octubre-2004

 

Los que se digan humanos, que alcen la mano

 

Agosto de 2004: un genocidio ha tenido lugar ante los ojos de todos nosotros, seres semejantes. Horror, vergüenza, escándalo.

Un experto de las Naciones Unidas en derechos humanos dijo que Darfur, la región occidental de Sudán, está plagada de constantes violaciones de derechos humanos. Más de un millón de desplazados en Darfur desean volver a sus hogares, pero temen los ataques continuos de los milicianos Janjawid contra los civiles de la localidad.

El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó, el 13 de agosto, una resolución amenazando con imponer sanciones contra Sudán en el caso de que el gobierno no tomara las medidas necesarias para desarmar a las milicias árabes dentro de 30 días.

Las autoridades sudanesas rechazaron formalmente el texto de la resolución, que consideraron “inapropiado”. El gobierno sudanés decretó “la movilización general política y estratégica”.

Países como Francia, Australia y Gran Bretaña anunciaron su intención de enviar tropas ante la “gravedad de la situación humanitaria en Darfur”.

 

Se ha considerado como la peor crisis humana mundial: El gobierno sudanés respondió a una rebelión popular dando rienda suelta a las milicias árabes Yanyawid, que han violado, saqueado y quemado a su paso por toda la región.

Más de 1.200.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus casas; hay 200.000 apiñadas en los campamentos para refugiados de Chad; y ya han muerto de 30.000 a 50.000. Pero en el subsuelo de Darfur no debe haber petróleo. Por eso tiene más sentido para EEUU y sus aliados “defender la democracia en el mundo árabe” y no en Darfur.

Toda la población de niños menores de cinco años estaba sentenciada a morir, según Naciones Unidas, salvo que se produjera una intervención internacional. Cada día, el hambre ha enterrado a decenas de niños. Envueltos en telas blancas en pequeñas cajas de madera, sus madres los entregan a la tierra. 

 

Desde su independencia del Reino Unido en 1956, Sudán no ha conocido la paz. Las masacres han saltado a la prensa tras más de un año de vergonzoso abandono. En la Casa Blanca hace tiempo que tenían conocimiento del tema. Ya en agosto de 1988, en represalia por los bombardeos de las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania, Clinton ordenó lanzar 13 proyectiles Tomahawk contra el supuesto centro de producción de armas químicas de Bin Laden, con supuesto refugio en Sudán. La fábrica de armas resultó ser una fábrica de aspirinas.

Impunes y asesinos, los Janjawid ejecutan sus tropelías en el frescor de las mañanas. Cuando las aldeas aún se desperezan. Es entonces cuando se oye un rumor de helicópteros y aviones Antonov que descargan su mortífera munición sobre civiles indefensos que no saben en qué dirección correr. Huyen despavoridos. A los hombres se les tirotea. Se les remata en el suelo si no mueren al primer disparo. Los niños son secuestrados para fines serviles. Las mujeres pasan a ser objetos de uso sexual: por un rato, por un día o por el tiempo que los asesinos estimen necesario. El ganado es exterminado. Se envenena el agua. Luego el fuego reduce a cenizas las aldeas. Cientos de ellas arrasadas, abrasadas y negras a lo largo y ancho de Darfur. No queda nada. Sólo las sandalias de plástico de un niño permanecen tiradas a la entrada de lo que fue su casa. Del pequeño no hay ni rastro.
Ésos son los ataques organizados, planificados, sistemáticos. Luego están los asaltos a plena luz del día. En la sabana. Cuando las mujeres, que han adoptado funciones que hacen los hombres ante la ausencia de éstos, tienen que salir en busca de agua o leña. O acudir al mercado a comprar lo mínimo para subsistir porque es mínimo lo que poseen. Entonces, las milicias árabes de los janjawid se emplean a fondo. La campaña de violaciones en Darfur es sistemática y tiene un único objetivo: humillar a las mujeres, a sus maridos y a sus padres, y romper los árboles genealógicos tribales y étnicos. En Sudán, como en otras muchas culturas árabes, la etnicidad de un niño está directamente ligada a la del padre.

Musulmanes árabes matando a musulmanes negros.                                              Es igual, en nuestro siglo XXI los seres humanos que decimos controlar la naturaleza, no somos capaces de controlarnos a nosotros mismos.

d.t.