Mayo-2008

 

¿La naturaleza, responsable absoluta?

 

Fenómenos atmosféricos o naturales, dependiendo del lugar y circunstancias, pueden producir enormes desastres y catástrofes, o simples sustos.

Hay fenómenos atmosféricos producidos por la naturaleza y se denominan naturales. Hay otros fenómenos atmosféricos provocados por la actividad humana que no deberían llamarse propiamente “naturales”.

Una cosa son los fenómenos y otras las consecuencias: no sería apropiado hablar de desastres o catástrofes “naturales” cuando no se tienen en cuenta las deplorables y precarias condiciones de vivienda y habitabilidad en las que vive una población. Acerque la llama de un mismo fósforo a un trapo empapado en agua y a otro empapado en gasolina y comprobará la diferencia. Observe los efectos de un terremoto de 7 grados en una zona pobre de China y de otro con igual intensidad en Japón. Las dimensiones de la catástrofe son proporcionales a la indefensión de la población.

Echar la culpa a la naturaleza de las situaciones de injusticia humana es simplemente una evasiva y un engaño.

 

Reciente está el tsunami de Birmania, de terribles consecuencias para su empobrecida población. Un millón de personas sin viviendas, decenas de miles de muertos y desaparecidos, cosechas destrozadas,…

Y sin tregua, llega el terremoto en China. También su epicentro se localizó en la provincia de Sichuán,  una de las más pobres y pobladas de China. Lógicamente (más que “naturalmente”) volvemos a hablar de miles de personas muertas, decenas de miles de personas sepultadas bajo los escombros de sus viviendas o colegios.

Terribles escenas de dolor. Las estadísticas hablan del peor seísmo en 30 años.

Pero las estadísticas no saben comparar el dolor con la injusticia, ni saben depurar responsabilidades. Lo más cómodo siempre es hacer responsable absoluta a la naturaleza.

 

El Observatorio Loa Mauna, en Hawai (Estados Unidos) acaba de confirmar, a mediados de mayo, un dato preocupante. Para unos será una alerta y para otros una alarma.

Se ha conseguido un récord mundial: La concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera ha conseguido el nivel más alto de los últimos 650.000 años.

Estamos hablando del principal gas de efecto invernadero. Y se está acumulando en la atmósfera, según el Departamento Oceánico y Atmosférico Nacional de EEUU, más rápidamente de lo esperado.

Los investigadores consideran que la Tierra está perdiendo su capacidad natural para absorber millones de toneladas del CO2 al año. Por lo cual tendrán que reducirse más de lo previsto las emisiones de CO2, para evitar niveles peligrosos de calentamiento global.

El co-director del grupo sobre impactos del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPPC), Martin Parry, afirma que a pesar de todo lo que se ha hablado sobre esta problemática, la situación va a peor. "Los niveles de gases de efecto invernadero continúan aumentando en la atmósfera y la media de ese crecimiento se está acelerando. Ya estamos observando los impactos del cambio climático y su escala puede acelerarse mientras decidimos hacer algo", añade. (1)

Es cierto que la propia Naturaleza genera algunos gases con las erupciones volcánicas o con la descomposición de materia orgánica muerta y digestión animal. Pero la mayor parte, con enorme diferencia, de los gases contaminantes son responsabilidad de los seres humanos. Y la mayor responsabilidad es de la veintena de países más desarrollados, cuyo nivel de consumo y derroche es desenfrenado y voraz.

La naturaleza no ha creado las centrales térmicas, ni usa vehículos a motor, ni calefacciones, ni desarrolla procesos petroquímicos, fundiciones, refinerías, etc.

En nombre del progreso estamos acabando con la naturaleza, nuestra principal fuente de vida. Entre los seres vivos, sólo el ser humano es capaz de tanta irresponsabilidad.

 

¿Y cuál es nuestra respuesta?

Pues, celebrar cada 22 de abril el “Día Mundial de la Tierra. ¿Y qué celebramos…?

Esto de dedicarle un día a la Tierra se acordó hace 38 años con la intención de crear más conciencia ambiental respetuosa de nuestro hogar, la Tierra. Se pensó que si participaban autoridades, ONGs, sociedad civil, se podría variar la tendencia suicida que cada día más nos pone al borde del abismo.

Lamentablemente, el consumismo y el modelo de producción globalizado, han calado hondo y es poco probable que esto cambie de inmediato.

La panacea de ese desarrollo, verdadero y descarnado, hoy se puede medir en muertos, heridos, desplazados, exilados, enfermos, olvidados y marginados, mientras los pocos privilegiados cercanos al 20 % de la población, ubicados en los países enriquecidos del mundo, se degluten el 85 % de los alimentos, el 80 % de la energía que produce la Tierra y como si fuera poco liberan el 85% de los gases de efectos invernadero que provocan el calentamiento global y la locura del clima que  amenaza al conjunto.

El lema “Frente al Cambio Climático, menos CO2”, adoptado para la celebración de este año, es casi una paradoja, no por que no sea verdad que haya que disminuir la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), sino porque no se condena expresamente a los verdaderos culpables de este ecocidio.

El cambio climático se origina en los países enriquecidos del Norte, pero se paga al precio de vidas humanas y su calidad en el Sur empobrecido del Planeta.

¿Cómo es posible tan fatal error de creernos los “amos y señores de la naturaleza”?

Decía Bertolt Brecht: “No acepten lo habitual como cosa natural, pues en tiempo de desorden sangriento, de confusión organizada y arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer imposible de cambiar”.

Nuestra lucha, dice Hugo Mújica, es: “no sólo seguir vivos, sino permanecer o volver a lo humano”.

 

d.t.

 

 

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(1) Refer. Público, 13/5/2008

(2) Refer. Ricardo Luis Mascheroni. Rebelión 23/4/2008