Junio-2004

 

LA MAGIA DE LA TIERRA Y LA MAR

 

Me invitaron unos pescadores. A las 7 de la mañana salíamos del Puerto hacia la almadraba a la “levantá” de los atunes. En mi vida me había visto en otra.

Cuarenta días es lo que dura la “Almadraba”, el tiempo de bajada de los atunes por el Atlántico para des-ovar en el Mediterráneo.

Los mismos cuarenta días que tiene la empresa para el gran negocio con los japoneses, que se llevan todos los atunes capturados a un excelente precio.

También son cuarenta días para que esas familias de pescadores, todos ellos especialistas en este arte de pesca, puedan solucionar sus salarios de todo el año.

 

Numerosas circunstancias pueden colaborar e influir en que los atunes entren o no entren, durante esos cuarenta días, en el entramado de la almadraba, en ese laberinto de redes que posibilitará su captura. El mar, el oleaje, los vientos, las tormentas, las corrientes,…pueden colaborar, o también pueden impedir que se  salga a la mar, que sea posible o no realizar el trabajo. Los cuarenta días pueden quedar reducidos a la mitad o menos.

 

Los pescadores hablan de “suerte”. Pero esa palabra o la palabra “destino” me resultaban familiares, las había escuchado a los campesinos de mi tierra, a los agricultores y pastores de la Mancha.

 

Lo que ellos llaman suerte, en aras de la resignación, yo aprendí a llamarle dependencia: Son los dos sectores históricamente más dependientes, los trabajadores del campo y los trabajadores del mar. Dependientes de sus patronos, o dependientes de los fenómenos atmosféricos. Dependientes, en una palabra,  por su necesidad de conseguir dinero para sacar o malsacar adelante a sus familias, aunque tengan que perder la vida a girones. Sólo ellos y la Naturaleza son testigos directos de su aventura, solo ellos y la Naturaleza conocen realmente sus secretos mutuos, porque solo entre ellos han existido los diálogos más íntimos,  las bendiciones y las maldiciones más personales.

 

En medio del mar sentí esa misma MAGIA que había sentido, cuando era más joven, en medio del campo. La magia que rodea a esos toscos y duros trabajadores, que tratan a la Naturaleza de tú, a la misma que respetan más que nadie, la misma de la que reciben los castigos más directos. Son ellos los que entienden de la inmensidad del mar, de la enormidad de las montañas, de la pérdida de la mirada en el infinito, del distanciamiento de la línea del horizonte,… y de la pequeñez del ser humano. La soledad en medio de la Naturaleza y el diálogo con ella enseñan a reconocer la propia medida, te enseñan a ser humilde. A diferencia de las aglomeraciones de la ciudad y sus escaparates y su publicidad, sus ruidos y sus prisas, que te distancian de ti mismo, te comercializan, te objetizan. 

Por cierto, a los agricultores y pescadores no les duele su piel quemada por el sol, les duele mucho más que otros agentes injustos les quemen el alma.

 

Yo observaba. Ni siquiera las colillas del tabaco las tiraban al mar… ¿Han visto alguna vez a un agricultor pisar una flor?. Los trabajadores del campo y de la mar siempre fueron los más “analfabetos”, pero nadie jamás ha sabido respetar la naturaleza como ellos. Para ellos no es sólo un medio de vida, para ellos es la madre, es la fuente de la vida.

 

No fue un buen día de almadraba, que es lo mismo que decir que fue un fracaso. “¡Qué le vamos a hacer, amigo!”, me decían cuando regresábamos en la barca cabizbajos. “Estas cosas son así…”, repetían.

Yo me acordaba de cómo todos los años, las tormentas de agosto, apedrean las viñas de la Vega del Gigüela, entre Villarta de San Juan y Herencia…

No sabía qué decir. Miré a José y a Antonio y les dije: “Uno no sabe pa quien trabaja…”

 

Apostillando:    A través del turismo y de los libros conoces muchas cosas.      

Pero para entender a la Naturaleza y su magia,

                        necesitas juntarte con los trabajadores del campo y de la mar.