Diciembre-2001

 

Derechos humanos, utopía del presente: Breve ensayo de alta seguridad

(Desde la Cárcel Política en Chile)

No resulta fácil hacer florecer la palabra, qué decir, a quién decir lo que, más que un discurso a desconstruir, es una especie de grito desde un no-lugar.

Pero lo hacemos, lo hemos hecho por casi 10 años de Prisión Política en Chile, sorbiendo el veneno que a diario se nos da en alimento. Exorcizamos el exilio interior, la tortura, la soledad a veces, el aislamiento, una nueva forma de desaparición forzada a la que oponemos diariamente la palabra que entra y sale de estos muros para articular memoria, presente y futuro.

No es un tema del pasado, la Prisión Política en Chile, es una realidad, una confrontación negada, que enfrentamos con lo único que tenemos: nuestros sueños y la voluntad de llevarlos a cabo. La certeza de que otro mundo es posible, un mundo feliz, un día azul, o verde, o del color que quieras, una amplia avenida de historicidad realizada y no negada.

Habitamos un lugar paradójico, un lugar sin lugar reconocido, un punto invisibilizado y, a la vez, ejemplar. Un modelo de tumba y monumento que al final devino un gran cubo de cemento.

En algún punto, también somos un lugar sin lugar, nos hemos desparramado, decolorado, vuelto a colorear, condensado y precipitado para traer el futuro un poco cada día. Hemos aprendido a ser flexibles para no quebrarnos, a pensar la utopía no en un allá lejano sino en el presente que vivimos como responsabilidad políticamente urgente y necesaria. ¿Para qué fugarse hacia el futuro? ¿Para qué esconderse o desgarrarse en el pasado? Hemos optado y resistido, crecido y devenido posibilidad.

Si alguien o muchos apostaron a la destrucción, simplemente se han equivocado.

Nuestra condición no es excepcional, tanto en la historia reciente como en el largo camino de los movimientos sociales populares, en que todo acto de rebeldía y soberanía ha sido estigmatizado, reprimido y cooptado.

El desarrollo histórico de los procesos de construcción de identidad y sociedad nunca es unívoco. Piensa en un campo de fuerza donde se identifican dos movimientos, uno ascendente, de afirmación, y uno descendente, de negación, al servicio del cual se implementan desde antiguo variadas tecnologías de poder bloqueando el cambio y favoreciendo la continuidad. El movimiento descendente apunta a valores como el Orden y la Estabilidad de lo instituido, que es presentado como "lo Normal", "lo Bueno", "lo Mejor".

El movimiento ascendente se asocia al Estigma, al Desorden y la Desestructuración de aquella identidad que ha sido asignada desde arriba y desde afuera y que, en aras de una subjetividad alienada, transforma las entidades individuales en objetos de producción y consumo masivo.

Aunque ya no esté de moda decirlo, las relaciones sociales son relaciones de poder. La historia, aunque se niegue y decrete su fin, sigue siendo un conflicto entre la cosificación y la humanidad, entre los productores y quienes se apropian de la objetivación de su vida a través del trabajo alienado.

A riesgo de parecer "Clásico" , "Romántico" , "Dogmático" o "Utópico" , me declaro todo eso.

Una concepción de DD.HH. que quiera ser genuina, vigente, eficaz y no falaz ha de situarse en el campo de la historia y la realidad de los que sufren y quieren su emancipación, y no en la abstracción vacua de un derecho nacional o internacional aparentemente neutro.

En este Planeta y en este País no somos iguales y no tenemos la capacidad ni la fuerza para ejercer los derechos que a la humanidad se le asignan cándidamente como irrestrictos e inalienables.

La condición humana y sus derechos no han sido dados por gracia o logrados por pura inercia.

La humanidad ha sido construida, conquistada, inventada. Si no se recrea simplemente se desvanece y nos deja en una jauría de todos contra todos, o más bien, de unos pocos lobos contra muchos... inocentes.

No puede confundirse un avance de la humanidad hacia formas de convivencia igualitaria, respetuosa y libertaria con una simple modernización de 1os métodos de control social a nivel global bajo la forma de un derecho nacional o internacional que se administra desde los espacios de poder.

Declaratoriamente los "Contratos Sociales" debían impedir la barbarie y realizar el ideario ilustrado de una burguesía "pujante y generosa", construyendo Estados y fórmulas institucionales para reproducir al infinito la "civilización" .

El presente, sin embargo, es el primado de la negación global del cambio sustancial y la afirmación descendente en su flujo hacía la continuidad y la diversidad superflua de un consumo hedonista, solitario y egoísta.

Una noción de Derechos Humanos realmente justa ha de plantearse estos problemas o será, por omisión, una horrorosa complicidad estilizada.

La Humanidad tiende a "privatizarse", a negarse y dejar la idea de Progreso reducida a una escenografía vulgar e hipócrita, arrebatada de su matriz estructurante: el Derecho humano a la Utopía.

La lucha por los derechos humanos no puede ser sino el desarrollo de ese sueño, hoy arrancado discursiva y violentamente de su subjetividad a los movimientos sociales, políticos y culturales que buscan una vida mejor.

Los agentes del cambio histórico y social hacia una mayor humanidad han sido y son hombres y mujeres que, generación tras generación, han sido acusados, torturados, encarcelados, asesinados y hechos desaparecer para bloquear y traumatizar la sola idea de que los cambios son posibles.

