Noviembre-2005

 

La ONU y el capitalismo salvaje

 

En 1993, la Conferencia Mundial de los Derechos Humanos de la ONU, reunida en Viena, proclamó los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las personas. Estos nuevos derechos incluían el Derecho a la Alimentación, que pretendía poner freno al genocidio de la muerte provocada por el hambre.

 

En los años siguientes, la gente siguió muriendo de hambre en unas proporciones alarmantes, pero lo hacía en un «normalizado» contexto de muerte: En esa década, la de los noventa, cinco millones de personas morían víctimas de la guerra y dieciocho millones a consecuencia de los accidentes de trabajo, por citar sólo dos casos. A pesar de la «normalidad» de la muerte, el mundo quedó sobrecogido cuando se enteró de que, en el año 2000, treinta y seis millones de personas murieron de hambre o de sus consecuencias. Esto ocurría en un mundo globalizado y tecnificado, capaz de producir alimentos para doce mil millones de personas, el doble de la población mundial. Entonces surgió la Cumbre del Milenio.

 

En septiembre de 2000, la ONU, decepcionada por los resultados de la declaración de 1993; alarmada por el genocidio del hambre; presionada por multitud de organizaciones ciudadanas, sociales y religiosas, de todo el mundo, acordó los Objetivos para el Desarrollo del Milenio (ODM). Los Jefes de Estado y de Gobierno se comprometían a reducir la proporción de personas pobres o con hambre, lograr la enseñanza primaria para niños y niñas, facilitar el acceso al agua potable y al saneamiento, reducir la mortalidad infantil y materna... Por primera vez, estos objetivos tenían un plazo para su cumplimiento, 2015, y contaban con medidas concretas. El pasado Septiembre, la ONU valoraba los cinco años de desarrollo de los Objetivos del Milenio. Tras su celebración, la Alianza Española contra la Pobreza expresaba «su decepción ante la falta de acuerdos y de avances en la lucha contra la pobreza».

 

Es difícil saber qué ha pasado con los Objetivos del Milenio. Entre otras cosas, los distintos organismos internacionales no se ponen de acuerdo porque cada uno utiliza un «metro» distinto para medir. Ante esta situación, debemos reconocer, por una parte, el esfuerzo realizado por algunos Gobiernos, pero por otra, debemos atenernos al informe sobre la evolución del hambre en el mundo, que Jean Ziegler, relator especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, presentó en la 61ª Comisión de Derechos Humanos. Basándose en él ha declarado: «100.000 personas mueren de hambre, o de sus consecuencias inmediatas, cada día. Un niño de menos de 10 años muere cada siete segundos y cada cuatro minutos otro queda ciego por falta de vitamina A..., en un mundo más rico que nunca antes, el número de personas gravemente desnutridas ha aumentado hasta 852 millones. El orden mundial no es sólo asesino, sino absurdo, pues mata sin necesidad. Hoy ya no existen las fatalidades. Un niño que muere de hambre hoy, muere asesinado».

 

En la «Centesimus Annus», la Iglesia afirmaba que su doctrina rechazaba la organización de la sociedad basada en un determinado modelo de capitalismo liberal, definido como capitalismo salvaje. Ante la realidad del hambre, debemos afirmar que ese «determinado modelo» es el único existente, pues no hay capitalismo más salvaje que el que provoca setenta muertes de hambre por minuto. Pero dicho esto, no podemos olvidar que estas muertes se producen en un mundo que nada en la abundancia, en nuestra abundancia. Luego, si este capitalismo salvaje se basa en un consumo salvaje, que mata, podemos evitarlo construyendo un consumo que haga posible la vida de todos.

 

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Editorial de Noticias Obreras, .1.394