Junio-2005

 

La farsa de Kioto, mientras la Tierra clama

 

Diana Morales le llama farsa y con toda razón.

Después de siete años de negociaciones y cumbres internacionales en la ciudad japonesa de Kioto, el pasado 16 de Febrero entró en vigor el famoso Protocolo. Es el instrumento que llega desde los gobiernos (141 países firmantes) y las instituciones supranacionales para combatir los excesos de la contaminación sobre el planeta. Pero ¿realmente sirve de algo? Baste decir que hasta el PNUMA (el Programa de la ONU para el Medio Ambiente) ha declarado que “este acuerdo para controlar el cambio climático llega tarde y mal”.

 

Por qué no sirve:

1. Objetivo ridículo: El objetivo del Protocolo de Kioto es reducir un 5,2% las emisiones de gases de efecto invernadero (tomando como base los niveles de 1990) para el año 2012. Las propias Naciones Unidas reconocen que es “un objetivo más bien modesto”. Podríamos llamarlo más bien ridículo. De hecho, los científicos del IPCC (Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, de la ONU), han dicho que sería necesaria una reducción del 60 %.

 

2. Los países más contaminantes se niegan a firmar el acuerdo: Varios de los países más contaminantes del mundo, como China y la India, no han firmado. Tampoco lo ha hecho el país líder en contaminación, EEUU: es responsable del 25% de las emisiones de los gases que producen el efecto invernadero.

3. Los límites no se cumplen: Además de lo ridículo del recorte de emisiones, los países se pasan y por mucho. Según El País, “Las emisiones de gases de efecto invernadero en España triplican ya el tope fijado dentro del Protocolo de Kioto. En 2004, las emisiones superan en un 45% las de 1990”. Sólo se permitía aumentar un 15%.


4. Si quieres contaminar más… puedes comprar derechos para hacerlo: El acuerdo permite el "Comercio de Emisiones": es decir, si a tu país se le ha fijado una cuota X de emisiones de CO2, y te pasas, puedes comprar derechos “de emisión de CO2” a países que contaminan menos y no han llegado al límite de su cuota. Como se ve, lo que menos importa aquí es el planeta.

 
5. ¿Y qué ocurre con los países o empresas que sobrepasen sus límites? Pues una multa. Como si jugar con el futuro de nuestro planeta fuera igual que dejar el coche mal estacionado. ¡Sanciones penales, ya!


En resumen: Intentar salvar al planeta, bajo la lógica del capitalismo, se convierte en otra forma de intercambio de dinero. De hecho, el nuevo comisario europeo, Durao Barroso, ya ha declarado que la UE no seguirá a la cabeza de Kioto porque “resulta demasiado costoso”.

Una cifra: El gobierno del PSOE calcula que cumplir la primera fase del Protocolo costará a las empresas 85 millones € (El País). Parece mucho dinero, pero si lo comparamos con los 10.170 millones € que gastan al año las empresas en innovación tecnológica, se ve que realmente es una miseria (fuente: INE)

 

Entiendo los gritos de David Hammerstein: “Somos sordos, no oímos nada cuando La Tierra clama por aligerar el tremendo peso de la huellas humanas sobre sus malgastados ecosistemas. No reaccionamos ante las señales cada vez más claras que apuntan hacia el extremo agotamiento de los servicios de la Tierra que dan soporte a la vida”.

El futuro ya está aquí, los augurios que los ecologistas proclamaban hace 20 años se están cumpliendo: desorden climático cada vez más agudo, creciente escasez de petróleo y sus altos precios, masiva extinción sin precedentes de la diversidad viva del planeta, incubación en nuestros poros de cantidad de venenos químicos con efectos impredecibles, el encogimiento de los bosques, la pérdida de la escasa tierra fértil y el secado de los ríos ante el avance incesante del cemento y el desierto, todo devorado en aras de la máquina insaciable de un mal llamado “DESARROLLO”. Y sólo estamos en los aperitivos de los efectos más catastróficos sobre la vida humana.

El estudio del milenio encargado por la ONU a 1300 científicos nos alertan sobre la gravedad de la situación. Lo más lamentable, constatan, es la muy débil y equívoca respuesta de nuestras sociedades e instituciones ante una crisis ecológica que muy pronto engullirá a todos, comenzando por los más pobres.
Las sociedad, con sus gobiernos a la cabeza, bajo los dueños de la economía, se mueven por el interés a corto plazo. Los imperativos del mercado y del mítico crecimiento suelen eclipsar la preocupación y la prevención.

Todo el mundo se llena (nos llenamos) la boca con palabras ecológicas (“sostenible”, “verde”, “reciclaje”), pero huyen como de la peste de cuestionar el consumo, los precios y las inversiones que apuntalan a la economía insostenible. Porque hasta lo que comemos, conducimos y construimos refleja nuestro compromiso verde.

Miles de ejemplos delatan a nuestra sociedad, a nuestros gobiernos y a nosotros mismos...(inversiones, nivel de vida, consumismo, reciclaje, energías renovables, locomoción, residuos,...).


La tierra sigue clamando,... Y los seres humanos sordos, ciegos e insensibles... Locos, que estamos talando la rama que nos sostiene...

 

d.t.