Marzo-2005

 

La codicia

 

En mayo de 2003, ONGs que trabajan en India denunciaron a empresas multinacionales que utilizan niños en campos de cultivo de semillas de algodón. Entonces algunas empresas redujeron ese trabajo infantil. Ahora un nuevo informe elaborado por esas ONGs vuelve a denunciar la misma situación. Cerca de 84.000 niños trabajan en “horrorosas condiciones” en campos de cultivo en el Estado indio de Andhra Pradesh, al servicio de empresas locales y de filiales de multinacionales: 12.375 menores trabajan para las empresas Advanta (holandesa), Bayer (alemana), Evergent Genetics (estadounidense, participada por Unilever) y Monsanto (estadounidense). Otros 70.000 menores trabajan para empresas indias. En otros dos Estados indios, 117.000 niños están en la misma situación.

 

Un 70% d estos niños trabajan para pagar adelantos o deudas de sus padres. trabajan habitualmente 9 ó 10 horas diarias y en la temporada alta de 11 a 13. Con razón dicen las ONG: “Una y otra vez se demuestra más allá de toda duda que las poderosas empresas globales que aseguran cumplir sus códigos de conducta y de responsabilidad social han despreciado las normas y valores de los derechos humanos”.

 

La explotación de los niños en el trabajo es una dura realidad en muchos lugares del mundo. En gran parte la sostienen el empobrecimiento de muchas familias y la codicia insaciable de empresas que han convertido la obtención de más y más beneficios en un absoluto al que se subordina todo lo demás. Es su único dios, en el que creen y al que siguen.

 

En los orígenes del capitalismo industrial las empresas explotaron masivamente a los niños. Se justificaban aludiendo a la libertad de empresa (otro absoluto bajo el que se oculta frecuentemente la libertad de codiciar más y más). La ideología del liberalismo económico les dio cobertura, convirtiendo a los que se enriquecían con sus negocios en benefactores: no hay nada malo en el enriquecimiento, al contrario cuando cada uno persigue su propio beneficio se logra el interés de la sociedad.

Adam Smith lo expresaba así en el siglo XVIII: “No es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero la que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio. No nos dirigimos a su humanidad sino a su propio interés y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas”.

 

Esta manera de pensar, que encierra una parte de verdad (tendemos a poner nuestro propio interés por encima de las necesidades de los demás), se convierte en un nefasto planteamiento cuando se erige en principio de organización social; y eso es lo que hemos hecho en la práctica. Porque no es lo mismo reconocer que las personas, en parte, somos así que considerar que está bien ser así. Dejarnos llevar por esta tendencia egoísta no nos humaniza sino todo lo contrario. Como se ha organizado la sociedad para favorecer la búsqueda del propio interés, procurando que las empresas no encuentren trabas en su afán de beneficios crecientes, aún hoy persisten cosas como la explotación laboral de los niños, a pesar del progreso social (este sí auténtico) que en este y otros terrenos se han producido gracias a quienes piensan que lo primero sólo puede ser la dignidad de cada persona y no el propio interés.

Y siguen pasando por agentes del progreso económico y social empresas que no son otra cosa que adoradores de su propia codicia, en cuyos altares se sacrifica la vida de muchas personas.

 

Francisco Porcar