Marzo-2003

¡No a la guerra!

Si el tema no fuese tan trágico, si no estuviese en juego la vida de cientos de miles de personas, estaríamos tentados de gritar a Bush que ataque de una vez a Irak, en el convencimiento de que lo tiene decidido desde hace mucho tiempo y nada va a poder evitarlo. Así al menos nos dispensaría del cansancio y del hastío de tener que escuchar a diario esa charlatanería impúdica tendente a justificar lo injustificable y que confunde los valores con los intereses económicos, la democracia con la tiranía, la libertad con la desigualdad y el despotismo.

En esa verbena de despropósitos nos intentan convencer de que un país famélico, condenado a un brutal embargo, con un ejército maltrecho y derrotado hace apenas diez años, y con un territorio en continua observación y sometido en parte a permanentes bombardeos, puede ser una amenaza para la paz mundial. Sadam Husein podrá ser un tirano, un sanguinario fantoche, un dictador ególatra (tanto como cuando era amigo y aliado de EEUU), pero nadie en su sano juicio es capaz de creer en serio que sea una amenaza para la paz mundial. Sadam es tan peligroso como los cientos de tiranos, fantoches y dictadores que gobiernan, disfrazados incluso con ropaje democrático, en otros tantos países.

En el colmo de la demencia sostienen que Irak amenaza la seguridad de España. La aseveración linda con el ridículo cuando se argumenta que los mísiles de Sadam pueden alcanzar ya Italia y que, de no ponerle coto, en unos meses alcanzarían a nuestro país. De auténtica charanga. Porque, además, desde cuándo España es tan importante como para llamar la atención de Irak. Claro que si el Gobierno español se empeña en ser la correa de transmisión de Bush, es posible que consiga transformarnos en diana no de unos ilusorios mísiles, sino del más real terrorismo islámico.

En la actualidad únicamente un país tiene posibilidad y condiciones para constituir una amenaza a la paz mundial, EEUU, y pasa de la potencia al acto cuando, regido por unos mandatarios con legitimidad democrática interna dudosa, pretende implantar su voluntad como única ley internacional. Lo que pone en riesgo la paz mundial es que un Estado se reserve, sin ninguna legitimidad, el derecho de decidir quién puede y quién no puede tener armas de destrucción masiva, a quién se le permite y a quién no incumplir las resoluciones de la ONU.

EEUU se presenta, sin que nadie le haya designado para ello, como el benefactor mundial, y quiere convencernos de que sus actuaciones en el exterior han estado motivadas siempre por el altruismo y la salvaguarda de los más elevados valores. La historia lo desmiente. Lo desmiente en América Latina, en Asia e incluso en Europa. No fue ningún movimiento altruista el que le llevó a tomar partido en la Segunda Guerra Mundial, sino más bien el ataque a Pearl Harbour; su beligerancia contra el fascismo no le impidió apoyar y mantener en nuestro país a un dictador como Franco, como tampoco le ha impedido promover en Latinoamérica y en otras latitudes frecuentes golpes de estado. EEUU debería preguntarse a qué obedece la ola de antiamericanismo que se extiende por las poblaciones de casi todos los países.

El mayor peligro para la seguridad y la paz internacionales se encuentra en esa doctrina que han denominado guerra preventiva y que es la negación de todo derecho, porque se instala en la mayor de las discrecionalidades, convierte a una potencia en policía, juez y verdugo de un orden unilateralmente decidido. ¿Qué seguridad puede existir cuando cualquier nación puede transformarse en objetivo de un posible ataque ante la simple sospecha de no ser adicto al Imperio?

Son tales los embustes y los contrasentidos que rodean la futura guerra contra Irak que hoy son muchos los que se oponen a ella. No me refiero únicamente a las poblaciones, en las que las encuestas muestran una mayoría aplastante de críticos, sino a los propios representantes políticos y a los creadores de opinión. Bastantes de ellos, sin embargo, de unos y de otros, estuvieron en el pasado a favor de otras guerras, la del Golfo, las de Bosnia y Afganistán, etcétera. Como es lógico, pretenden trazar diferencias, y sin duda que las hay. Pero el problema es otro, es que aquellos polvos han traído estos lodos. Una vez abierta la caja de Pandora, cómo diferenciar lo que debe salir y lo que debe permanecer en su interior. Cómo diferenciar cuándo se debe intervenir y cuándo no. Quién ha investido a quién de comunidad internacional. Difícil, muy difícil hablar de legalidad internacional cuando cinco países, sólo cinco, tienen derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, y cuando el poder de EEUU es tan desproporcionado que puede terminar chantajeando o convenciendo a cualquier Estado para conducirlo a sus posiciones.

En el antiguo orden geopolítico la ONU no era la legalidad internacional, no nos equivoquemos, pero sí era al menos la plataforma en la que se producía un cierto equilibrio de fuerzas, equilibrio quebrado en la nueva situación. Ahora más que nunca se impone sin cortapisas y sin remedio la ley del más fuerte. Que invadan en mala hora Irak. Por desgracia, nadie va a poder impedirlo, pero al menos que nos ahorren el bochorno de ver revestido de cruzada lo que es lisa y llanamente un acto de piratería internacional, y que no pretendan arrebatarnos el derecho de gritar ¡no a la guerra! No a la guerra ni con inspectores ni sin inspectores, ni con pruebas ni sin pruebas, ni con ONU ni sin ONU.

 Juan Francisco Martín Seco