Marzo-2007

Ofrecemos una breve reflexión

a partir del trabajo de Iñaki Bárcena, publicado en Viento Sur (nº 92/2007).

 

La Deuda Ecológica

 

¿Quién debe a quién?. Si todas las personas de la Tierra tuvieran el mismo nivel de consumo y de generación de residuos como las que vivimos en los países industrializados, necesitaríamos tener cinco o seis “Tierras” más.

Por eso se afirma que el actual sistema de producción, distribución y consumo no es alcanzable para todo el mundo y, por tanto, no es sostenible.

Si para salvar ese modelo de desarrollo por el bienestar de unos pocos en la humanidad, se han masacrado generaciones pasadas y puesto en peligro el bienestar de generaciones futuras, entonces estamos hablando de violación sistemática de los derechos humanos.

¡Qué menos que replantearnos el estilo de vida que llevamos!

 

La deuda ecológica es un concepto que nos puede ser útil en la tarea de buscar otro modelo económico-social.

La deuda ecológica señala los actores, los responsables y los procesos que la generan, por lo que desenmascara los discursos de lavado de imagen que las empresas y los gobiernos están utilizando desde que se toparon con el concepto mágico de desarrollo sostenible y también otros falsos discursos asistencialistas de instituciones y organizaciones que dicen defender el medio ambiente.

Que una empresa multinacional haga una donación para comprar un terreno de selva tropical para salvar la diversidad, mientras a 100 kms. esa misma empresa destruye la selva sembrando soja para exportar a Europa, eso es una hipocresía.

El concepto de deuda ecológica tuvo origen en la Cumbre de Río de Janeiro (1992).

 

La deuda ecológica sería la contraída por los países industrializados con los demás países a causa del expolio histórico y presente de los recursos naturales, los impactos ambientales exportados y la libre utilización del espacio ambiental global para depositar los residuos.

Otros autores utilizan otros términos: la deuda ecológica es la deuda acumulada por los países industrializados del Norte frente a los países del Tercer Mundo, por el saqueo de sus recursos, el comercio injusto, el daño ambiental y la libre ocupación del espacio ambiental para depositar sus desechos.

Reflejaría lo que el Norte debe al Sur por ese saqueo que, aunque originado en la época colonial, ha continuado incrementándose y presenta hoy unas características, no solo económicas sino sociales y medio ambientales, que lo hacen perfectamente objetivable.

Los responsables son los países industrializados y sus instituciones, bancos, corporaciones políticas y económicas. Son los también llamados países del Norte.

 

Su fundamento conceptual se basa en la idea de justicia ambiental ya que si todos los habitantes del planeta tienen derecho a la misma cantidad de recursos y a la misma porción de espacio ambiental, los que usan más recursos o ocupan más espacio tienen una deuda hacia los otros.

La deuda ecológica no es menos deuda porque no esté reflejada en contratos. Es a la vez pública y privada, pero parece más interesante dedicarse a incidir en la deuda pública, para referirnos en primer lugar a la responsabilidad de nuestros países y gobiernos, que ir pidiendo cuentas a los ciudadanos de a pie.

 

Es difícil de cuantificar por el tiempo y por las dimensiones del daño ocasionado. Es difícil aún aceptar el principio de “quien contamina paga”. Está siendo difícil incluso el convencimiento del cambio climático y sus consecuencias y la urgente necesidad de una reestructuración ecológica de nuestras sociedades en busca de su sostenibilidad. Es difícil plantearnos un cambio de comportamiento, porque hay muchos intereses económicos por medio y precisamente los más beneficiados actualmente son los que también tienen más poder de decisión en el mundo.

Pero tener intereses económicos y tener el poder no significa tener la razón.

Es posible que sólo pueda compensarse una parte mínima de la deuda ecológica pero habrá que plantearlo y exigirlo.

En cualquier caso una deuda es una responsabilidad adquirida, una obligación para con otros, que en nuestro caso proviene de un exceso o sobreutilización de algo ajeno o común. Eso nos lleva de la economía a los terrenos de la filosofía y del derecho, a las definiciones de justicia ambiental, derechos equitativos y soberanía nacional de los recursos y también a las ciencias naturales para determinar el uso sostenible de los recursos y la capacidad de carga de los ecosistemas.

 

Tendrá que haber otros métodos de cuantificación física.

Las exportaciones europeas son mucho más caras que las importaciones, es decir, que el ingreso obtenido de la venta de una tonelada de bienes exportados puede ser utilizado para comprar cuatro toneladas de bienes importados.

Por eso los países del Sur, a causa de la pobreza y la deuda exterior se ven incentivados a vender una cantidad creciente de bienes primarios, como combustibles fósiles, metales, minerales, etc., que producen mucha contaminación y poca riqueza en el lugar de extracción y de procesamiento, mientras que los países del Norte se especializan en productos finales, más caros y menos contaminantes.

 

Entrando en el terreno de las responsabilidades la deuda ecológica nos obliga a hablar de agentes acreedores y deudores. Estos pueden ser públicos y privados, tanto administraciones estatales como empresas, así como determinadas clases consumidoras tanto en los países enriquecidos como en los depauperados. ¿Quiénes son los acreedores de la deuda?

En el escenario de los que deben ser recompensados aparecen tanto estados como colectivos sociales, indígenas, campesinos, mujeres… sin olvidar las generaciones futuras que se van a ver privadas de recursos o afectadas por problemas ecológicos heredados por un manejo indebido e insolidario de los ecosistemas naturales.

Este es el caso de la deuda adquirida por el uso abusivo de la atmósfera como sumidero de los gases de efecto invernadero que nos ha traído el consabido cambio climático.

Como se puede observar el concepto de deuda ecológica nos conduce a un estudio multidisciplinar para la obtención de un cálculo complejo que trata de reflejar los desequilibrios y las injusticias derivadas de un sistema de crecimiento económico ilimitado que, además de suponer un mito irracional, produce desigualdades y genera riesgos socioambientales inasumibles para la humanidad.

 

Resumiendo, la deuda ecológica es un instrumento conceptual sintético y eficaz para hablar de la injusticia en las relaciones Norte Sur e intentar obtener:

         El reconocimiento del desequilibrio en el uso de los recursos naturales y en la contaminación producida, ayudados por indicadores como la capacidad de carga, el espacio ambiental y la huella ecológica que reproducen de manera concisa y plástica la insostenibilidad de nuestro modelo de producción y consumo.

         La prevención, es decir, una serie de políticas ambientales y económicas que impidan la producción de nueva deuda, el dictado de normativas que pongan freno a la esquilmación de los ecosistemas y busquen la reparación de los daños sociales y ambientales inflingidos.

         La reparación, monetaria y política de la deuda adquirida, asumiendo que una gran parte del deterioro natural y social producido no tiene vuelta atrás, porque es irreversible y no puede ser reparado.

         La compensación (en la medida del posible) de la deuda ya creada y la abolición de la deuda externa. Lo cual supone la disposición a pagar por un uso abusivo o indebido reconocido y la disposición a aceptar tales compensaciones.

Nos encontramos en el comienzo de una camino largo y tortuoso pero son muchas las razones que nos impulsan a pensar que el titánico esfuerzo que se requiere para

que la deuda ecológica ocupe un lugar en los programas de gobierno y en los tribunales internacionales será, como lo han sido otras largas batallas libradas por la humanidad: la abolición de la esclavitud, los derechos de las mujeres o el sufragio universal, una gran causa del género humano.

 

Estamos ante un concepto, un tema, la deuda ecológica, que reclama nuestra atención y reflexión.

 

d.t.