Septiembre-2008

 

Desaparecidas en el tren de la historia

 

 

Comentaba María Victoria Romero que ‘los relatos se dan desde la óptica de los vencedores y deja de lado la visión de los oprimidos, en su mayoría negros e indígenas; y sobre todo, mujeres. Silencios y ausencias construyen un relato masculino’.

 

La historia de la civilización está escrita desde esa óptica. Dios creó primero al hombre y luego de su costilla salió la mujer, el pecado original salió de una mujer y no de un hombre, y hasta la humanidad perdió el paraíso por culpa de una mujer. Hasta Dios es hombre. Paradojas de la humanidad, que la historia haya sido escrita por el género que mantuvo (y mantiene) la hegemonía de los relatos.

 

Pocos se acuerdan o saben de la participación y el protagonismo de mujeres en la construcción de la historia Latinoamericana, por ejemplo.

         Qué pasó de Bartolina Sisa, en los tiempos de mayor opresión colonialista contra los indígenas, cuando, al ver de cerca su nación originaria sometida a la servidumbre, las vejaciones y la esclavitud,  condujo en 1781 –junto a su esposo Túpac Katari- una de las rebeliones indígenas que marcaron el pasado de Latinoamérica. Murió ahorcada, torturada, flagelada, violada, arrastrada a patadas en un inmenso charco de sangre.

         Qué fue de Juana Azurduy, líder revolucionaria que combatió en la Guerra de Independencia del Alto Perú. Cuando Manuel Belgrano la vio pelear le entregó su espada en reconocimiento a la bravura y lealtad a la causa. Fue ella quien ocupó en plena guerrilla el cerro de la Plata y se adueñó de la bandera enemiga. Murió a los 82 años, olvidada y en la mayor pobreza. Enterrada en una fosa común sin honores ni glorias.  
         "Por la libertad de mi pueblo he renunciado a todo. No veré florecer a mis hijos”, dijo Micaela Bastidas Puyucahua instantes antes de que sus verdugos le cortaran la lengua, anudaran su cuello a una cuerda que tiraron desde lados opuestos y, mientras agonizaba, la patearon el vientre y el pecho. Pero antes, tuvo que presenciar la ejecución de su hijo Hipólito en la Plaza de Armas del Cuzco, el 18 de mayo de 1781.
         Qué pasó de tantas Cacicas, mama t’allas, comandantas, amazonas, guerreras, virreinas, mujeres indígenas que intervinieron masivamente en las luchas por la tierra y en defensa de su etnia. O tantas mujeres negras que también participaron en diversas representaciones de resistencia contra la opresión.

 

Martha Nova hace la introducción al libro de Berta Wexler (“Juana Azurduy y las mujeres en la revolución Altoperuana”): “La historiografía, como muchas disciplinas, ha estado construida bajo categorías analíticas androcéntricas. Es el hombre el centro y el eje sobre el cual giran, avanzan y se explican los sucesos históricos. Es el hombre quien protagoniza y le da importancia al desarrollo de la humanidad”.

 

La propia historiadora Wexler sostiene: “Los historiadores han logrado que el imaginario social asocie los hechos históricos importantes con el ‘hombre’, no sólo en un sentido biológico, sino enmarcado dentro de un concepto cultural y de género. Es habitual leer en documentos que contienen información sobre las luchas emancipatorias de América del Sur que las mujeres luchaban con ‘virtudes sensibles’, mientras que los caballeros eran los que tenían ‘profesionalismo militar’... Las mujeres jugaron roles cruciales en cada uno de los procesos socio-políticos de la historia, pero la misma sociedad machista no las dejaba ocupar lugares. Por eso aparecen tan pocas. La historia del Alto Perú está cimentada sobre héroes y sobre heroínas anónimas. Algunas, reconocidas por la historia como Juana Azurduy y las de la Coronilla”.


La historia de la humanidad parece no sólo estar escrita por hombres, sino también vivida por ellos. Quienes la escribieron se encargaron (al parecer) de que no apareciera la lucha de los oprimidos y menos aún la de las mujeres. En cada época y de manera recurrente e inexorable, las mujeres fueron excluidas de las decisiones sociales y políticas. 

