Septiembre-2005

Se ofrece un primer resumen de un trabajo de Luis de Sebastián,

titulado “Problemas de la globalización”, que nos parece sumamente interesante.

Al igual que se distinguía el socialismo teórico (más estético y moral)

del socialismo real de la Unión Soviética, también puede distinguirse un capitalismo teórico sobre

el mercado libre, de otro capitalismo de lucha por prevalecer en el mercado,

que afecta a todos los ámbitos de la vida social y

 al que llamamos capitalismo real. Iremos viendo algunos aspectos.

 

CAPITALISMO Y POBREZA

 

Nunca ha habido menos pobreza en el mundo

Comienza haciendo una pura valoración de cifras: Los 850 millones de personas, que según la ONU malviven con un euro diario, los “pobres de solemnidad”, los desesperadamente pobres, sólo hacen el 13,28% de la humanidad. Esto puede parecer todavía mucho, pero estoy seguro de que hace cien años, la proporción era mayor.

Si tomamos el número de los “simplemente pobres”, los que viven con dos euros diarios, que el BM estima en otros 1,200 millones, obtendremos un 18,75 % de la población mundial. (Estimada en algo más de 6.400 millones de personas).

Juntando las dos categorías obtenemos 2.050 millones, un 32,03 % de la población mundial, que son seriamente pobres. Todavía habría que contar como pobres a los que viven con tres, cuatro, o cinco euros al día. Es verdad. Pero no me cabe la menor duda de que en tiempos pasados, la proporción de pobres en el total de la población mundial era mucho mayor. Algo hemos mejorado.

 

Tampoco ha habido tanta riqueza nunca antes

Los reyes, los nobles, los banqueros, los terratenientes del pasado eran pigmeos económicos comparados con los ricos de ahora. Según The Financial Times (14 de noviembre de 2004), en el mundo existen 600 “milmillonarios”, es decir personas con un patrimonio personal de más de 1.000 millones de dólares.

Echándoles una riqueza media de 15.000 millones de dólares, lo cual no es exagerado (a Bill Gates se le imputa una riqueza de 80.000 millones de $), la riqueza acumulada por estas personas sería de 9 billones aproximadamente, igual al valor del producto anual bruto de la economía más grande del mundo, la de los Estados Unidos, en 2001. Ya sé que comparar ingresos con riqueza es como comparar peras con manzanas, pero qué peras tan inmensamente grandes!

Los simples millonarios, los que poseen un patrimonio de decenas o centenas de millones, se cuentan también por millones: 7 ó 8 en todo el mundo, según una estimación reciente de la revista Forbes.

 

Estos dos datos juntos implican...

...que nunca antes ha habido tantos medios materiales y técnicos, tantos conocimientos y tanto talento para solucionar el “problema económico” a todo el Mundo. Los hombres han aprendido mucho y siguen una curva de aprendizaje exponencial, es decir, con crecimiento acelerado. Se han descubierto nuevos recursos. La tecnología ha transformado en recursos de carácter económico a elementos naturales (fuego, agua, viento), objetos, minerales, plantas, que en otros tiempos no tuvieron ningún valor.

Pensemos en el petróleo. Se han desarrollado nuevas técnicas y nuevos instrumentos. El transporte ha superado el obstáculo natural para el comercio que crea la distancia. Estamos viviendo la explosión de los medios de comunicación, que hacen posible, entre otras cosas, la globalización de la economía y de la vida social.

Cada vez conocemos mejor los mecanismos, que establecen –y regulan– las relaciones entre causa y efecto de los fenómenos económicos. Sabemos cómo intervenir en la economía para conseguir determinados efectos. Hemos organizado nuestras empresas para ser eficientes, aprovechar los recursos de que disponen de la mejor manera posible, dentro de las limitaciones técnicas a que están sometidos los procesos de producción.

 

A pesar de todo ello...

