Agosto-2002

Alternativa post-capitalista


Los participantes del Foro Social Mundial de Porto Alegre afirman que "otro mundo es posible". ¿Por qué otro, si ya tenemos este -capitalista, neoliberal y globocolonizador? Este es el mejor de los mundos. Excepto para los 2/3 de la población mundial que viven bajo la línea de pobreza, según el Banco Mundial.

Habitan nuestro planeta, hoy, 6.100 millones de personas. Sólo 2.100 millones disfrutan de condiciones dignas de vida. Los otros 4 mil millones padecen: 2.800 millones viven bajo la línea de pobreza, lo que significa que no disponen de una renta mensual equivalente a más de 60 dólares. Y 1.200 millones viven bajo la línea de miseria, porque poseen una renta mensual inferior al equivalente a los 30 dólares.

La economía mundial está en desaceleración. No va a crecer más del 2.4% este año, afirma el FMI. En ese mar de pobreza es la ilusión esperar una tabla de salvación neoliberal que venga de las islas de opulencia. Los muros de los campos de concentración de la renta son demasiado altos para permitir la entrada de la multitud de excluidos. Pero son demasiado frágiles para impedir el riesgo de una implosión. Hay que buscar una alternativa al actual modelo económico, antes que la desesperación fomente todavía más el terrorismo. Y esa alternativa pasa, necesariamente, por el cambio de valores, y no sólo de mecanismos económicos.

Si el mundo ronda en torno a la economía y la economía gira en torno al mercado, eso significa que éste, revestido de carácter idólatra, se sostiene encima de los derechos de las personas y los recursos de la Tierra. Se presenta como un bien absoluto. Decide la vida y la muerte de la humanidad. Así, los fines -vida y felicidad humanas- quedan subordinados a la acumulación privada de las riquezas. No importa que la riqueza de unos pocos signifique la pobreza de muchos. El paradigma del mercado son las cifras de cuentas bancarias y no la dignidad de las personas.

Hay, pues, una inversión de valores. Los productos pasan a ser sujetos y las personas objetos. Es el producto que imprime valor a quien lo posee. Por tanto, los desposeídos carecen de valor y, descartados del juego económico, son atraídos a reverenciar la abundancia de los privilegiados.

La ostentación de los millonarios funciona como un icono en el que se proyectan aquellos que, excluidos del festín, al menos saborean virtualmente las migajas psicológicas caídas de la mesa de los acomodados. Quien sabe, un día, yo podría ser uno de ellos. Sueño que fácilmente se transforme en revuelta.

El principio supremo de la ciudadanía mundial es el derecho de todos a la vida y una vida integral. ¿Cómo hacer eso viable? Cualquier alternativa deberá huir de los extremos que castigaron a una porción significativa de la humanidad del siglo XX: el libre mercado y la planificación centralizada. Ni uno ni otro subordina la economía a los derechos del ciudadano. El mercado estrecha oportunidades, concentrando la riqueza en manos de pocos. La planificación centralizada, aunque ejercida en nombre del pueblo, de hecho lo excluye de las decisiones. El mercado agrava el estado de injusticia. La planificación centralizada restringe el ejercicio de la libertad.

Para conciliar mercado y planificación, urge que la lógica económica abandone el paradigma de la acumulación privada para recuperar el del bien común, de modo que la ciudadanía se sobreponga al consumo y los derechos sociales de la mayoría a los privilegios ostentosos de la minoría.

La reciente coyuntura de Argentina demostró que la paciencia del pueblo tiene límites. Ni el decreto de estado de sitio logró contener la revuelta popular. No basta que el FMI insista en la pretensión de saber lo que es mejor para América Latina. Los índices sociales comprueban que su recetario está lejos de ser el mejor para la mayoría de la población. Hoy, hay 221 millones de excluidos en nuestro continente.

 

Frei Betto