Junio-2001

           

Irremediablemente, asomarse a esta sección significa encontrarse con una serie de situaciones angustiosas, que en el mundo rico se dicen “increíbles”. A nadie nos gusta que nos señalen con el dedo. Ante cualquier noticia o acontecimiento desagradable, inmediatamente buscamos la manera de poner tierra por medio, que no nos salpique de ninguna manera, ni a nuestra imagen, ni a nuestra conciencia.

Para consuelo de esa gente, P. Ligrilli decía:

“Ser hombre es ya por sí mismo una circunstancia atenuante”.

 

Tráfico de cuerpos

 

A

sí titulaba, el otro día, su artículo Vicente Verdú. Nos empujaba a ver una realidad, legalmente abolida (¡cómo no!), la esclavitud, pero presente en nuestros tiempos. Eso sí, puede estar disfrazada bajo numerosos nombres.

El tráfico de personas en el mundo sigue ampliándose con los procesos de la globalización. Por primera vez, el pasado 2 de junio, el Departamento de Estado norteamericano informó a su gobierno sobre el enorme ascenso de la trata de mujeres, niños o trabajadores esclavos, favorecido durante los últimos años por las guerras, el desarrollo del turismo, el abatimiento de fronteras y la expansión del crimen organizado.

Existen actualmente entre dos y tres millones de mujeres sometidas a cualquier clase de secuestro y forzadas a la prostitución, dentro o fuera de sus países. El número se ha ido elevando a partir del desplome de la Unión soviética y la apertura de fronteras de los países del Este europeo: 50.000 mujeres son trasladadas anualmente, sólo a Estados Unidos.

Las economías ilegales están sustituyendo gradualmente a las legales sin que se detecte ninguna reacción internacional suficiente para ponerles coto. Tales economías criminales están relacionadas con el tráfico de drogas, de armas, de diamantes y de personas.

Los tráficos de personas, en concreto, pueden adoptar diversas modalidades, que incluyen el tráfico de inmigrantes en busca de trabajo, el  tráfico de personas en busca de asilo, la cautividad de mujeres y niños para la prostitución y el comercio de órganos.

Desde Australia hasta Togo, desde Austria a Camboya, Sierra Leona, China, Vietnam, Filipinas, Polonia, Brasil o Yugoslavia, en un conjunto de cuarenta y tantos países, se ha detectado alguna forma de explotaci8ón equiparable a la esclavitud.

Incluso la esclavitud de hace dos siglos pudo ser más respetuosa con la condición humana que las prácticas dirigidas al tráfico de órganos y las mutilaciones infantiles. Al esclavo se le valoraba su capacidad de trabajo, y como consecuencia su cuerpo debía ser conservado, pero ahora el cuerpo se modifica y se trocea con una finalidad económica sin limitación. Se juega con la erotización de la inocencia, llegando a inyectar hormonas y drogas en los cuerpos infantiles para transformar su apariencia y su comportamiento en la relación sexual. Se mutilan cuerpos para estimular la lástima y obtener mayores beneficios de la mendicidad.

Todo esto es posible por la locura que nos embarga, por la carencia de vigilancia internacional, por la clandestinidad que recubre socialmente a los emigrantes, por la silenciosa inhibición social que nos hace cómplices de estos abusos, por el destrozo moral que las normas del mercado están provocando sobre los valores de algunos pueblos empobrecidos.

El tráfico de seres humanos no habría alcanzado su dimensión actual sin una previa desestabilización social y política de esas zonas vulnerables. La aculturización de esas áreas ha propiciado que el cuerpo deje de considerarse como una sede sagrada y tienda a ser visto como una mercancía.