Agosto-2005

 

¿Y usted qué vende?

 

Estamos en un mundo y en unos tiempos que todo se compra y se vende. Cuántas veces nos repiten eso del “dios mercado”... Por esto la preguntita del título.

 

Hace tiempo conocí a una persona un tanto curiosa. No digo que fuera un bicho raro, ni mucho menos. Les cuento.

Cuando se duchaba lo hacía con toda rapidez, agradeciendo aquellos chorritos de agua sobre su cuerpo, pero recordando que había gente que no disponía de ella ni siquiera para beber. Algo parecido le sucedía cuando lavaba los platos; se acostumbró a valorar el agua como si fuera una joya. Todos los días y todas las veces tenía la misma vivencia y la misma actitud.

 

Le habían dicho que no merecía la pena, pero le daba igual. Para esta persona resultaba un  juego simpático la clasificación de las basuras de la casa en cuatro bolsas distintas: restos de comida, plásticos y latas, vidrio y otra para papel. Era como un juego de colores: no costaba ningún trabajo colaborar en mantener verde y limpio el entorno, por el simple hecho de meter la basura en cuatro contenedores de colores distintos (verde, amarillo, naranja y azul). Disfrutaba haciendo este juego a diario.

 

Nunca entendió, por otra parte, la emoción que sienten muchas personas por comprar y estrenar cosas, incluso repetidas. Es más, le resultaban mucho más cómodas las ropas que ya habían sido usadas antes. Tal vez una cuestión de gustos.

Me decía que nunca olvidaba una imagen repetida en los cumpleaños y en el día después de los reyes magos: viendo a aquellos niños ansiosos por abrir y abrir paquetes de juguetes, que a continuación dejaban tirados, y tal vez para nunca volver a jugar con ellos. Parecían niños hartos de juguetes cuyo disfrute consistía únicamente en abrir los paquetes, para sentirse a continuación decepcionados de los regalos. Aquello no tenía valor alguno para ellos, pero los mayores se empeñaban en seguir regalándoles y llenándoles sus habitaciones de trastos.  Por favor, les decía a los padres, no les regalen más juguetes a estos niños, porque es una falta de respeto.

 

En fin, cosas así son las que hacía esta persona. Por ejemplo, era más amante del espacio en su casa, que en tener todos los huecos rellenos de muebles y objetos. Decía que para qué tener tantas cosas de sobra en las casas, que realmente no se necesitan para vivir. Se reía de las modas o cuando oía que “esto o aquello se lleva mucho ahora...” ¿Pero adónde nos lleva?, preguntaba.

De sus labios escuché por primera vez una anécdota sobre Diógenes. Por lo visto, este señor, cada vez que pasaba por el mercado se reía, porque decía que le causaba mucha gracia, y a la vez le hacía muy feliz, ver cuántas cosas había en el mercado que él no necesitaba. Y concluía: Es decir, que rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita.

 

Seguiría contando más cosas de esta persona: Por ejemplo, su costumbre de llevar hecha una lista para las compras, o de comparar los precios de los productos, o de guiarse por la utilidad y provecho más que por las apariencias, o de excluir de su lista aquellos productos de multinacionales famosas por su explotación a los obreros (vgr. Los plátanos de “Dole” en el Lidl),... O aquella costumbre de caminar por el pueblo, porque consideraba vergonzoso y de tontos utilizar el coche para  acercarse a un lugar que dista 10 minutos andando, y perder, además, quince en buscar aparcamiento.

 

Y el caso es que no me pareció una persona forofa de la ecología y de la austeridad, aunque las considera como las virtudes más inteligentes y más naturales. Lo que no es natural, ni inteligente, dice, es talar la rama que nos sostiene, o envenenar el aire y el agua que nos mantienen vivos. Lo que no es natural es que las cosas nos dejen sin espacio para movernos, que nos coman el coco y los bolsillos, que sirvan de disfraz para ocultar nuestra estatura, o nuestra calvicie, o nuestras arrugas, o nuestra edad. El problema no está en la naturaleza, ni en las cosas, sino en las personas que no se aceptan a sí mismas, como ellas son, y dedican toda su vida a aparentar ante los demás “que son de otra manera, ‘mejor’ o ‘superior’, es decir, que son más apetecibles, más vendibles”. 

 

Eso me hizo caer en la cuenta de aquello del “dios mercado”. Todo se vende, y parece que todos tenemos que vendernos. Pero el mercado es tremendamente exigente: vende “lo joven”, “lo guapo”, “lo bien vestido”, “lo agradable a la vista y a los sentidos”, “lo fácil”, “el glamur”, ”las apariencias”...

Y, entonces, millones de personas, que tienen para gastar, se lanzan desaforadamente a conseguir su mejor disfraz, el más vendible... Y se estiran la piel, y se quitan los pelos, y se arreglan los pechos, y se ocultan tras gafas oscuras, con ropa oscura quieren rebajar su gordura, y se añaden estatura por los tacones, y compran y compran sin cesar, para estrenar, para ostentar, siempre comprando para siempre venderse.

Y que es ley de vida... ¡Mentira!, es ley de mercado.

Y un mercado de mierda, es capaz de convertirnos en consumidores de mierda. Con perdón.

 

Me dejó pensando esta persona que conocí. Sencilla, nada complicada, pero gran amante de la vida. Como tenemos la manía de poner sobrenombres, de buenas ganas le hubiera llamado “anticonsumista”, que, en nuestros tiempos, equivale a llamarle provocadora, rebelde, antisistema,...

 

            Apostillando: ¿Y usted qué? ¿se vende? ¿por qué? ¿por cuánto?

                        Pues, que conste que no es ley de vida,

                        sino ley de mercado.