Marzo-2003

 

Luisa Morgantini, miembro del Parlamento Europeo y Mujer de Negro hace un sencillo relato de su reciente visita a Irak, en compañía de otro grupo de miembros del Parlamento Europeo.

 

Quiero vivir, quiero estudiar

 

Reportaje sobre Irak, un país que estaba empezando a salir del aislamiento internacional. Los sueños y las esperanzas de los más jóvenes.

 

«Empezábamos a respirar después de unos años terribles de embargo total, después de la destrucción de la guerra del 91. Nos estábamos abriendo al mundo, no sólo con programas como el de Petróleo por comida, sino también con nuevas relaciones comerciales. Además, se habían abierto algunas embajadas, sobre todo se notaba la presencia de diplomáticos en el ámbito internacional. Después de años de aislamiento, se abría también el aeropuerto de Bagdad, con vuelos desde Amman, Damasco, El Cairo y algunos vuelos internos entre Bagdad y Basora.

Ahora todo vuelve a empezar; estamos aquí, esperando que nos caigan las bombas. ¿Por qué no nos dejan vivir en paz? Yo no lo sé, pero creo que no tenemos armas nucleares. Lo que sí es seguro es que Bush y los israelíes sí que tienen. Y ahora ¿por qué? Sadam no gusta, ¿No podemos decidir nosotros? Soy joven, quiero vivir, estudiar, me encantan los productos de esta tierra, estudio agricultura pero ni siquiera tengo libros para estudiar».

Karim es un estudiante tímido, quiere invitarme a su casa a comer. Me he topado con él en la calle al intentar volver a reunirme con las y los parlamentarios europeos con los que viajo. Trabaja como taxista para ganarse algún dinero. Su familia no es de las más pobres: su madre es profesora de primaria y su padre murió en la pasada guerra con Irán.

 

En el camino al hotel, contemplamos las nuevas edificaciones de Bagdad: el palacio de la televisión, los nuevos edificios de los ministerios, las nuevas avenidas, puentes, pasajes, túneles. Karim me cuenta: «En esta calle, había un antiguo baño otomano. Era precioso; hemos perdido un trozo de nuestra historia y de nuestra cultura para construir esta calle, pero esta calle es útil.»

La última vez que estuve en Bagdad fue hace tres años. Me sorprende la diversidad que veo, la sensación de orden, la disminución de la miseria en algunos barrios. Vamos por supuesto a la ciudad de Saddam, el barrio pobre. Los desagües están en medio de la calle, se nota la miseria, la falta de trabajo, la ausencia de servicios. Sin embargo, parece que Bagdad ha crecido mucho en los últimos tres años, a pesar de que cuando hablo con la gente, sigo escuchando que los profesores siguen ganando ocho o diez dólares al mes, los médicos once y todos dependen de las raciones que se distribuyen con el programa Petróleo por comida. Estas ayudas al pueblo iraquí, que sufre hambre bajo un embargo que continúa desde la guerra del Golfo, no provienen de la comunidad internacional, como muchos parlamentarios de mi delegación piensan. Se trata de recursos iraquíes, que provienen de la venta de los barriles de petróleo de los que el gobierno no puede disponer a su antojo, pues debe atenerse a las resoluciones de la ONU. Es una humillación para el pueblo iraquí, que ni siquiera tiene soberanía sobre sus propios recursos naturales, económicos ni sociales, como dice el representante del UNDP en Bagdad.

Atravesamos los barrios populares, la gente está comprando en tiendas llenas de mercancías. Karim me explica que todos están haciendo las compras para la semana próxima, pues se celebra una fiesta musulmana. No entiendo nada. Miro estas casas, estas tiendas, la gente, los niños que están en la calle. No se siente ninguna agresividad, aunque sí una resignación impalpable. Y eso que nuestro gobierno nos da una visión de un pueblo fanático y cruel. Se me ocurre con desesperación que todos estos trabajos, estas vidas humanas, estos edificios, el esfuerzo humano podrían quedar reducido a cenizas en 15 días. En cualquier momento podrían caer del cielo esas tres mil bombas que promete Bush.