 

Hay gente que les rechina este tipo de comentarios y de planteamientos. ¡Otra vez con los feminismos radicales…!

¡Ojito!... Las palabras pueden traicionarnos. ¿No les parece que los libros de historia están escritos y, efectivamente, contados con un generalizado cariz machista…?

Mal asunto si no aprendemos a descubrir ese tufo que emana de las historias del mundo y de sus relatores.

Y, desgraciadamente, esto no sólo ocurría con la historia del pasado…

Felizmente, los vientos están cambiando y con fuerza… Nuevas voces se abren caminos y brotan de bocas emergentes, de mujeres, de grupos étnicos, de colectivos oprimidos,…

 

A Layla Anwar alguien le dijo, con ánimo de herirla: “¿Sabes una cosa? Tú, lo que eres, es una ‘fanática’ iraquí…”. Pero ella se alejó con la cabeza muy alta.

Por supuesto que soy una fanática iraquí. Mi país lleva agonizando dieciocho años ante la total indiferencia del mundo. Mi país está completamente desfigurado y convertido en un monstruo atroz. Mi país está absolutamente destruido, absolutamente…        

Millones de muertos, millones de exiliados, millones de huérfanos, millones de viudas, millones de inválidos de por vida y ¿todavía esperan que no me haya convertido en una fanática iraquí?         

Si fuera necesario, inventaría una y otra vez el fanatismo. Lo redefiniría para ustedes en mi versión iraquí. Reconstruiría ese concepto y le daría una perspectiva nueva y completa acerca de qué es el fanatismo. No les quepa duda, soy una “fanática” en todo lo que a Irak respecta.  

Una “fanática”. Sí, eso es lo que soy. Una terrible y horrible “fanática”.   

Cuando uno es abandonado y olvidado en la forma en que lo hemos sido nosotros. Cuando hemos sido apartados a un lado, para no irritar vuestras sensibilidades y vuestra corrección política, sí, nos convertimos en “fanáticos” iraquíes.    

Cuando durante dieciocho años vuestras bombas y vuestro silencio han amordazado nuestros gritos, sí, nos convertimos en “fanáticos” iraquíes. 

Cuando nuestras bibliotecas, universidades, colegios, libros… han sido convertidos en cenizas y nuestros cerebros asesinados uno por uno, nos convertimos en “fanáticos” iraquíes.    

Cuando nuestras riquezas son saqueadas, nuestras casas convertidas en ruinas, nuestros museos desvalijados, nuestra historia borrada y falsificada, nos convertimos en “fanáticos” iraquíes.                    

Cuando vemos a nuestros ancianos mendigando por las calles, a nuestras mujeres que no encuentran comida, a nuestros hombres torturados, a nuestras hijas convertidas en prostitutas y a nuestros niños sometidos a tráfico infantil y vendidos, nos convertimos en “fanáticos” iraquíes.               

Cuando no podemos visitar a nuestros seres amados ni en los cementerios ni en las prisiones, nos convertimos en “fanáticos” iraquíes.

Cuando nuestros campos están abandonados, la tierra baldía, nuestros ríos desecados y nuestros árboles arrancados. Cuando nuestro cielo apesta de radiación y el aire que respiramos está plagado de uranio, nos convertimos en “fanáticos” iraquíes.   

Eso es lo que soy, una “fanática” iraquí. Ya pueden considerar que para mí ser una “fanática” iraquí es mi bandera, mi credo, mi canción y mi sello.

Ser una “fanática” iraquí es todo lo que me queda ser cuando a nuestro alrededor todo se ha derrumbado.


www.miradasolidaria.com

 

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Refer. al artículo “Olvidadas por el tren de la historia” de M. Victoria Romero (Agencia Periodística del Mercosur)

Refer. al artículo “Una fanática iraquí” de Layla Anwar (An Arab Woman Blues). Traducido por Sinfo Fernández