Los Derechos Humanos no son arqueología, no pueden ser un recuento de los horrores del pasado. La lucha por los Derechos Humanos tiene una obligación con el futuro que debe denunciar y transformar en el presente, de lo contrario, no hay futuro posible.

El derecho humano a la memoria no es equivalente a la Nostalgia.

La última frontera de las violaciones a los derechos humanos no han sido sólo los actos de tortura o muerte ya acaecidos. Esos son tecnologías siniestras, pero instrumentales y mediáticas para inducir un efecto psicosocial de largo plazo: el miedo a la transformación, el conformismo, la inmovilidad.

El objetivo de los agentes sociales-culturales-institucionales de continuidad, el efecto máximo de la negación, el flujo perfecto de la legitimación y gobernabilidad de curso descendente, es la anulación de la gobernanza, la autonomía y la aspiración misma del cambio, en síntesis: la Muerte de la Utopía.

Si los derechos humanos no postulan la Utopía han de ser muchos "Derechos", pero muy poco "Humanos". La utopía también es un derecho humano aunque muchas veces se la tilda como un adolescente desenfreno.

En el ejercicio de ese derecho es que, a 10 años de Cárcel Política en Chile, aún nos desvela el Proyecto, nos compele la palabra, la interlocución y no el mero soliloquio del Estoico. La vida y la reflexión van más allá de uno mismo.

Hemos aprendido a ser y hacer historia, no es una tarea épica o heroica, tampoco es un acto exclusivamente político. Es nuestro derecho humano. No podemos ser olvido ni nostalgia. Junto a muchos otros queremos ser futuro, memoria activa, saber y poder, soberanía, rearticular la palabra y el vuelo antiguo de la Libertad, humanizar la existencia. Por eso hemos luchado, por eso luchamos, por eso se nos ha encarcelado, por eso Exigimos la Libertad.

La existencia de presos políticos en Chile, con 10 años de aislamiento y ensañamiento institucionalizado, no puede ser, como hasta ahora ha sido, excluido y negado de la lucha y defensa por los Derechos Humanos en Chile.

No se puede disociar arbitrariamente nuestra condición actual del proceso histórico de confrontación entre cambio y continuidad estructural en que nuestro país ingresó impulsado por juntar anhelos de una vida mejor y un proyecto popular que fue aniquilado a sangre y fuego. Somos parte de esa dinámica político-social de largo plazo.

Los prisioneros políticos somos jóvenes, hombres, mujeres, pobladores, trabajadores, estudiantes, poetas, padres, hermanos, hijos. Gente común que asumió que al capitalismo se le combate y transforma, que nos hicimos revolucionarios para seguir viviendo.

Desde nuestras detenciones hemos sido sometidos a procesos judiciales que claramente son un castigo político: se nos aplica un sistema jurídico especial en que intervienen paralelamente los Tribunales Militares, la Ley de Seguridad Interior del Estado, la ley de control de Armas y la Ley Antiterrorista, aun cuando su gestor, el ex ministro señor Francisco Cumplido, ha manifestado públicamente en más de una oportunidad que es un "error jurídico" su aplicación a los presos políticos en Chile.

En nuestro caso ha operado el prejuicio y el ensañamiento, no hemos sido procesados y condenados por Tribunales competentes e imparciales, la presunción de inocencia, el derecho a defensa como garantía del debido proceso, para nosotros, ha sido letra muerta. No hemos tenido defensa jurídica real y confiable, en tiempos adecuados que la hagan efectiva.

Los Presos políticos ni siquiera han conocido a los abogados que los "han defendido", pocos han tenido dinero para contratar un abogado que "vea" su causa.

El resultado ha sido la aplicación de condenas desproporcionadas por los supuestos delitos cometidos y, en comparación con otros procesados, la negación sistemática del derecho a la libertad provisional y la total indefensión ante el maltrato y tortura al ser detenidos y luego, durante la privación de libertad, en la cárcel.

En Chile, los únicos presos que cumplen íntegramente sus penas somos los presos políticos. ¿No es éste un problema de derechos humanos?

En 10 años de Cárcel Política, con golpizas, torturas físicas y psicológicas, arbitrariedad y aislamiento, prolongadas huelgas de hambre, violación de derechos procesales, a la integridad física, a la salud, con cotidiano riesgo de vida, hemos enfrentado la agresión represiva con nuestros cuerpos, la movilización y el amor de nuestros familiares y amigos, el apoyo de organizaciones populares y personas honestas que han visto nuestra problemática como suya. Especial relevancia ha tenido en momentos cruciales el apoyo internacional, aún cuando el Gobierno quiere hacer creer un país donde el problema de torturas y derechos humanos ya está superado.

Para la libertad hemos nacido, en ella luchamos y vivimos, aún estando prisioneros, sembrándola incluso en la bestialidad del monumento carcelario, desafiando el ocultamiento con la alegría de saber que también otros creen y construyen la utopía posible. En la marginación o la exclusión más absoluta, en la negación de nuestra dignidad, en la represión y la violencia más feroz, la utopía y la humanidad existen mientras no se nieguen a sí mismas.

Los derechos de la humanidad no se imploran, se conquistan y defienden de manera concreta en el presente, la lucha por la libertad de los Presos Políticos es hoy un escenario de esa lucha.

¡Exijamos hoy la Libertad para todos los Presos y Presas Políticas en Chile!

¡Libertad a los Presos Políticos Mapuche!                                                    

¡Libertad a los Presos Políticos de América Latina!

PEDRO ROSAS ARAVENA
P.P. MIR
Cárcel de Alta Seguridad
Santiago de Chile, noviembre de 2001