Empezando por nuestra delegación (30 parlamentarias y parlamentarios europeos de diferentes partidos políticos), pasando por el grupo nórdico Gue-verdes hasta la Alianza de los Verdes, los socialistas europeos (pocos) y una parlamentaria danesa del grupo de la “diferencia y la diversidad”, y acompañados por periodistas europeos, todos sentimos la angustia de la destrucción que la guerra de Bush puede traer. Lo que nos pone de acuerdo a la delegación es el rechazo a la guerra. Algunos piensan que es preciso dar más tiempo a los inspectores y que si verdaderamente encuentran armas de destrucción masiva, quizás no se opondrían tan contundentemente al ataque. Pero la gran mayoría estamos en contra de la guerra y estamos convencidos de que, por las declaraciones de Bush, esta guerra está dictada por una voluntad de dominio, no sólo por el petróleo iraquí, sino también por nuevas razones coloniales imperialistas en toda el área de Oriente Medio, pasando por Asia y con vistas al futuro de China.

La delegación ha decidido no reunirse con representantes del gobierno iraquí para manifestar nuestro rechazo a Sadam Hussein. Ha sido una decisión difícil. Algunos pensábamos que una reunión, incluso con representantes del gobierno, no habría significado una adhesión a la política de Irak, sino que habría sido una oportunidad para expresar nuestra oposición a la guerra y a la política de opresión y de control de la población por parte del régimen.   

Vamos a Basora, ciudad milenaria. El centro histórico está devastado, las casas están en ruinas desde los bombardeos durante la guerra con Irán, los de la guerra civil entre chiítas y sunitas y de los sucesivos bombardeos estadounidenses. Los niños se esconden detrás de las viejas puertas de madera. Nos reunimos allí con los representantes del parlamento iraquí. También ellos, como Karim, se preguntan por qué, pero tienen ya la respuesta: «Estados Unidos quiere nuestro petróleo y no quiere que nos desarrollemos. ¿Cómo no os dais cuenta en Europa? Esta guerra también es una guerra en vuestra contra. Estados Unidos teme una Europa unida.»

Vamos también a ver, desde lejos, una planta de petróleo, cuyas chimeneas escupen lenguas de fuego al cielo. ¿Destruirán los pozos de petróleo si hay una guerra? Visitamos un hospital de maternidad, donde nos muestran fotografías de recién nacidos con malformaciones. El director nos informa de que los casos de los bebés nacidos con malformaciones han aumentado en los últimos años. Sostiene que se debe al uso del uranio empobrecido durante los bombardeos de los Estados Unidos. En las diferentes salas vemos niños desnutridos, mujeres con los ojos perdidos en el vacío. Un fotógrafo le pide a un médico sacar su bata blanca para medir su fotómetro, el médico le responde: «sí, sí, sácame una foto, que puede ser la última vez, cuando volváis, puede que no estemos aquí». Así vive la gente, esperando que empiecen a llover las bombas del cielo. El médico añade: «No penséis que no nos resistiremos. No podrán destruirlo todo. Si los soldados estadounidenses intentan ocuparnos, yo también tomaré las armas».

Vemos en la televisión el discurso de Colin Powell a las Naciones Unidas en la sala de prensa iraquí. Powell no da ninguna prueba, responde a los periodistas el experto iraquí Saidi en la rueda de prensa. «Ninguna prueba, las fotos que ha mostrado son lugares que los inspectores ya han visitado, la llamada de teléfono es una invención, las llamadas se pueden manipular fácilmente. ¿Que tenemos vínculos con Al Qaeda? Eso es ridículo». 

Debemos parar esta guerra, hacer lo imposible para pararla. Es cierto que hay que desarmar a Sadam Hussein, pero también a Bush y a Al Qaeda. El 15 de febrero millones de personas tendrán que llenar las calles del mundo. Es hora de que todos los que deseamos paz y justicia, hagamos lo imposible para parar esta guerra, y no sólo con manifestaciones. La política de Bush nos llevará a la catástrofe.