(Julio/Agosto.2000)

 

Los excluidos y el FMI

Seattle, Davos y Washington se han convertido en un corredor excepcional de manifestaciones de protesta contra las políticas económicas mundiales aplicadas por la Organización Mundial de Comercio, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Las manifestaciones de protesta van más allá de un acto casual y cada vez evidencian una mayor creatividad y capacidad de organización cívica. Sólo así lograron poner en jaque a una ciudad como Washington, copar pacíficamente a su jefe de policía y presionar airosamente a una cadena comercial como las cafeterías Starbucks.

Sus mensajes van contra las premisas de la globalización neoliberal: Contra la sustitución del ser humano por la utilidad económica. Contra la imposición de la fuerza del mercado para remplazar la responsabilidad política de gobiernos y sociedades. La globalización no es un proceso incuestionable.

Fue emblemática la reacción de Stanley Fischer, actual director interino del Fondo Monetario Internacional. Su expresión fue sugerente: "los que protestan allá afuera". ¿Afuera de dónde? ¿Afuera del poder financiero? ¿Afuera de los beneficios del capital hegemónico? ¿Afuera de la elite mundial que decide los destinos del mundo? Fischer aclaró: "nada de lo que hacemos cambiará por lo que ocurre allá afuera". Luego sentenció: "detener la globalización es detener el progreso en el mundo". Y extendió aún más la mentira: "la globalización es el único camino para elevar el nivel de vida de la gente al mismo nivel de ingreso de los países desarrollados".

El modelo económico que él defiende no proviene del desarrollo democrático del mundo. No surge de un acuerdo democrático de los pueblos de la tierra. No es resultado de consensos sociales ni de elecciones democráticas. No se propone respetar la soberanía de los Estados ni conservar la singularidad de países, naciones y pueblos. Tampoco se interesa en establecer condiciones favorables de igualdad y respeto para todas las sociedades. Por ello, para rematar esta cadena de negaciones, no se quiere escuchar a "los que están afuera".

En diciembre de 1999, en Tokio, en un simposio consagrado a la mundialización, el ministro francés Lionel Jospin expresó que las primeras manifestaciones de inconformidad en Seattle eran una señal positiva del nacimiento de una opinión pública mundial, de una "toma de conciencia global" sobre los riesgos de la mundialización. Riesgos que surgen de sus ambigüedades, de la inseguridad que genera en el medio ambiente y la salud, de las desigualdades que acentúa entre países industrializados y países en desarrollo, de las desigualdades que propicia al interior de cada economía regional

Parece que no quiere escuchar esto el Fondo Monetario Internacional, según lo expresó Stanley Fischer: no quiere modificar ninguna agenda por el ruido que hagan "los que están afuera".

Aunque los que están afuera son muchos. Cada vez son más los excluidos de la economía, del empleo, de las decisiones políticas, de la jerarquía piramidal. Por ello "los que estuvieron afuera" en Washington son manifestantes peculiares. No forman parte de los sindicatos, de los partidos políticos ni de las burocracias que se inclinan ante la globalización. Son ciudadanos, líneas civiles que no se diluyen en las órdenes de los que están adentro. Porque los que excluyen a todos, los que han logrado hacer del ser humano algo prescindible, se resisten a pensar que "los que están afuera" pueden querer, aspirar todavía a ser libres, a ser más dignos que los burócratas que se postran ante los capitales hegemónicos y las normas estadounidenses que los protegen.