galeano3 (Octubre/99)

Algunas frases del artículo de Galeano sobre LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN, aparecido en LE MONDE `DIPLOMATIQUE).

Nunca el mundo ha sido tan desigual en las oportunidades que brinda, pero tampoco ha sido nunca tan igualador en las ideas y las costumbres que impone. En el mundo sin alma que se nos obliga a aceptar como único mundo posible, no hay pueblos, sino mercados; no hay ciudadanos, sino consumidores; no hay naciones, sino empresas; no hay ciudades, sino aglomeraciones; no hay relaciones humanas, sino competencias mercantiles.

Nunca ha sido menos democrática la economía mundial, nunca ha sido el mundo más escandalosamente injusto. La desigualdad se ha duplicado en treinta años, según los datos de las Naciones Unidas y del Banco Mundial.

La desigualación económica tiene quien la mida. El Banco Mundial, que tanto hace por multiplicarla, la confiesa, por ejemplo, en su World Development Report de 1993. Y la confirman las Naciones Unidas (Human Development Report, 1994).

La igualación cultural, en cambio, no se puede medir. Sus demoledores progresos, sin embargo, rompen los ojos. Los medios de comunicación de la era electrónica, mayoritariamente puestos al servicio de la incomunicación humana, están imponiendo la adoración unánime de los valores de la sociedad de consumo, y nos están otorgando el derecho de elegir entre lo mismo y lo mismo.

Nunca se había desarrollado tanto la tecnología de la comunicación; pero este mundo comunicadísimo se parece cada vez más a un reino de mudos. La propiedad de los medios de comunicación se concentra cada vez en menos manos; los medios dominantes están monopolizados por los pocos que pueden llegar a todos. Nunca tantos han sido tan incomunicados por tan pocos. Cada vez son más los que tienen el derecho de escuchar y de mirar, pero cada vez son menos los que tienen el privilegio de informar, opinar y crear. La dictadura de la palabra única y la imagen única, mucho más devastadora que la del partido único, está imponiendo un modo de vida que tiene por ciudadano ejemplar al consumidor dócil y al espectador pasivo, que se fabrican en serie, en escala planetaria, según el modelo norteamericano de la televisión comercial. Los cuatro puntos cardinales del globo, y la propia Europa, han sido conquistados por ese mortal cóctel de sangre, valium y publicidad que dicta las pautas de la televisión privada en los Estados Unidos.

El mundo de fin de siglo, que funciona para pocos y contra muchos, está marcado a fuego por una doble paradoja: La economía mundial necesita un mercado de consumo en perpetua expansión, pero a la vez necesita brazos que trabajen a precio de ganga en los países del sur y del este del planeta. El norte del mundo dicta órdenes de consumo cada vez más imperiosas para multiplar a los consumidores del sur y del este, pero en mucha mayor medida multiplica a los delincuentes.

Convida a todos al banquete, pero a la mayoría les cierra las puertas en las narices. La invitación al consumo es una invitación al delito. La sociedad de consumo emite alegres mensajes de muerte. La tele ofrece el servicio completo: no sólo enseña a confundir la calidad de vida con la cantidad de cosas, sino que además brinda cotidianos cursos audiovisuales de violencia, que los videojuegos complementan. El crimen es el espectáculo más exitoso de la pantalla chica: Golpea antes de que te golpeen,...estás sólo, sólo cuentas contigo,...tú puedes matar...

Nunca el mundo ha sido tan injusto en el reparto de los panes y de los peces, pero el sistema que en el mundo rige, y que ahora se llama, pudorosamente, economía de mercado, se sumerge cada día en un baño de impunidad. Los medios dominantes de comunicación, que muestran la actualidad como espectáculo fugaz, ajeno a la realidad y vacío de memoria, bendicen y ayudan a perpetuar la organización de la desigualdad creciente. La pobreza puede merecer lástima, pero ya no provoca indignación: hay pobres por ley de juego o fatalidad del destino. Hasta hace veinte o treinta años, la pobreza era fruto de la injusticia. Lo denunciaba la izquierda, lo admitía el centro, rara vez lo negaba la derecha. Mucho han cambiado los tiempos: ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficacia merece, o un modo de expresión del orden natural de las cosas. La pobreza se ha desvinculado de la injusticia, y la propia noción de injusticia se ha desdibujado hasta desaparecer.

El código moral de este fin de siglo no condena la injusticia, sino el fracaso. Robert McNamara, uno de los responsables de la guerra de Vietnam, reconoce que esa guerra fue un error. Pero esa guerra, que mató a tres millones de vietnamitas y a 58.000 norteamericanos, fue un error porque no se podía ganar, y no porque fuera injusta. El pecado está en la derrota, no en la injusticia.

Con la violencia ocurre lo mismo que con la pobreza. Al sur del planeta, donde habitan los perdedores, la violencia rara vez aparece como un resultado de la injusticia. La violencia se exhibe como el fruto de la mala conducta de los seres de tercera clase que habitan el llamado Tercer Mundo, condenados a la violencia porque ella está en su naturaleza: La violencia corresponde, como la pobreza, al orden natural, al orden biológico o quizás zoológico de un submundo que así es porque así ha sido y así seguirá siendo.

Los dueños de la información llaman comunicación al monólogo del poder. La universal libertad de expresión consiste en que los suburbios del mundo tienen el derecho de obedecer las órdenes que el centro emite, y el derecho de hacer suyos los valores que el centro impone. Este es el tramposo espejo que enseña a lo niños latinoamericanos a mirarse a sí mismos con los ojos que los desprecian, y los amaestra para aceptar como destino la realidad que los humilla.