Mayo-2003

 

Neo-imperialismo

 “¡Es un gran día para Irak!", declaró el general americano Jay Garner al desembarcar en la Bagdad bombardeada y saqueada, como si su augusta aparición significara el fin milagroso de las mil una plagas que agobian a la antigua Mesopotamia. Lo más asombroso no es tanto la indecencia de la declaración como la manera resignada, apática, en la que los grandes medios de comunicación cubrieron la instalación del que hay que denominar correctamente como "procónsul de los Estados Unidos". Como si ya no existiera el derecho internacional. Como si hubiéramos regresado a la época de los mandatos. Como si finalmente fuera normal que Washington designe a un alto oficial (retirado) de las fuerzas armadas americanas para gobernar un Estado soberano...

Tomada sin siquiera consultar a los miembros fantasmas de la "coalición", esta decisión de nombrar a un alto oficial para administrar a un país vencido recuerda desgraciadamente las antiguas prácticas del tiempo de los imperios coloniales. ¿Cómo no recordar a Clive gobernando la India, a lord Kitchener encargándose de África del Sur o a Lyautey que administró Marruecos? Y pensar que se creía que estos abusos estaban condenados para siempre por la moral política y por la historia...

Esto no tiene nada que ver, nos dicen, hay que comparar más bien esta "transición en Irak" con la experiencia del general Douglas MacArthur en Japón después de 1945.

¿No es más inquietante? ¿No habían hecho falta las destrucciones atómicas de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, el casi total Apocalipsis, para que América decidiera nombrar a un general administrador de una potencia rival vencida? En una época en la que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) todavía no funcionaba.

Pero la ONU existe, por lo menos teóricamente. Y la invasión de Irak por las fuerzas americanas (con sus complementos británicos) no se efectúa para acabar en modo alguno cualquier tercera o cuarta guerra mundial... A menos que el presidente George W. Bush y su entorno consideren los atentados del 11 de septiembre de 2001 como el equivalente a un conflicto mundial...

Por cierto, el general Garner dio a entender que esta ocupación no sería eterna: "Nos quedaremos el tiempo que haga falta, afirmó, y nos iremos lo más rápidamente posible." Pero la historia nos enseña que este "tiempo que haga falta" puede durar. Habiendo invadido las Filipinas y Puerto Rico en 1898, bajo el pretexto altruista de "liberar" estos territorios y sus poblaciones del yugo colonial, los Estados Unidos inmediatamente reemplazaron allí a la antigua potencia dominante. Después de haber reprimido la resistencia nacionalista, no salieron de Filipinas hasta 1946, y siguieron interviniendo en los asuntos del nuevo Estado y apoyando, en cada elección presidencial, al candidato de su elección, entre ellos al dictador Ferdinand Marcos, que ejerció el poder desde 1965 a 1986... Y continúan ocupando Puerto Rico... Incluso en Japón y en Alemania, cincuenta y ocho años después de final de la guerra, la presencia del ejército americano sigue siendo masiva.

Al ver desembarcar en Bagdad a este general Garner y a su equipo de 450 administradores, no se puede evitar pensar que los Estados Unidos, en esta fase neo-imperial, repetían por su cuenta lo que Rudyard Kipling llamó "la carga del hombre blanco". O lo que las grandes potencias, desde 1918, calificaban de "misión sagrada de civilización" con respecto a pueblos incapaces "de gobernarse por ellos mismos en las condiciones particularmente difíciles del mundo moderno".

El neoimperialismo de los Estados Unidos renueva la concepción romana de una dominación moral - fundada en la convicción de que el libre cambio, la universalización y la difusión de la civilización occidental son buenas para todo el mundo-, pero también militar y mediática, ejercitada sobre pueblos considerados más o menos como inferiores.

Después de la caída de la odiosa dictadura, Washington prometió establecer en Irak una democracia ejemplar, cuyo brillo arrastrará, impulsado por el nuevo Imperio, la caída de todos los regímenes autocráticos de la región. Incluido, asegura el Sr. James Woolsey, antiguo director de la CIA y cercano al presidente Bush, los de Arabia Saudita y de Egipto...

¿Es creíble tal promesa? Evidentemente no. El Sr. Donald Rumsfeld, ministro de defensa, se apresuró por otra parte a precisar que "Washington se negará a reconocer un régimen islámico en Irak aunque sea ese el deseo de la mayoría de los iraquíes y se reflejara tal resultado en las urnas". Es una vieja lección de la historia: el Imperio le impone su ley al vencido.

Pero aún hay otra: el que vive del Imperio perecerá también por él.

Ignacio Ramonet  (Le Monde Diplomatique)