...el binomio pobreza-riqueza es en la actualidad más extremo que nunca antes en la historia. Las diferencias entre ricos y pobres son abismales. No sólo entre personas individuales, sino entre categorías enteras de personas. En muchos países desarrollados el 1% de la población con mayores ingresos puede recibir anualmente unas 500 veces más que el 1 % de menores ingresos. Los ejecutivos de algunas grandes empresas ganan en promedio entre 300 y 400 veces más que el salario promedio de los empleados. La desigualdad puede medirse de muchas maneras, pero se percibe a simple vista.

Un ejemplo. Con el patrimonio que se le imputa a Bill Gates (unos 80.000 millones de dólares) se podrían comprar todos los bienes y servicios que se produzcan en 2005 en Bengladesh (que tiene 133 millones de habitantes) y de algunos países pobres más (hasta un total de 200 millones de habitantes).

Las sociedades modernas son, cada vez más, sociedades duales (dos sociedades en una), compuestas de dos partes que viven en lugares separados y distantes, con niveles de vida muy diferentes, y muy diferente uso de los bienes materiales y de la cultura que en ella se producen.

La desigualdad no sería tan grave, si los que están peor estuvieran bien. Lo malo es que los que están peor tampoco están bien, como hemos visto arriba. Y sobre todo, lo más rechazable de la desigualdad en sociedades democráticas es que implica un reparto desigual del poder social, que puede ser incompatible con la democracia. El que tiene mucho poder no pierde nunca, ni tiene por qué ceder nada, ni comprometerse con nada, ni respetar los intereses de otros. Con los muy poderosos no hay negociación posible, ni pacto social, ni por lo tanto democracia.

Las sociedades duales son, así, muy difíciles de romper, porque la parte que está bien no quiere cambios, y por ello no está dispuesta a entrar en ninguna negociación con la parte que está mal.

 

Capacidades incapaces

Si con estas capacidades no se ha resuelto el problema económico de la tercera parte de la humanidad, es porque hemos organizado mal el uso de estas capacidades y la distribución de sus innegables beneficios. La organización económica del mundo está fallando.

Resolver el “problema económico” de todos y cada uno de los hombres y mujeres del mundo en sus múltiples dimensiones [alimentación, vivienda, salud, educación, empleo, ahorro, seguridad, autoestima] debería ser, en un mundo bien ordenado, democrático, solidario, pacífico y humano el objetivo prioritario, lógico y natural del sistema económico, de la manera como se organiza la asignación de recursos, la producción y como se lleva cabo la distribución del producto.

Es un fallo del sistema económico que haya cientos de millones de seres humanos que no pueden satisfacer sus necesidades materiales y morales, reconocidos universalmente como iguales y tan dignos de disfrutar de los beneficios de la naturaleza y de la técnica como los demás.

En tiempos pasados se podía achacar la extendida pobreza a la falta de productividad general del sistema económico. La pobreza de las masas era el resultado de la ignorancia y la ineficiencia reinantes. Ahora no se puede decir lo mismo. Tenemos conocimientos y productividad como para asegurar a todos una vida digna.

Hay que preguntarse por qué tantos millones de personas son pobres en medio de la abundancia y eficiencia globales del sistema. Algo tiene que estar mal ¿Qué es lo que está fallando?

Aunque es cierto que tanta riqueza como se produce hoy en el mundo produce un cierto “efecto rebalse” (trickle-down effect), es decir también beneficia a los pobres, no es, sin embargo, suficiente, para beneficiar a las masas que están en los márgenes del sistema (desempleados, emigrantes, indígenas, ancianos, niños, minusválidos, etcétera).

 

El “capitalismo real” es el responsable...

...de la mala organización ético-moral de la economía mundial y de la convivencia, vergonzosa, irracional y absurda, en un mundo cada vez más integrado, de una indebida pobreza con una riqueza nunca vista.

El “capitalismo real”, el único que existe, se opone a la abstracción de un modelo capitalista, en el que reinaría el mercado libre, y la competencia perfecta entre todos impondría orden, evitaría abusos y aseguraría la eficiencia en la asignación de recursos a los distintos usos alternativos, a la vez que promovería la justicia de la distribución del producto, en función de lo que cada uno aportara al proceso de producción.

