Octubre-2005

 

Hay remedios a nuestro alcance, realmente simples

 

Defender la naturaleza teóricamente, a nivel de ideas  o de boca, es fácil. ¡Es gana de darle vueltas!. De palabra todo el mundo nos ponemos de acuerdo, incluso los gobiernos de los países más contaminantes. Pero, ya saben, contra los hechos no caben las teorías. Obras son amores y no buenas razones. De nada valen las más bellas manifestaciones a favor del medio ambiente, si al mismo tiempo se está aniquilando la naturaleza por someterla a otros intereses económicos y políticos inmediatos.

 

Pero algo parecido pasa a nivel personal. Nos hemos educado mal y sólo valoramos las cosas, los bienes y los intereses particulares. Los bienes que son de todos no son de nadie. Por eso no parece importarnos la rotura de las señales de tráfico,  papeleras, bancos, jardines, vallas, parques, farolas,...de nuestros municipios.

Y el agua, el aire, los bosques, los ríos, las montañas,... son bienes comunes. Y pasa lo de siempre, que, en general, no estamos acostumbrados a valorarlos. A lo sumo, cuando nos cortan el agua o se va la luz, nos damos cuenta de lo importante que son, en esos momentos, para nosotros, para nuestra casa. Pero no terminamos de valorar esos excelentes bienes naturales en su medida, como los principales medios para nuestra vida y nuestra existencia.

Castigamos al niño que daña una maceta en la casa, pero ni siquiera le regañamos cuando  parte un arbolito de la calle.

Mal asunto, porque inconscientemente, o mejor irresponsablemente, estamos tirando piedras sobre nuestro propio tejado, estamos talando la rama que nos sostiene.

Es increíble, porque, entre todos los seres que poblamos el planeta, sólo los llamados “racionales” somos quienes la maltratamos y arruinamos, produciendo a la vez nuestra propia ruina y la del resto de seres vivos.

 

Y el caso es que hay cantidad de medidas a nuestro alcance que son más simples que una botella. Pequeños remedios que podemos poner en práctica todos los días y que son tremendamente eficaces. Sí, lo son.

Normalmente se insiste en lo de respetar las plantas y el bosque, poner cuidado con los fuegos, con las colillas sin apagar, con recoger la basura al terminar al excursión, con no tirar objetos contaminantes a los ríos, con respetar los pasos y veredas, con no molestar a las aves y sus zonas de criadero,...

También se va recordando con más frecuencia que es importantísimo reciclar las basuras y usar los contenedores adecuados, depositarlas en horarios apropiados, eliminar las fugas de agua, arreglar los grifos con goteo, reciclar el aceite de cocina usado y no verterlo en los desagües, utilizar bombillas de bajo consumo, ducharse en vez de bañarse en casa, controlar las luces encendidas en casa, etc.

Es realmente asombrosa la capacidad de reciclaje que existe en los países empobrecidos. Solía decir un abuelo colombiano, cuando veía nuestros contenedores: “Con lo que tiran aquí podrían hacerse ricos un montón de gente en mi tierra”.

Parece que nuestro defecto de cuna está siendo el consumismo. En los países “desarrollados”, en los que vivimos bastante bien por cierto, desde niños hemos estado sobrados de cosas, de regalos, de juguetes, de dinero, de facilidades,... No nos enseñaron a valorar cada uno de esos regalos, no nos han enseñado a comprender que cada juguete supone trabajo o tal vez explotación de un obrero, unos costos, un esfuerzo,... Y desde niños nos han permitido enrolarnos en la cadena consumista que nos devora... Todo se ha convertido, como las servilletas de papel, en cosas de un sólo uso, “de usar y tirar” sin mayor importancia.

¡Pobrecitos!, el consumismo, vestido de comodidad, de modernidad y de sensación de libertad, nos está comiendo el coco y toda nuestra persona. Y además nos está convirtiendo en extraordinarios aliados para devorar y destruir la naturaleza. 

 

En estos días publicaban un estudio elaborado por Fujitsu Siemens. En realidad, nos ofrece otro de los remedios sencillos, prácticos y ecológicos a nuestro alcance.

“Dejar los ordenadores encendidos o en espera por las noches cuando los empleados abandonan la oficina, en lugar de apagarlos o activar el modo de hibernación, supone un coste anual para las empresas de 123 millones de libras (182 millones de euros).” Y esto refiriéndose sólo al Reino Unido, donde calcularon que el 37% de los trabajadores nunca apagan el ordenador.

¡Ojo! que lo mismo ocurre con otros aparatos como el televisor, DVD, cargadores u otros artilugios eléctricos: Un televisor en espera consume el 90% de la energía que uno encendido. Esto lo dicen los científicos, te lo creas o no. Una reducción del 20% en la energía que consume un hogar medio supone un ahorro de 360 euros anuales.

Pero además del económico, que parece ser lo que más cuenta, acarrea un coste medioambiental. El estudio habla de que en el Reino Unido esos ordenadores que permanecen activos por la noche lanzan a la atmósfera un millón de toneladas de dióxido de carbono al año.

Si este dato lo generalizamos a todos los aparatos que se quedan encendidos en los distintos países, nos podremos hacer una idea de la enorme cantidad de energía malgastada y de la gran contaminación que se ocasiona innecesariamente.

Aunque usted sea escéptico con todos estos temas, ¿seguirá tranquilo dejándole el ordenador a su hijo en la misma habitación donde duerme? ¿le recomendará dejar encendido su ordenador toda la noche, para que así pueda bajarse unas canciones o una película por internet?... Usted mismo.

 

d.t.