Enero-2003

 

Mensaje de una refugiada colombiana en El Salvador para el Día Internacional del Refugiado

 

La nueva inquilina

Este medio día llevaba a mi hijo a la escuela, bajo el inclemente sol de El Salvador, y de pronto, la nostalgia, esa maldita nostalgia que se instaló a vivir en mi alma, me recordó los buenos tiempos en mi patria. El tiempo en el que creía en todo y le juraba a cualquiera que no había nada imposible de alcanzar. El tiempo en el que tenía "asegurado" mi futuro y el de mi hijo; el tiempo en el que vivíamos todos junto a la familia y nos reuníamos cada sábado o domingo a comer frijoles. Sin saber que esos eran los mejores momentos y los que alimentarían vorazmente a mi nueva inquilina: la nostalgia.

Me volví a preguntar qué había pasado con mis 27 años de trabajo y esfuerzo, esos que me garantizaban que nunca nos iba a faltar lo indispensable, que las palabras "pobreza", "hambre", "mendigar", "hacinamiento" y "lástima", nunca visitarían mi alma... Y como siempre, desde hace 11 meses, no llegó la respuesta.

Como no ha llegado a las tantas preguntas que me he hecho desde que tuve que salir de mi país porque alguien a quien ni siquiera conozco, nos condenó a muerte, a mí y a mi hijo, por decir la verdad. Por querer demostrar que en Colombia sí hay 3 millones de desplazados internos y unos miles más en el exilio. Por querer comprobar que la muerte ha dejado más muertos en vida, que los mismos muertos. Por querer contar que las mujeres del campo y la selva se quedaron sin sus hombres y andan por ahí vendiéndose o vendiendo a sus hijos, para no morirse de hambre. Por pintar con imágenes los pueblos fantasma, las plantaciones y los cultivos arrasados, quemados y abandonados, que pasaron ahora a manos de los que decretaron desde hace años el ingreso del horror a mi país.

Por eso, sólo por eso, yo estoy ahora aquí, sin el "futuro seguro" que me labré. Viviendo en una casa de huéspedes, con toda mi vida esperando a que la saquen de las 4 maletas y las tres cajas de cartón en que la metí. Con mis zapatos refundidos entre la caja de juguetes de mi hijo, con las fotos de mis hermanas y mi mamá guardadas en una bolsa plástica, para que lleguen bonitas al próximo portarretratos que les compre; con el libro de cocina colombiana que me traje para que no se me fuera a olvidar cómo hacer un sancocho de gallina.. Y con mis diplomas y premios de periodismo arrancados de sus flamantes marcos, para que conste que sí pasé muchos años de mi vida asegurándome un buen futuro, para mí y para mi hijo.

Y entonces… ¿Por qué tengo que esperar a que alguien me regale el almuerzo de hoy? Porqué estoy recolectando zapatos, ropa, cuadernos y hasta dinero? ¿Por qué tengo que lavar baños y arreglar cuartos, si estuve 4 años en la universidad estudiando periodismo y otros 20 trabajándolo?. ¿Por qué estoy aquí convenciendo a un gobierno extraño de que me dé permiso para trabajar legalmente? ¿Por qué tengo que convencer al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, de que mi hijo necesita estar junto a su familia… Y yo también…? ¿Por qué tengo que escribir tantos papeles para demostrarle a un montón de gente que no conozco, que esos números en sus archivos corresponden a seres humanos con nombres, con alma, con sueños perdidos, con hijos sin futuro, con derechos… Si con DERECHOS: esos que se escriben con doble "D" y doble "H" y que andan de turno ahora por Colombia?.

Y así están todos los demás: Juan Carlos, su esposa y sus tres hijos; Carlitos, Claudia y sus dos hijos; la viuda del sindicalista, que llegó también con dos menores; la familia Castro, la señorita Gómez y el nuevo, que llegó esta semana, augurando que ya vienen los demás. Haciendo parte de la lista de refugiados en El Salvador, y agrandando la de Colombianos exiliados en el mundo.

Todos ellos tienen el mismo huésped viviendo en sus almas: la bendita nostalgia. Sí, ahora la bendigo. porque gracias a ella tengo vivos los mares, los ríos, las montañas, el desierto y la selva de mi Colombia. Tengo vivas las caricias de mi madre y los abrazos de mis sobrinos, los regaños de mis amigos y las advertencias de mis hermanas. Tengo vivo el dolor de ver a los niños negros en las frías esquinas de Bogotá, aprendiendo a vivir en el exilio interno, extrañando los platanales y la selva del Chocó... Tengo vivas la rabia y la impotencia ante el enemigo oculto y traicionero.. Y tengo vivas las palabras de Mario Benedetti, cuando decía:

".para matar al hombre de la paz,
para golpear su frente limpia de pesadillas,
tuvieron que convertirse en pesadilla.
Para vencer al hombre de la paz,
tuvieron que afiliarse para siempre a la muerte,
matar y matar más para seguir matando
y condenarse a la blindada soledad.
Para matar al hombre que era un pueblo
tuvieron que quedarse sin el pueblo."