Marzo-2002

 

No se trata de adquirir razón por el hecho de repetir lo mismo.

Es que los ejemplos de dominación se multiplican,

los casos de explotación neoliberal son cada día más numerosos.

Cuatro o cinco empresas multinacionales quieren dominar

el mundo de los alimentos e imponer sus productos transgénicos,

sin importarles las desgraciadas consecuencias para la sociedad.

Algo de esto nos comenta Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC.

 

La contaminación es buena para usted

La contaminación de variedades campesinas con maíz transgénico en Tehuacán, Puebla, y Oaxaca fue nuevamente comprobada por el Instituto Nacional de Ecología (INE) de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat).  Se informó que según los resultados hasta ese momento, habría zonas con hasta 35 por ciento de presencia de fragmentos de transgenes en maíces criollos.

Este es el segundo informe de INE, que confirma el anterior emitido en septiembre de 2001, y coincide con los resultados reportados en la revista Nature en noviembre pasado por Ignacio Chapela y David Quist, de la Universidad de California en Berkeley.

Ante estos datos, un puñado de científicos en países del Norte cercanos a la industria, han dedicado cuantiosas horas y esfuerzos a echar tierra encima de tales informes. Se han visto obligados a dar un viraje, ahora dicen que si existe, la contaminación es buena para nosotros. O sea, antes era cuestión de demostrar que no existía, pero ahora es buena. Es tan buena que ni siquiera es contaminación, más bien debería verse como una contribución a la diversidad del maíz y una contribución tecnológica a los campesinos mexicanos. Queda por explicar de qué forma la introducción de genes de virus y bacterias, o en el futuro genes de cualquier otra especie animal o vegetal, incluyendo maíz para producir espermicidas humanos, podría ser una "contribución".

Algunas instituciones científicas internacionales, como el Centro Internacional para el Mejoramiento del Maíz y el Trigo (CIMMYT), asumen una actitud más matizada. Reconocen que hay muchas incertidumbres y que no hay acuerdo en cuanto a las posibles consecuencias, pero insisten en que se trata de un problema científico, de metodologías y que lo que se necesitan son más estudios para ver qué efectos tendría el flujo genético de maíz transgénico sobre los maíces criollos.

En un mundo donde una sola empresa -Monsanto- vende más de 90 por ciento de las semillas transgénicas cultivadas comercialmente y cuatro multinacionales más se reparten el resto, donde 6 multinacionales tienen el 74 por ciento de las patentes agrobiotecnológicas, y son las mismas que tienen la mayoría de los mercados de agroquímicos y farmacéuticos, el debate de la soberanía de los países y la dependencia de los agricultores es imprescindible.

Igualmente, el reconocimiento de que hay controversias sobre los posibles impactos de los transgénicos en la salud, el medio ambiente y la biodiversidad, está bien para las publicaciones, pero mientras haya controversia, es necesario aplicar un claro principio de precaución: ante la duda, abstenerse. Las posiciones actuales son las contrarias: ante la duda de riesgo, mejor tomarlo.

Si bien esto afecta a toda la sociedad, al ambiente y la biodiversidad, quienes más claramente quedan otra vez marginados y no son tomados en cuenta, son los creadores y custodios del maíz y de su diversidad genética:las comunidades indígenas y campesinas. Definitivamente, para ellos esto no es un problema científico, sino de supervivencia de su cultura y las bases mismas de su sustento.

Aldo González, zapoteco, de la Unión de Organizaciones de la Sierra Juárez de Oaxaca, expresó en el seminario En defensa del maíz: "Para nosotros las semillas nativas son un elemento central de nuestra cultura. Podrán haber desaparecido las pirámides, las podrán haber destruido, pero un puño de semilla de maíz es la herencia que nosotros podemos dejarle a nuestros hijos y a nuestros nietos, y hoy nos están negando esa posibilidad. Estamos hablando de más de 10 mil años de cultura: nuestras semillas han probado durante 10 mil años que no le hacen daño a nadie. Hoy nos dicen que las semillas transgénicas no hacen daño. ¿Qué pruebas tienen al respecto? Cinco años o seis años de práctica de la siembra de maíz transgénico en el mundo no muestran que éstas no vayan a causar daño. Nosotros sí tenemos pruebas: 10 mil años de práctica lo demuestran."

Lo que urge, tal como se planteó en este seminario, es parar las fuentes de contaminación, incluyendo las importaciones de maíz, determinar dónde y en qué grado existe -y no sólo en Oaxaca y Puebla-, llevar al Convenio de Diversidad Biológica y a la FAO la demanda de moratoria de liberaciones de transgénicos en centros de origen y diversidad, y la compensación y reparación de los daños causados por la incontinencia genética de las empresas.

Silvia Ribeiro