Marzo-2001

 

"¿Es humano un mundo como éste?"

Una vez más, la tragedia se ha cebado con El Salvador...                                                                                                               Vivir en este país es siempre una carga muy dura de llevar. La mitad de la población vive en la pobreza, grave o extrema. De la otra mitad, muchos viven con agobios, fruto de las catástrofes: el terremoto de 1986, el Mitch, los quince años de represión, guerra, éxodo masivo, destrucción... El terremoto de ahora no ha hecho sino agravar esta situación que es, antes que nada, una tragedia para los pobres. Ha destruido casas, pero las de los pobres, porque no pueden construirlas de cemento y hierro. Los derrumbes siempre soterran a los pobres porque sólo en esas inhóspitas laderas, no en tierra llana y fértil, han encontrado lugar para sembrar... El terremoto es, pues, también una radiografía del país. Tiene causas naturales, pero su desigual impacto no se debe a la naturaleza, es en buena parte obra de nuestras manos.

¿Por qué no existen medidas de precaución en una zona de tan alto riesgo sísmico?                                                                         En el área centroamericana suele haber terremotos cada quince o veinte años, pero la tragedia que originan no parece servir para evitar o minimizar los daños del siguiente. Desde el anterior, en 1986, no se ha hecho nada para prevenir las posibles consecuencias. Se ha invertido mucho en armamento o en mejorar la tecnología de la banca. Pero para desescombrar seguimos prácticamente con pico y pala. Es ilusorio que se apele a las normas de seguridad que se exigen en la construcción de viviendas cuando los pobres no tienen recursos para cumplirlas. Y es insultante que no se haya logrado vivienda digna para la mayoría, cuando proliferan edificios llamativos y mejoran las autopistas, los hoteles, los aeropuertos.

Además de enviar donativos, ¿se puede hacer algo desde los países ricos?                                                                                      Lo primero es caer en la cuenta de que se vive con una venda ante los ojos. El panorama que ofrecen los medios es desolador. En los quioscos hay de todo, revistas de motos, de belleza, pero ¿qué revista hay que nos diga la realidad del mundo? Claro que hay libros, los periódicos publican noticias, la televisión... Pero son flashes que desaparecen, hay muchas más informaciones que nos atraen más, nos molestan menos. Se habla de que un jugador cuesta tanto o de que ahora se ganan más Oscar que antes.. Pero la noticia debería comparar lo que cuestan y ganan deportistas, cantantes, estrellas de cine con lo que tiene para sobrevivir un ser humano en África, Bangladesh o El Salvador. Esta comparación desafía la imaginación, produce vértigo y se convierte en interpelación: ¿es humano un mundo así?

¿Es posible, entonces, acabar con la pobreza y la desigualdad en el mundo?                                                                                                          La verdad es que no soy muy optimista. No veo que el mundo en general, el de los grandes, esté interesado en que haya vida en el de los pequeños. Por tanto no creo que vaya a cambiar la situación, al menos en Centroamérica. Las instituciones como la Iglesia, las universidades o los medios de comunicación tienen que proclamar la verdad de esta injusticia, puesto que los gobiernos, las multinacionales, las fuerzas armadas y la banca mundial no lo hacen. Si en todos los púlpitos, tres veces al año, en lugar de leer el Evangelio leyeran cinco líneas de cómo está la humanidad, si las universidades, si los medios de comunicación dedicasen más espacio al mundo real, el mundo cambiaría. Lo mismo digo de los partidos, todavía estoy por ver a un político que diga que ofrece un poco más de austeridad para que puedan vivir mejor en los Grandes Lagos. 

(De una entrevista a Jon Sobrino, jesuita de la Universidad Centroamericana de El Salvador)