochornoso espectáculo de este verano es prácticamente el mismo del resto del año y de todos estos últimos años, pero la presencia del turismo ha colocado la noticia en primeras planas: Movimientos continuos de policías a lo largo de la costa,  el mar escupiendo cuerpos muertos de inmigrantes por la zona de Tarifa, africanos y africanas extenuadas en las playas de Conil y Zahara de los Atunes, otros corriendo entre los pinos y por esas arenas de Bolonia,…

Ya sabes que por aquí se cuentan por millares: los muertos en el Estrecho, los atrapados por la Guardia Civil, los expulsados a sus países, los que consiguen esconderse y quedarse en España,…

Ni perejil, ni Ronaldo, ni leches…, el fenómeno más sangriento por estas tierras es la avalancha de inmigrantes, por mucho que lo silencien los medios de comunicación.

Un fenómeno que lo es también a nivel internacional. Un signo de contradicción que pone de manifiesto las contradicciones de nuestra sociedad y cultura occidentales.

Como dices en tu libro, “ellos vienen a ganarse el pan con su trabajo porque lo necesitan y porque han aprendido muchas cosas que decimos en occidente, aunque sólo practiquemos cuando nos conviene”. Vienen huyendo de  la miseria y de situaciones de conflicto para encontrarse con “una triple injusticia, las leyes que les niegan los derechos humanos, las del mercado laboral que los posterga, los humilla y los explota y la de la especulación sobre la vivienda que los segrega y los hacina. Tres factores que los sitúan en la precariedad social o la pobreza relativa de nuestra escala social”.

Nuestra modernísima, democratísima y desarrolladísima sociedad occidental, en la que a dirigentes, instituciones y ciudadanía se nos llenan las bocas hablando de derechos humanos y de libertad y de igualdad… Pero que es “pura paja”. “El inmigrante es sólo una mercancía”, pero con las trabas e impedimentos que no encuentran los capitales y el comercio (Existe Libre Mercado, Libre comercio, pero no libre movilidad para las personas pobres).

En tu libro lo dices mejor: “La inmigración puede convertirse en revulsivo de las sociedades satisfechas e injustas. Los inmigrantes desvelan nuestras injusticias y las hacen especialmente perceptibles cuando los que menos participan del bienestar general son los llamados a compartir con los que llegan”.

Como manchego te agradezco este digno trabajo, Manolo. Ahí está para quien quiera asomarse y reflexionar sobre el mundo de la inmigración, sobre su aporte a la riqueza de nuestro país y la necesidad, por otra parte, que tenemos de ellos por paradójico que parezca; sobre los objetivos que ellos traen y el maltrato que nosotros les damos.

 

            Apostillando: Si alguien tiene valor, ya no hablamos de vergüenza,

                        que se acerque a la costa de Tarifa,

                        se ponga frente a un o una inmigrante extenuada en la arena

                        y le diga a la cara: “usted es una persona ilegal”…

                        ¿Puede alguna persona, Institución o Estado

                        conceder o denegar la condición humana?