Julio-2005

 

La naturaleza humana

 

 

TRES HECHOS:

1. Las maquilladoras en Latinoamérica: Una firma extranjera, normalmente estadounidense, realiza en fábricas de países latinoamericanos, a menudo en zonas francas, operaciones de montaje de componentes hechos en EEUU a donde volverá el producto acabado con un coste muy bajo.

Esto son las maquilas, que se han extendido mucho en los últimos decenios. Se basan en la utilización intensiva de mano de obra barata y en condiciones de trabajo horrorosas. La amenaza latente de las empresas de abandonar el país para ir a otro donde la rentabilidad de la producción sea mayor, mantiene siempre una situación ventajosa para el negocio y el empleo indecente que destroza la vida de trabajadores y trabajadoras.

 

2. Los talleres en el norte de África: La práctica de empresas que actúan como subcontratistas para grandes multinacionales en sectores que ocupan mucha mano de obra, como las industrias de la confección y del calzado, ha multiplicado en los últimos años los talleres informales o clandestinos en el norte de África, donde a muy bajo coste trabajadores y trabajadoras fabrican, en condiciones indecentes, productos que se venderán caros en mercados de otros países, como España.

 

3. China, “el polígono industrial del mundo”:  Se calcula que los costes laborales en China son ¡tres veces menores que en las maquilas latinoamericanas!. Por eso China es tan atractiva para las estrategias empresariales de reducción constante de los costes laborales y se está convirtiendo en el polígono industrial del mundo.

Le economía china crece a un ritmo vertiginoso, el 10% anual, como los accidentes laborales y las enfermedades profesionales (140.000 trabajadores muertos y 25 millones de trabajadores con enfermedades laborales). Es un crecimiento económico que se expresa en la producción, por ejemplo, de más de los dos tercios de los juguetes o de las fotocopiadoras de todo el mundo. Estos y otros productos (calzado, textil...) se fabrican a menudo para firmas extranjeras que se aprovechan de un trabajo realizado en condiciones indecentes. Como las de los empleados de tres empresas que fabrican balones de fútbol para cinco de las primeras firmas mundiales de material deportivo, con jornadas de 11 a 15 horas, sueldos por debajo del salario mínimo, problemas de total agotamiento y deterioro de la salud, en muchos casos sin seguro social alguno...

El carbón es el principal combustible de este crecimiento económico. Y, como se ha dicho, “la minería es el sector que más sangre aporta al precio pagado por situar a China en los puestos de cabeza de la economía global”: en el año 2004, según datos oficiales, murieron en accidentes laborales 6.027 mineros; más de 20.000, según datos de otras fuentes no gubernamentales.

 

DOS REFLEXIONES:

Primera: Hay quien justifica este tipo de situaciones recurriendo a la vieja idea del progreso que, como decía hace siglos un comentarista francés, es a prueba de bombas: “los salones han decretado que todo marcharía bien; así que no tiene más remedio que marchar todo bien”.

Es el progreso como coartada y concebido como si de algo natural e inevitable se tratase. Viene a ser algo así como decir: no pasa nada, esto es el progreso, esto es el buen crecimiento económico; hay que darles a esas personas una oportunidad de trabajar, ya mejorarán, todo se arreglará por efecto del progreso; ahora existen algunas cosas que necesitan mejorar, ya mejorarán. 

Eso es lo que se dice, o lo que se encubre hablando del crecimiento económico, del progreso, sin mirar nunca a las víctimas. Es afirmar que el fin justifica los medios. Como el fin es bueno (cosa que ya es mucho suponer en una realidad que, objetivamente, responde al afán de lucro, nada más), los medios quedan justificados. Esta afirmación es siempre discutible desde un punto de vista ético: medios inhumanos jamás conducirán a fines humanos. Pero es del todo monstruosa cuando entre “los medios” están lo que sólo pueden ser fines, LAS PERSONAS. Nada puede justificar, nunca, convertir a las personas en instrumentos. Eso es una inmoralidad, siempre. Y eso es algo evidente para cualquier humanismo mínimamente coherente.

 

Segunda: Esto no marcha bien, porque no puede marchar bien lo que es contrario a la naturaleza humana. Hacer trabajar a las personas como en los tres hechos que hemos indicado es contrario a la naturaleza humana, a lo que el ser humano es. Y, por eso, es destructivo para el ser humano. Hace de los trabajadores víctimas sacrificadas en el altar del negocio.

Esa forma de producir es un crimen contra la humanidad. La naturaleza humana demanda siempre que la persona sea dueña de su trabajo, para que éste sea un instrumento de realización humana. Convertirlo en puro instrumento económico reduce también a la persona del trabajador a instrumento y lo destruye, niega su dignidad. Y esto clama al cielo.

 

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Francisco Porcar (N.O. núm 1.385)