Febrero-2008

 

 

Bocas del tiempo (I)

 

 

Las trampas del tiempo  

SENTADA DE cuclillas en la cama, ella lo miró largamente, le recorrió el cuerpo desnudo de la cabeza a los pies, como estudiándole las pecas y los poros, y dijo:

-Lo único que te cambiaría es el domicilio.

Y desde entonces vivieron juntos, fueron juntos, y se divertían peleando por el diario a la hora del desayuno, y cocinaban inventando y dormían anudados.

Ahora este hombre, mutilado de ella, quisiera recordarla como era. Como era cualquiera de las que ella era, cada una con su propia gracia y poderío, porque esa mujer tenía la asombrosa costumbre de nacer con frecuencia.  

Pero no. La memoria se niega. La memoria no quiere devolverle nada más que ese cuerpo helado donde ella no estaba, ese cuerpo vacío de las muchas mujeres que fue.

 

La flauta mágica

ANDABA POR las calles el médico sanador de los instrumentos que habían perdido el corte o el recorte.          

El pie del afilador hacía girar la rueda de esmeril, que arrancaba una lluvia de chispas a las hojas de cuchillos, navajas y tijeras. Los chiquilines del barrio, un enjambre de admiradores, éramos el público del espectáculo.          

Como el organito anunciaba al barquillero, la flauta era el pregón del afilador.           Los vecinos decían que si uno estaba pensando en algo y escuchaba el son de esa flauta, cambiaba de opinión en el acto.    

Ya casi no quedan afiladores en las calles de las ciudades, ya sus flautas no se meten por las ventanas. Otros sones suenan, músicas del miedo, y mucha es la gente que cambia de opinión en un instante.                         

 

La canción

PRAGA ESTABA muda.       

En la esquina donde la calle Celetná se abre a la gran plaza de la Ciudad Vieja, una voz rompió, de pronto, el silencio de la noche.        

Desde su silla de inválida, clavada en el empedrado, una mujer cantó.         

Yo nunca había escuchado una voz tan bella y tan rara, voz de otro mundo, y me pellizqué el brazo. ¿Estaba dormido? ¿En qué mundo estaba?              

Me contestaron unos muchachos, que aparecieron a mis espaldas: se burlaron de la paralítica cantora, la imitaron riendo a carcajadas, y ella se calló.

 

La mar     

RAFAEL ALBERTI ya llevaba casi un siglo en el mundo, pero estaba contemplando la bahía de Cádiz como si fuera la primera vez.              

Desde una terraza, echado al sol, perseguía el vuelo sin apuro de las gaviotas y de los veleros, la brisa azul, el ir y venir de la espuma en el agua y en el aire.                     Y se volvió hacia Marcos Ana, que callaba a su lado, y apretándole el brazo dijo, como si nunca lo hubiera sabido, como si recién se enterara:                     

-Qué corta es la vida.

 

El baile     

HELENA BAILABA dentro de una caja de música, donde las damas de miriñaque y los caballeros de peluca gritaban y hacían reverencias y seguían girando.

Aquellos trompos de porcelana eran un poco ridículos pero simpáticos, y daba placer deslizarse con ellos en la espiral de la música, hasta que en una voltereta Helena tropezó, cayó y se rompió.                  

El golpe la despertó. El pie izquierdo le dolía mucho. Quiso levantarse, no podía caminar. Tenía el tobillo muy inflamado.             

-Me caí en otro país -me confesó- y en otro tiempo.     

Pero no se lo dijo al médico.

 

El cantor   

CUANDO ALFREDO Zitarrosa murió en Montevideo, su amigo Juceca subió con él hasta los portones del Paraíso, por no dejarlo solo en esos trámites. Y cuando volvió, Juceca nos contó lo que había escuchado.   

San Pedro preguntó nombre, edad, oficio.          

 -Cantor -dijo Alfredo.              

El portero quiso saber: cantor de qué.                  

-Milongas -dijo Alfredo.                

San Pedro no conocía. Lo picó la curiosidad, y mandó:               

-Cante.

Alfredo cantó. Una milonga, dos, cien. San Pedro quería que aquello no acabara nunca. La voz de Alfredo, que tanto había hecho vibrar los suelos, estaba haciendo vibrar los cielos.               

Y Dios, que andaba por ahí pastoreando nubes, paró la oreja. Y contó Juceca que ésa fue la única vez que Dios no supo quién era Dios.   

 

Historia del arte    

-¡MIRA, papá! ¡Bueyes!                    

Marcelino Sautuola echó atrás la cabeza. Y a la luz del farol, vio. No eran bueyes. En el techo de la caverna, manos maestras habían pintado bisontes, ciervos, caballos y jabalíes.           

Poco después, Sautuola publicó un folleto sobre esas pinturas que había encontrado, de la mano de su hija, en la cueva de Altamira. Eran, según él, obras prehistóricas.    

De todas partes acudieron espeleólogos, arqueólogos, palentólogos, antropólogos: nadie le creyó. Se dijo que el autor de las pinturas era un artista francés, amigo de Sautuola, o algún otro chistoso de la vanguardia estética europea.   

Después, se supo. Aquellos remotos cazadores del paleolítico no sólo habían perseguido a los animales. Por conjuro contra el hambre y contra el miedo, o por el puro y simple porque sí, también habían perseguido a la belleza que huía.