Mayo-2008

 

      Ver, sí; pero también escuchar

 

          La cultura del ver, de la imagen, va reduciendo a mínimos la cultura del escuchar. Crece progresivamente el número de horas que los ciudadanos de­dican a la televisión, empezan­do por los niños. Los seriales, los espectáculos deportivos, tan sugestivos en imagen y so­nido, no sólo ocu­pan cada vez más amplios espacios de nuestro tiempo, sino que nos impi­den crear un pen­samiento y criterio maduro, propio y personal. Vivimos hacia fuera y de lo que de fuera nos llega.

 

          Más aún, ese mundo de la ima­gen va configuran­do nuestra perso­nalidad, por una real invasión de nuestra vida, sumisamente aceptada, por lo que nos convertimos en una personalidad extraña, puesto que no ha estado precedida ni contrastada por nuestra crea­tividad y sentido crítico. El re­sultado es que muchas perso­nas hablan, gesticulan, visten y reaccionan según lo que ofrece el mercado de la imagen y según sean los intereses de quienes tienen el poder de los grandes medios de comunica­ción social. Son personas que ya no saben vivir si no es en dependencia de esas imáge­nes, siempre al lado de la tele­visión, de la revista insulsa, de la música de sus preferencias y esclavizadas por la moda.

 

      No pienso, de ninguna ma­nera, que la cultura de la ima­gen sea radicalmente nociva, porque estoy plenamente con­vencido de sus grandes valores y de lo mucho de bueno que nos aporta, si la empleamos bien. Pero esta cultura globali­zante de la imagen, cuando tiende a monopolizarlo todo, se convierte en el adversario nú­mero uno de nuestra capaci­dad de escucha, de interioriza­ción y de reflexión.

      Bastan algunos ejemplos. En nuestra sociedad son pocas las personas capaces de escu­char y acoger sosegadamente a otras personas, con lo que construimos, anormalmente, esta sociedad de la incomuni­cación. Es relativamente muy escaso el número de quienes disfrutan con la lectura que enriquece el pensamiento, contribuye al desarrollo del sentido crítico, al análisis de la sociedad y de los aconteci­mientos y obliga a contrastar nuestras ideas con las de otros. 

 

      En una palabra, el mundo propio in­terior de muchas personas es como un hueco grande y vacío y la vida, nuestra más impor­tante tarea, más que hechura perso­nal es un gran mu­ral en el que otros han fijado los carte­les de las modas, de los espectáculos y de las propagandas.

 

      Mal está el que nos den todo hecho, porque así nunca lograremos una buena educación, pero lo peor que nos puede suceder es que otros, manipulándonos, nos hagan a imagen y semejanza de unos intereses que nunca son los que brotarían de nuestra crea­tividad personal, los que forjan la auténtica personalidad.

 

          Nos deberíamos preguntar, con frecuencia, qué tipo de hombre y de mujer va configu­rando esta sociedad. Cuestión vital, de la máxima trascen­dencia.

 

 

Javier Osés