Julio-2006

 

 

Hacia un mundo sin fronteras

 

A los ciudadanos de este siglo XXI nos toca a diario la suerte de ser testi­gos de conquistas y hechos insólitos, tanto en el campo de las cien­cias como en el de los cambios sociales.

Hemos conocido la caída progresiva de fronteras y separaciones entre pueblos y continentes.

El ejemplo lo tenemos a la vista: durante decenios, el telón de acero ha dividido a Europa en dos bloques an­tagónicos y, desde ella, a gran parte de nuestro mun­do. Un hecho trascendente y de grandes consecuencias. Y añadamos, por si fuera poco, el proyecto de construcción de la nueva y única Europa de los pue­blos y las nacionalidades. Estos acontecimientos socia­les, en principio positivos, apuntan hacia la gran ver­dad de que la vocación y el destino de todos los habitan­tes del mundo es el de habi­tar el espacio de la tierra como la casa común para todos.

Sin embargo, a la caída de unas fronteras va sucediendo el levantamiento de otras. Una de estas fronteras que no sólo no la derrumbamos, sino que cada día la consoli­damos más es la que separa el Norte del Sur, los países ri­cos de los países pobres. Y, por si fuera poco, dentro de la separación Norte-Sur, para mayor seguridad nuestra, es­tablecemos otras nuevas fronteras como las levanta­das para que los emigrantes de otros países, sobre todo de la vecina África, no puedan entrar en nuestros estados li­bres y democráticos. Con le­yes sutiles y restrictivas, les expulsamos o les impedimos el acceso, a la vez que olvi­damos que nosotros, los eu­ropeos, hemos sido durante siglos y aún somos, los emi­grantes por antonomasia, precisamente a esos países.

No sólo hemos tenido libre entrada en aquellos conti­nentes, sino que además he­mos ejercido una desoladora explotación sistemática de sus bosques, minas y mate­rias primas. Y ahora no so­mos capaces de plantearnos nuestro gravísimo deber de escuchar y acoger la demanda ur­gente de esos pueblos y de sentirnos respon­sables ante ellos para contribuir a que salgan de su extrema po­breza. Y nos hemos de preguntar por qué su­ceden hoy estos hechos en nuestro mundo y que son la gran vergüenza de una sociedad civilizada. La razón más verdadera y últi­ma está en lo profundo de la persona, que con su inteli­gencia, conciencia y libertad es capaz, a la vez, de lo más noble y hermoso y de lo más vil y degradante, de construir la paz o de apostar por la muerte y la guerra.

Sin embargo, pervive la as­piración de ansias de solida­ridad, de dejar vivir a los otros en paz y dignidad, de llegar a convivir en un mun­do que sea casa común.

Pero sin el impulso de unos valores profundos que con­muevan a la persona desde su interior y la dirijan hacia actitudes solidarias no es po­sible viva la esperanza de lo­grar el cambio de nuestra so­ciedad.

 

J. Osés