Diciembre-2000

 

A propósito de El grito de los Excluidos/as

Frei Betto

Participé en Nueva York, el 12 de octubre, fecha del "descubrimiento" de nuestro continente, del Grito de los Excluidos de las Américas. La ciudad estadounidense fue escogida por ser la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU); foco del noticiero internacional; y escenario de la Marcha de los Migrantes Indocumentados, realizada el día 14, y de la Marcha Mundial de las Mujeres, el 17.

Insistimos para que la ONU no se convierta en un juguete en las manos de la política externa de los Estados Unidos.

El gran escándalo de este fin de siglo y milenio es la situación de carencia en la que viven multitudes. En el mundo, según el BIRD, 1.2 mil millones de personas sobreviven con una renta mensual inferior a US$30, y otras 2.8 mil millones con menos de US$60. En América Latina, son 224 millones de pobres y 90 millones de miserables. En el Brasil, 32 millones de miserables y 54.1 millones de pobres.

Llagamos a la Luna, pero no a la justicia social. Pusimos telescopios capaces de desvelar las intimidades del universo, pero no vemos las necesidades y los derechos del prójimo carente. Clonamos seres vivos, pero no salvamos de la muerte a niños desnutridos. Fotografiamos cuánticamente las partículas sub-atómicas, pero ignoramos las angustias más profundas del corazón humano.

Un fenómeno nuevo se destaca en el panorama mundial, evidente en las manifestaciones en Nueva York, Praga, Washington y Seattle: los movimientos de solidaridad con los condenados de la tierra. El clamor de justicia ya no viene sólo de la izquierda ideologizada y partidaria. Se hace eco de innumerables movimientos sociales que articulados por Ong's e Iglesias, prestan su fuerza y su voz a los que carecen de una cosa o de otra. Tiene como ideología la ética, como partido la solidaridad, como sueño el derecho de todos a los bienes esenciales de la vida, como propuesta la denuncia de los responsables de las desigualdades mundiales y a la construcción de una civilización de amor.

El mundo ya no se divide entre capitalismo y socialismo, pero sí entre el egoísmo neoliberal, centrado en la premisa del lucro, y la compasión de los que luchan por una economía solidaria. Uno y otro coexisten en los mismos países. El avance de la tecnología de las comunicaciones favorece el entrelazamiento de las redes comprometidas con la conquista de un modelo alternativo de sociedad. El perfil de la era post-capitalista se diseña en el esfuerzo de poner fin a la exclusión social, redistribuir la renta, proteger el medio ambiente, priorizar los bienes infinitos, como la ética y la espiritualidad, y no sobreestimar los bienes finitos.