mensajeros4 (Noviembre/99)

 

A VUELTAS CON EL SISTEMA NEOLIBERAL

La mayor paradoja y, al mismo tiempo, lo más dramático de este fin de siglo, parece ser la magnitud de la pobreza en un mundo inmensamente rico. El producto bruto mundial crece substancialmente de año en año, mientras más de mil doscientos millones de seres humanos viven en la miseria y cada día es mayor la diferencia que separa los ingresos y el nivel de vida de los ricos y los pobres.

Los sistemas de economía de mercado se muestran eficaces para crear riqueza, pero son injustos para distribuirla.

El mercado es cruel porque excluye a los que carecen de bienes materiales para participar en él, porque castiga a los que no están en situación de competir y porque generalmente favorece el triunfo de los más poderosos y los más audaces.

Los asombrosos progresos científicos y tecnológicos de los últimos años han generado cambios muy profundos en las posibilidades de trabajo de la gente. Cada vez se necesitan más trabajadores con alta calificación y disminuye la demanda de trabajo no cualificado, produciendo desocupación en el ancho mundo de los pobres que no han tenido posibilidades de estudiar y prepararse, y causando crecientes desigualdades en el nivel de las remuneraciones.

Aumenta la globalización, al tiempo que disminuye la soberanía de las naciones, que cada vez dependen más de su inserción en el mercado mundial. Los países de la periferia quedan como simples proveedores de materias primas y de mano de obra barata. Las decisiones, a menudo especulativas, de grupos financieros internacionales, pueden sumir en graves crisis a esos países, con la consiguiente ruina y empobrecimiento de sus poblaciones.

La publicidad inherente al sistema, destinada a estimular los mercados y sostenida abrumadora y persuasivamente por los medios de comunicación, estimula hábitos de consumismo que terminan esclavizando a la gente y sumiéndola en el endeudamiento. Lo cual está deshumanizando la vida de hombres y mujeres, cada vez más esclavos de las cosas, más centrados en sí mismos y menos solidarios.

Aumenta el convencionalismo y la falsedad: Los valores que a menudo se proclaman, no se respetan en la vida cotidiana.

No es vivir "en la verdad" contentarse con la exhibición de excelentes cifras macroeconómicas de crecimiento y ufanarse en la exhibición del progreso y la belleza de los barrios ricos de las grandes ciudades, al mismo tiempo que se silencia la escandalosa desigualdad existente y la miseria en que viven los sectores marginales.

Si se invocan criterios de justicia para regular los ingresos de cada cual según su capacidad y rendimiento, esos mismos criterios exigen que todos inicien esa competencia desde un mismo punto de partida, con análoga capacitación y posibilidades. La igualdad de oportunidades es la primera y fundamental exigencia de justicia. De igual manera que el sistema judicial debería ser parejo para todos, pero ante él no comparecen en reales condiciones de igualdad los ricos y los pobres.

Se actúa en nombre de la libertad (individual), pero los márgenes de libertad no son iguales para todos. Un pobre no tiene igual libertad que un rico; un analfabeto carece de la libertad del ilustrado; el parado que necesita cualquier trabajo para comer, no tiene la libertad del que puede decidir si le da trabajo o no...

La triunfal visita del Presidente de la República Popular de China, Jiang Zemin, a la Bolsa de Nueva York, revela hasta qué punto los condicionamientos económicos y materiales predominan, en todos los planos, con irritante desprecio de los valores humanos y solidarios. El gobierno norteamericano, que alardea de ser el abanderado de la democracia y el gran defensor de los derechos humanos en este planeta, sonreía de oreja a oreja sólo de pensar en los ingentes beneficios de millones de dólares (como resultado de los acuerdos concertados con China), olvidándose de las numerosas represiones, asesinatos, atentados contra los derechos humanos, recortes de derechos políticos,...llevados a cabo por el Gobierno Chino. ¿Con qué autoridad criticarán ahora los dirigentes de Washington las conculcaciones de los derechos humanos en países del Tercer Mundo?, ¿O cómo pueden justificar su férreo cerco a la Cuba castrista? ¿Cuántas sinrazones como éstas podríamos cargar en la cuenta del imperialismo capitalista?.

Patricio Aylwin (N.O. n.1204).