Marzo-2007

 

Al igual que los grandes almacenes promocionan el “Día de San Valentín”,

los políticos vienen, desde hace tiempo, utilizando el “día de la mujer trabajadora”,

promocionan el 8 de marzo como día de la mujer para promocionarse como políticos.

Afortunadamente, la mujer está por encima de los políticos y politiqueros.

Ofrecemos una historia de Federico Montalbán López, sobre tres mujeres,

una trabajadora marroquí del servicio, una anciana viuda y su hija enferma y agotada 

por tener que cuidar también de la madre y de sus propias hijas.

Una historia maravillosa, pero muy real… Se nota que son MUJERES.

 

Las tres mujeres

 

Fátima se quitó el pañuelo de la cabeza y lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolso. Tomó aire y llamó al timbre. La puerta estaba abierta y como nadie le respondía dudó entre entrar o no. Volvió a llamar al timbre. Entonces una mujer apareció al final del pasillo y la invitó a entrar. Fátima avanzó decidida. Había pasado por las suficientes entrevistas como para no ponerse nerviosa a esas alturas.

 

La casa era humilde pero estaba limpia y recién pintada. Una sensación agradable la fue invadiendo mientras andaba. Las mujeres que la iban a entrevistar no lo sabían pero la selección iba a ser recíproca. Fátima debería demostrar que era digna para el trabajo pero ellas deberían demostrar que eran dignas de que Fátima trabajara interna en aquella casa.

-         No sé si ponerme otro vestido –dijo Maria Jesús en voz alta-.

-         Así estás bien –le respondió su hija Antonia-.

-         Pero qué va a pensar la mujer cuando me vea…

-         Madre mía, mamá, parece que la que buscas trabajo eres tú.

-         ¿Por qué tenemos que hacer todo esto? –preguntó-. Yo estoy bien…

-         No queda más remedio, mamá, el otro día te caíste, estás sola, necesitas a alguien contigo.

-         Es que son tantos cambios y tan deprisa…

-         Lo sé, pero, ya verás, dentro de cinco o seis días seréis amigas y no podrás pasar sin ella.

-         ¿Y tiene que ser mora…?

-         ¿Y qué más da?

-         No sé, a lo mejor se molesta si pongo la misa en la tele…

-         ¿Cómo se va a ofender? Lleva años en España y cuidando gente mayor…No creo que esas cosas le preocupen –explicó Antonia-.

-         ¿Y cómo le voy a pagar? Con mi pensión no me llega…

-         Por eso no te preocupes, tienes lo de la tierra.

-         Pero eso lo guardaba…

-         ¿Y para qué lo quieres guardar?

-         No sé, para alguna emergencia.

-         Mamá, ¿no te das cuenta de que esto es como una emergencia?

-         Pues, para vuestra herencia.

-         Nosotros ya hemos tenido herencia.

-         Pues, para los chiquillos…

-         Mamá, está bien que gastes ese dinero en pagar a una persona que te cuide.

-         Bueno, yo lo que no quiero es convertirme en una carga, pero estoy bien y seguro que me espabilaré, ayer tendí la ropa yo sola.

-         Y casi te caes por las escaleras.

-         Toda la vida trabajando para acabar así…

-         No sé lo que piensas, pero no vamos a dejar de venir porque haya una mujer. Entiéndenos –dijo Antonia en tono casi suplicante-. Por las mañanas nadie puede quedarse contigo y tú ya no puedes quedarte sola, ¿y si te pasa algo…?

El timbre sonando por segunda vez interrumpió la conversación de las dos mujeres. Antonia se asomó y vio a la mujer que esperaban asomada a la puerta. Le pidió que pasara. Quién le iba a decir que acabaría entrevistando a otra mujer para ver si era buena o no para ser criada de su madre. Le podrían llamar como les diera la gana, pero en el fondo se trataba de eso, de contratar una criada. Antonia se notó nerviosa, muy nerviosa. Por un segundo le acometieron de golpe todas las culpas.

Tuvo que repetirse que no era mala hija. No podía más. Apenas se había recuperado de lo del cáncer,  tuvo que pedirse el alta voluntaria para atender el negocio sin miedo a que la Inspección la sorprendiera trabajando cuando debía estar descansando, tenía que quedarse con su nieto de vez en cuando, tenía que atender a las dos hijas que todavía vivían con ellas, tenía que cuidar de su madre mayor y enferme y triste porque sólo hacía dos semanas que murió su marido.

Hay que ver, papá, pensó, lo que se nota tu falta. Por lo menos, se consoló, no tengo que atender a un marido, es lo que me faltaba para acabar de rematarme…

 

Fátima se sentó en la silla que le ofrecieron y puso el bolso sobre sus piernas y sonrió elegantemente. Un silencio indeciso se acomodó entre las tres mujeres. Por un segundo fue como si se sintieran hermanas o amigas de toda la vida. Faltó poco para que empezaran a hablar de sus cosas.

Fátima podría contar los problemas que tenía con su hija mayor, bueno, más bien con el imbécil del marido de su hija mayor. María Jesús podría hablar de la pena que sentía o del miedo  que le daba verse tan vieja e inútil. No eres una inútil, mamá, le diría su hija. ¿Y para qué sirvo? No se preocupe usted, le diría Fátima, las abuelas sirven para mucho, puede darle cariño a sus nietos. Y a mis bisnieto…

-         ¿Tiene usted un bisnieto?

-         Sí y es un encanto, él si me da ganas de vivir.

Podrían haber tenido una conversación así sin ninguna dificultad. Todas las diferencias aparentes entre las tres eran sólo eso: diferencias aparentes. Pero las circunstancias las obligaban a callar la conversación que deseaban tener. Estaban allí para hablar de otras cuestiones.

 

Antonia intentó empezar la entrevista pero no encontraba la manera de hacerlo. Hiló varias preguntas rápidas y absurdas y se dio cuenta de que le iba a costar tanto como se temía. Fátima, más curtida en entrevistas de trabajo, decidió facilitarle la cosa. Se presentó y enumeró su experiencia cuidando gente mayor.

Antonia recobró el control de la situación ayudada por la tranquilidad de Fátima. Le preguntó cosas concretas como el horario o las comidas. Fátima explicó que la cocina árabe también es mediterránea, esa frase la usaba siempre, y que, además, había aprendido a cocinar según los gustos españoles en un curso de Cáritas.

De repente, María Jesús le preguntó por la última mujer a la que había cuidado. Fátima respondió dando pocos detalles, le gustaba ser discreta. Pero su futura jefa no se conformó y siguió preguntando y usó su técnica infalible y consiguió saber todo lo que quería. Al final, resultó que la conocía y empezaron a hablar las dos sobre ella…

 

Antonia se levantó y se dirigió a la cocina y llenó un vaso de agua. Tenía la boca seca de los nervios y bebió con cierta precipitación.

Su madre hablaba con Fátima como si la conociera de toda la vida…Tanto miedo para nada. Bueno, pensó, no ha sido tan difícil.