Junio-2002

 

Resulta chocante y extraño que sea un hombre, un varón,

quien manifieste sentimientos de mujer.

El comentario de F. Betto merece este espacio.

Mi lado de mujer

Mi lado de mujer se incomoda de recibir homenajes un día al año -8 de marzo-, mientras mi lado de hombre se harta con 364 días. Tal vez sea necesaria esta efemérides, dolor reciente de una cicatriz antigua. Porque se vive en una sociedad machista: matrimonio -el cuidado del hogar; patrimonio -el dominio de los bienes.

El marido posee la casa, el carro y la mujer, que incorpora al nombre el de la familia de él. La casa, él exige que se limpie todo el día. El carro, lo envía al taller al menor desperfecto.

La mujer, ser multifacético, tiene el deber de cuidar de la casa, de los hijos, de las compras y del buen humor del marido, que no siempre se recuerda cuidar de ella.

Mi lado de mujer nunca vio al marido gritarle al carro, amenazarlo o agredirlo. Sin embargo, no siempre, ella es tratada con mucho respeto. En la Iglesia Católica, los hombres tienen acceso a los siete sacramentos. Pueden hasta ser ordenados sacerdotes y, más tarde, obtener dispensa del ministerio y contraer matrimonio.

Las mujeres, consideradas por la teología vaticana un ser naturalmente inferior, solo tiene acceso a seis sacramentos. No puede ser ordenada sacerdota, aunque haya merecido de Jesús el útero que lo engendró; el seguimiento de Juana, de Susana y de la madre de los hijos de Zebedeo; la defensa de la mujer adultera; el perdón a la samaritana; la amistad de Magdalena, primera testiga de su resurrección.

Mi lado de mujer tiene miedo de la violencia doméstica; del padre que acosa a la hija, lanzándola a las garras de la prostitución; del patrón que exige favores sexuales de la empleada; del marido que levanta la mano para profanar al ser que dio a luz a sus hijos.

Ante la televisión o un puesto de revistas, mi lado de mujer se estremece: ¡calla la boca, Magda! Ella es la burra, la imbécil que rueda en el fondo del escenario, se sumerge en la bañera de Gugu, se expone en la casa del hermano, se asocia a la publicidad de cervezas y carros, como un aderezo más de consumo.

Mi lado de mujer intenta resistir al implacable juego de la destrucción de lo femenino: tortura del cuerpo en academias de gimnasia; anorexia para mantenerse esbelta; verguenza de las gorduras, de las arrugas y de la vejez; la entrega al bisturí que amolda la carne según el gusto de la clientela de la carnicería virtual; la silicona la llena de protuberancias. Y mantener la boca cerrada, hasta que haya en el mercado un chip transmisor automático de cultura e inteligencia, para ser insertado en el cerebro. Y tomar antidepresivos para intentar encubrir el orificio en el espíritu, vacío de sentido, ideas y utopías.

Mi lado de mujer se esfuerza por librarse del modelo emancipatorio que adopta, como paradigma, mi lado de hombre. Seré ella si oso no querer ser como él. Sirena en mares nunca antes navegados, rumbo al continente femenino, donde las relaciones de género serán de alteridad, porque lo diferente no se hará divergente. Aquello que es, solo alcanzará plenitud en interacción con su contrario. Como ocurre en todo verdadero amor.