Marzo-2008

 

BOCAS DEL TIEMPO (II)

 

 

Los juegos del tiempo

 

DIZQUEDICEN QUE había una vez dos amigos que estaban contemplando un cuadro. La pintura, obra de quién sabe quién, venía de China. Era un campo de flores en tiempo de cosecha.     

 

Uno de los dos amigos, quién sabe por qué, tenía la vista clavada en una mujer, una de las muchas mujeres que en el cuadro recogían amapolas en sus canastas. Ella llevaba el pelo suelto, llovido sobre los hombros.   

 

Por fin ella le devolvió la mirada, dejó caer su canasta, extendió los brazos y, quién sabe cómo, se lo llevó.        

 

El se dejó ir hacia quién sabe dónde, y con esa mujer pasó las noches y los días, quién sabe cuántos, hasta que un ventarrón lo arrancó de allí y lo devolvió a la sala donde su amigo seguía plantado ante el cuadro.  

 

Tan brevísima había sido aquella eternidad que el amigo ni se había dado cuenta de su ausencia. Y tampoco se había dado cuenta de que esa mujer, una de las muchas mujeres que en el cuadro recogían amapolas en sus canastas, llevaba, ahora, el pelo atado en la nuca.

 

El colibrí  

 

EN ALGUNOS caseríos perdidos en los Andes, los memoriosos se acuerdan de cuando el cielo estaba montado sobre el mundo.

 

Teníamos al cielo tan encima que la gente caminaba agachada, y no podía enderezarse sin darse un cocazo. Las aves se echaban a volar y en el primer aleteo se chocaban contra el techo. El águila y el cóndor arremetían con todos sus ímpetus, pero el cielo no se daba por enterado.

 

El tiempo del aplastamiento del mundo terminó cuando un relampaguito bailandero se abrió paso en el poco aire que había. El colibrí pinchó el culo del cielo con su pico de aguja y a los pinchazos lo obligó a subir y a subir y a subir hasta las alturas donde ahora está.

 

El águila y el cóndor, aves poderosas, simbolizan la fuerza y el vuelo. Pero fue el más chiquito de los pájaros quien liberó a la tierra del peso del cielo.

 

El tiempo

 

SOMOS HIJOS de los días:  

-¿Qué es una persona en el camino?  

-Tiempo.  

 

Los mayas, antiguos maestros de esos misterios, no han olvidado que hemos sido fundados por el tiempo y estamos hechos de tiempo, que de muerte en muerte nace.    

Y saben que el tiempo reina y se burla del dinero que quiere comprarlo,     

de las cirugías que quieren borrarlo,      

de las píldoras que quieren callarlo      

y de las máquinas que quieren medirlo.    

 

Pero cuando los indígenas de Chiapas, que se habían alzado en armas, iniciaron las conversaciones de paz, uno de los funcionarios del gobierno mexicano puso los puntos sobre las íes.

Señalándose la muñeca, y señalando las muñecas de los indios, sentenció:       

         -Nosotros usamos relojes japoneses y ustedes también usan relojes japoneses. Para nosotros son las nueve de la mañana y para ustedes también son las nueve de la mañana. Ya déjense de fastidiar con esta cosa del tiempo.

 

El jacarandá      

 

EN LAS NOCHES, Norberto Paso acarreaba bolsas en el puerto de Buenos Aires.

En los días, lejos del puerto, levantaba esta casa. Blanca le subía los ladrillos y los baldes de mezcla, y las paredes iban creciendo en torno al patio de tierra.

 

Esta casa estaba a medio hacer cuando Blanca trajo un jacarandá del mercado. Era un árbol chiquito, ella había pagado un platal.

Norberto se agarró la cabeza:

         -Estás loca -dijo.

Y la ayudó a plantarlo.

 

Cuando terminaron esta casa, Blanca murió. Ahora han pasado los años, y Norberto sale poco. Una vez por semana, viaja unas horas hasta el centro de la ciudad, y se junta con otros viejos que protestan porque la jubilación es una mierda que no alcanza ni para pagar la soga donde colgarse.

 

Cuando Norberto regresa, tarde en la noche, el jacarandá lo está esperando.

 

A contramano

 

LAS IDEAS del semanario Marcha revelaban cierta inclinación al rojo, pero más rojos estaban los números. Hugo Alfaro, que además de ser periodista hacía las veces de administrador y cumplía la insalubre tarea de pagar las cuentas, saltaba de alegría en raras ocasiones:    

         -¡Tenemos la edición financiada!     

 

Había llegado publicidad. En la historia universal del periodismo independiente, siempre se ha celebrado semejante milagro como una prueba de la existencia de Dios.

 

Pero al director, Carlos Quijano, se le ponía verde la cara.

Horror: no había peor noticia que aquella buena noticia. Si entraba publicidad, se iba a sacrificar alguna página, o varias, y cada pedacito de página era un sagrado espacio imprescindible para cuestionar certezas, arrancar máscaras, alborotar avisperos y ayudar a que mañana no fuera otro nombre de hoy.

    

Al cabo de treinta y cuatro años, la dictadura militar irrumpió en el Uruguay y acabó con Marcha y otras locuras.

 

Exorcismo

 

OCURRIÓ en 1950. Contra todo pronóstico, contra toda evidencia, Brasil fue derrotado por Uruguay y perdió su campeonato mundial de fútbol.     

Después del pitazo final, mientras caía el sol, el público siguió sentado en las gradas del recién inaugurado estadio de Maracaná. Un pueblo tallado en piedra, inmenso monumento a la derrota: la mayor multitud jamás reunida en la historia del fútbol no podía hablar, ni podía moverse. Allí se quedaron los dolientes, hasta bien entrada la noche.

 

Y allí estaba Isaías Ambrosio. Le habían regalado una entrada, por haber sido uno de los albañiles que habían construido aquel estadio.   

Medio siglo después, Isaías seguía estando allí.      

 

Sentado en el mismo lugar, ante las gradas vacías del gigante de cemento, repetía su inútil ceremonia. Cada atardecer, a la hora fatal, Isaías trasmitía la jugada que había sellado la derrota, pegada la boca a un micrófono invisible, para la audiencia de una radio imaginaria. La trasmitía paso a paso, sin olvidar ningún doloroso detalle, y con voz de locutor profesional gritaba el gol, o más bien lo lloraba, y volvía a llorarlo, como en la tarde anterior y en la tarde siguiente y en todas las tardes.