Diciembre-2005

 

Un cuento de regalo: “El país sin punta”

 

Juanitopierdedía” era un gran viajero. Viaja que te viaja, llegó una vez a un pueblo en el que las esquinas de las casas eran redondas y los techos no terminaban en punta, sino en una suave curva.

A lo largo de la calle corría un seto de rosas, y a Juanito se le ocurrió ponerse una en el ojal.  Mientras cortaba la rosa estaba muy atento para no pincharse con las espinas, pero enseguida se dio cuenta de que las espinas no pinchaban; no tenían punta y parecían de goma, y hacían cosquillas en la mano.

-          Vaya, vaya,  dijo Juanito en voz alta.

 

De detrás del seto apareció un guardia municipal.

-          ¿No sabes que está prohibido cortar rosas?

-          Lo siento, no había pensado en ello.

-          Entonces pagarás sólo media multa, dijo el guardia, que con aquella sonrisa bien habría podido ser el hombrecillo de mantequilla que condujo a Pinocho al país de los tontos.

 

Juanito observó que el guardia escribía la multa con un lápiz sin punta, y le dijo sin querer:

-          Disculpe, ¿me deja ver su espada?

-          ¡Cómo no!, dijo el guardia.

Y, naturalmente, tampoco la espada tenía punta.

            -     ¿Pero qué clase de país es éste?, preguntó Juanito.

-     Es el país sin punta, respondió el guardia, con tanta amabilidad que sus palabras deberían escribirse todas con letras mayúsculas.

-     ¿Y cómo hacen los clavos?

-     Los suprimimos hace tiempo; sólo utilizamos goma de pegar. Y ahora, por favor, déme un par de bofetadas.

Juanito abrió la boca asombrado, como si hubiera tenido que tragarse un pastel entero.

-          Por favor, no quiero terminar en la cárcel por ultraje a la autoridad. Si acaso, las dos bofetadas tendría que recibirlas yo, no darlas.

-          Pero aquí se hace de esta manera, le explicó amablemente el guardia. Por una multa entera, cuatro bofetadas, por media multa sólo dos.

-          ¿Al guardia?

-          Sí, al guardia.

-          Pero esto no es justo; es terrible.

-          Claro que no es justo, claro que es terrible, dijo el guardia. Es algo tan odioso que la gente, para no verse obligada a abofetear a unos pobrecillos inocentes, se mira mucho antes de hacer algo contra la ley. ¡Vamos, déme las dos bofetadas!, y otra vez vaya con más cuidado.

-          Pero yo no te quiero dar ni siquiera un soplido en la mejilla; en lugar de las bofetadas te haré una caricia.

-          Siendo así, concluyó el guardia, tendré que acompañarte hasta la frontera.

 

Y Juanito, humilladísimo, fue obligado a abandonar el País sin Punta. Pero todavía hoy sueña con poder regresar allí algún día, para vivir del modo más cortés, en una casa con un techo sin punta.

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Es un cuento de Gianni Rodari, de su libro Cuentos por teléfono

 

Apostillando: Los adultos mejor no lean estas cosas.

                                       Les parecerán tonterías.