(septiembre-2000)

 

Esta sección suele estar cubierta, casi siempre por imposición de las circunstancias,  con noticias o testimonios estremecedores de violencia contra las mujeres y algunos que otros gestos de resistencia liberadora de este colectivo, afortunadamente cada día más emergente en nuestro mundo. En esta ocasión se hace hueco a un precioso relato.

Cuentos

La prueba de María

Carlos Ordóñez Ferrer

María, la doctora, recuerda la mañana que aterrizó en ese lejano país de luz y calor. Entonces no sabía que a sus catorce años estaba a punto de enfrentarse a una prueba que le llevaría a un universo donde el amor adquiría otra dimensión y los abrazos eran siempre de una intensidad de despedida.

Atrás había dejado una lluviosa ciudad, los primeros amigos y más de un juego sin acabar. Cuando su familia decidió emigrar, María buscó ese nuevo país en el mapa y de tan pequeño que era tardó días en encontrarlo. Después de un océano de avión, sus ojos tropezaron con un verde seductor, rostros nuevos, niños de edad imposible y una euforia que chapoteaba sobre el pecado de la pobreza. Pronto se enamoró de lo que le rodeaba.

De un golpe quisieron apartar de su vista la miseria encerrándola en una lujosa jaula con piscinas y flores de mentira. Muchachos rubios a la orden de sus caprichos procuraban llamar la atención de esa nueva extranjera flaca, rubia y de incipientes pechos adolescentes. Pero María se hacía preguntas que nadie respondía y buscaba motivos que todos silenciaban. Presentía que más allá de la jaula existía otro mundo sin piscinas, con volcanes, ternura y verbos desconocidos; otro mundo donde la vida se escribía con mayúscula y donde podían estar los amigos que tanto añoraba.

Buscó en el nuevo colegio compañeras y cómplices, pero se encontró con risas artificiales y suspiros de mentira. María se sentía rara y rara le veían las niñas de plástico que coleccionaban fotos de actores norteamericanos. Tan sólo, unas muchachas algo mayores formaban un quinteto diferente y misterioso. María llamaba a su puerta, pero Urania, Pati, Pulguita, Amanda y Rosana se mostraban huidizas. Había algo místico en esas jóvenes que le atraía con una fuerza gravitatoria. Asistían a lugares secretos, leían papeles minúsculos y más que hablar murmuraban.

El día que los uniformados acribillaron de muerte al obispo que había osado ordenar el cese de las matanzas, Urania y Pulguita desaparecieron. María, alarmada se estremecía en silencio. A punto de entrar en clase tras el recreo, las tres amigas que quedaban se le acercaron. Dejá de temblar, le ordenó Pati de forma cortante. María pegó un respingo. Y sobre todo que nadie te vea llorar, es peligroso. Por vez primera, eran ellas las que le buscaban. Rosana le intentó tranquilizar. No te preocupés por Urania y Pulguita. Se fueron a la montaña. María intuyó más de lo que comprendió. Llevás tiempo detrás de nosotras, le dijo de pronto Pati con un tono de conspiración que alumbró todos los sentidos de María. Esto no es ningún juego y siempre te hemos visto demasiado joven. Nos extrañaba que una extranjera aspirante a niña rosa tuviera la sensibilidad necesaria para elegir dar este paso. Los ojos de María parecían escaparse de sus cuencos. Amanda, que hasta ese momento se había mantenido un poco atrás haciendo labores de vigilancia le pasó el estuche de lapiceros a Pati. Aquí tenés una oportunidad. Va a venir una patrulla a registrar el colegio. Guardanos esto. Dentro hay una pistolita. Si todo va bien, nos lo devolvés al final en la puerta del colegio, le susurró Pati antes de invisibilizarse. En ese instante, María era la muchacha más feliz del mundo. Guardó el estuche en la mochila y aferrándola con las manos y con el alma regresó a clase. Los soldados no repararon en esa nueva aspirante a guerrillera con cara de niña. Al terminar las clases devolvió intacto el estuche. Pati le dio un abrazo mientras le susurró, bienvenida compañera.

María recuerda con dulzura ese instante que cambió su vida para siempre. Fue al inicio de la guerra, en la república de El Salvador. Veinte años después, la doctora sigue sanando enfermos y fabricando sueños.

Este cuento de nuestro colaborador Carlos Ordóñez Ferrer ha recibido el "Accesit Creación Literaria" del Primer Concurso de Cuentos Solidarios organizado por el Comité de Solidaridad Internacionalista de Miranda de Ebro.