Cualquiera que sean las virtudes –teóricas– del capitalismo de mercado, que sólo se han vislumbrado en algunos momentos de la historia, lo que de hecho tenemos es un engendro sin verdadera competencia, lleno de defectos. Si no causa mayores males [ecología, relaciones internacionales, salud, redistribución] es porque el estado interviene en la actividad económica privada para evitar los males y enderezar los entuertos que causa.

Los mercados están como secuestrados por los monopolios, que son los verdaderos y esenciales agentes del capitalismo real. Los monopolistas se burlan del mercado teórico, eficiente y benefactor, a la vez que usurpan su nombre y sus supuestas virtudes para defender lo contrario. Los mercados secuestrados son mercados sin competencia verdadera, en los que unas pocas empresas luchan y se debaten para evitar la competencia al máximo, para lo cual esgrimen todos los elementos de poder con que cuentan. Frecuentemente resuelven sus conflictos con fusiones y adquisiciones, con mayor concentración del poder, lo que perjudica siempre a los consumidores y a otros intermediarios.

No son mercados competitivos como lo entiende la teoría neoclásica, son mercados agónicos (en el sentido de Unamuno), ineficientes desde el punto de vista social, por los recursos que derrochan.

Si el mercado competitivo ya es un –moralmente– limitado instrumento de distribución del producto social, porque prima a las posiciones iniciales, el mercado secuestrado y sin competencia del capitalismo real es un eficiente instrumento para la acumulación acelerada de los que entran como ganadores y juegan con ventaja.

Las enormes plusvalías que se han hecho estos últimos años, como consecuencia de los estallidos de la bolsa, el inmobiliario, la especulación del suelo, y las innovaciones tecnológicas, los frutos maduros de unos mercados trucados, infiltrados, amañados para beneficio de quienes los manejan, han ido a recompensar a los jugadores con ventaja.

En los mercados trucados los débiles están a la merced de los fuertes. Los obreros están constantemente amenazados por la deslocalización, los mayores de edad son jubilados antes de tiempo, los jóvenes entran en condiciones laborales precarias y mal pagadas, las mujeres son discriminadas. Estos mercados expulsan gente y las dejan destruidas.

 

Es competencia de los ciudadanos y de los poderes públicos...

...domesticar los mercados secuestrados, trucados, ineficientes e injustos del capitalismo real del siglo XXI.

Suponiendo que un cambio de sistema, no es, por ahora, posible, tenemos que ponernos como meta inmediata, alcanzable –y muy importante– la permanente y vigilante intervención de los ciudadanos (a través de los procesos participativos) y de los poderes públicos para hacer más competitivo, racional y humano al sistema capitalista actual.

Hay que impedir el avance de los mercados secuestrados en el terreno de la producción y distribución de los bienes públicos, que hacen buenos niveles de vida para todos en las naciones socialmente avanzadas: salud, educación, seguros de desempleo y accidentes, jubilación, beneficios por maternidad y familias numerosas, es decir todas las instituciones del Estado del Bienestar, que hay que defender, a pesar de las malas pasadas que nos juega la demografía en los países ricos.

Los consumidores debiéramos organizarnos sólidamente para hacer frente al poder desmedido de las empresas monopólicas. Lo podemos hacer frente en el “momento de la verdad”, el momento de vendernos / comprarles sus productos. En ese fugaz momento el consumidor es el rey. Pero para ejercer esa realeza hay que organizarse. Los costos de información y organización son cada vez menores gracias a las modernas

tecnologías de la información.

Si los consumidores tomaran conciencia de su poder y actuaran en unísono, domesticarían a las empresas, aun las más poderosas.

Necesitamos gobiernos que defiendan al estado del bienestar, a los consumidores, a la competencia en los mercados (esto se ha convertido en una causa de la izquierda) y planten cara, con clarividencia y determinación, al poder y a los chantajes de las empresas.

 

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Trabajo completo publicado en Cuadernos CJ, nº 135