Enero-2003

 

Cuento navideño:  Los diez niñitos

Yo tenía diez niñitos.

Uno nació en Tucumán, nuevo como la aurora. El papá FMI lo acunaba entre sus brazos: "el pan que te quito ahora dentro de cien años será caviar". No murió de hambre, no, sino de vida breve.

No me quedan más que nueve.

De los nueve que quedaban, uno nació en Tulkarem. Se suicidó una mañana en su casa, contra un misil israelí, mientras mojaba en un vaso de agua la colilla de un bizcocho.

No me quedan más que ocho.

De los ocho que quedaban, uno nació en Senegal. Con treinta dientes y una patera quiso invadir Gibraltar y para ahogarse sin trabas abandonó entre las olas su único juguete.

No me quedan más que siete.

De los siete que quedaban, uno nació en Afganistán. Se escondía debajo de un harapo y un cartón, pero Dios, que estaba en Florida, lo notó, tronó y le arrojó encima un racimo de centellas que le arrancaron los brazos y los pies.

Ya sólo me quedan seis.

De los seis que me quedaban, uno nació en Basora. Olía flores de uranio, bebía néctar de clavos, caídos desde el Olimpo, y se le pudrió la cara y se le derritió un pulmón. Pidió permiso para curarse, pero se lo denegó, allá muy lejos, el padre gringo.

Ya sólo me quedan cinco.

De los cinco que quedaban, uno nació en Guatemala. El tío Nestlé le quitó la leche, la cuñada Vivendi el agua, el primo Monsanto el maíz, el abuelo Bayer las vacunas y el colega Enron la lámpara. Un cañón le quitó la tierra y un juez la casa y luego llegó el gobierno y le dijo: "Como vivas, te mato".

No me quedan más que cuatro.

De los cuatro que quedaban, uno nació en Medellín. Ahíto de pegamentos, lamedor de escaparates, el gachupín deambulaba por un centro comercial; y como no podía comprar sus zapatos, un gran señor comerciante le disparó entre los dientes y lo colgó del revés.

Ya sólo me quedan tres.

De los tres que me quedaban, uno nació en el Congo. Inservible ya para extraer coltán por un dólar al día vigilado por tres ejércitos, dobló la cabeza y, porque así lo exigían los balances de la Compañía, se lo llevó la tos.

No me quedan más que dos.

De los dos que me quedaban, uno nació en Vietnam. Nació con pata de palo y con tan mala pata que, mientras cortaba unas cañas, pisó una de las minas que plantó ayer el tío Sam y que hoy se niega a quitar; y su pierna de carne y su pata de palo volaron hasta Neptuno.

Ya sólo me queda uno.

El último que me quedaba nació en Madrid (o en Valencia o en Euskadi, no lo sé). Este, que no tenía hambre ni frío ni sed ni enfermedades ni miedo de un misil, tenía en cambio la frente despejada y la moral kantiana y protestó por la suerte de sus nueve hermanos. Entonces llegó la policía, le ató las manos, le aporreó las espaldas y lo encadenó en el trullo.

Ya no me queda ninguno.

(Pero de mis lágrimas, como de las piedras de Deucalión, nacerán miles de cuates, meninos, gachupines y chavales. Florencia, mamá de Italia, acaba de parir un millón. Y la madre Caracas y Lima y Managua y Barcelona y Lisboa y California y la Francia y la Alemania y la Interpatria toda, mamíferas de justicia y de razón, están alumbrando ya nuevas niñadas para las guarderías abiertas de la resistencia total).

Disculpen, por favor,

que el mochuelo no les haya felicitado la Navidad…

se quedó dormido en su olivo,

abrazado a este cuento de los DIEZ NIÑITOS

de Santiago Alba Rico.