Enero-2006

 

Cazadores de genes

 

En febrero de 2005, la multinacional norteamericana Gen Hunter patentó los principios activos de dos plantas de la península ibérica: Thymus Vulgaris y Rosmarinus Officinalis, más conocidas entre nosotros con los nombres de Tomillo y Romero respectivamente. Las implicaciones de este hecho son graves, pues nadie podremos recolectarlas para nuestras infusiones medicinales, y los agricultores hispanos tendrán que pagar un royalti a esta multinacional por la miel elaborada con estas plantas, bajo fuertes sanciones en caso de incumplimiento.

 

¿Sientes indignación? Pues tranquilízate, sólo es una provocación. Y aunque esto en particular no es verdad, podría serlo en un futuro inmediato, ya que en el tercer mundo es una realidad cotidiana.

 

En los países del Norte hemos acabado con nuestra diversidad biológica, tan necesaria para la supervivencia de la especia. En tan sólo dos kilómetros cuadrados de la selva de Borneo hay más variedad de árboles que en todo Estados Unidos. Y da la casualidad de que el 90% de la biodiversidad del planeta se encuentra en zonas tropicales y subtropicales pobladas por unos 5.000 pueblos indígenas, cuyos chamanes controlan una media de doscientas a trescientas plantas medicinales, frente a las veinte o treinta de cualquier herboristería europea.

 

Con nuestra biodiversidad aniquilada, cada vez es mayor la dependencia del Tercer Mundo para la elaboración de medicamentos con los principios activos contenidos en sus plantas y conocidos por sus indígenas. Conscientes del gran negocio, las multinacionales se han puesto manos a la rapiña, enviando a sus huestes disfrazadas de ingenuos ecologistas unas veces, y de matones a sueldo o mercaderes con maletines otras, para apropiarse del conocimiento indígena, asaltando las selvas del sur en una nueva y masiva colonización, argumentando que la “biodiversidad es de todos”, es decir, del primero que llegue a patentarla.

 

De esta manera, han patentado la quinina, procedente de la corteza de la Chichona, utilizada por los indígenas sudamericanos contra la malaria. La emetina, procedente de la planta cephalis ipecacuana utilizada por los indios como amebicida para combatir la disentería. La pilocarpina, procedente de la planta pilocarpus jaborandi, utilizada por los indígenas amazónicos para tratar el glaucoma. La turbocurarina, droga utilizada en cirugía, procedente del curare, utilizado desde siempre por los indígenas amazónicos para cazar aves y monos sin hacer ruido. La vinplastina, utilizada contra la leucemia juvenil, procedente del rosy periwincle usado desde siempre por los indígenas de Madagascar. La ertroxilum coca, uno de los anestésicos más utilizados, inventado y conocido por los pueblos aymaras y quechuas, a partir de la coca. El diosgenin, utilizado en las píldoras anticonceptivas es procedente y utilizado desde siempre por los indígenas de México y Guatemala. Y así, alrededor de 7.000 compuestos medicinales que proceden de este tipo de plantas, todas de procedencia indígena, que han sido patentadas por empresas del Norte, para su exclusivo y multimillonario beneficio. Y además de no pagarles a sus descubridores reales –los indígenas-, por su autoría intelectual, les patentan la planta en cuestión en su propio país impidiéndoles su uso si no pagan los derechos de propiedad intelectual a la multinacional correspondiente. Es el caso de la compañía japonesa Luchy Biotech con dos plantas africanas.

 

Pero el expolio y la apropiación va mas lejos. En un documental de Lucas Holland, con el título de este artículo, denuncia la apropiación del genoma de 722 tribus sin contacto con la sociedad mayoritaria. Y se solicitan patentes sobre líneas celulares de pueblos indígenas de Panamá, Papúa Nueva Guinea y las Islas Salomon.

Se están dando  casos de intentos de solicitud de patentes de material genético y sinapsis del cerebro humano argumentando la posible utilidad futura del mismo. Es el caso de las compañías norteamericanas NIH e INCYT.

 

Para tener vía libre, y salvaguardar sus derechos de explotación y comercialización de esos productos, estas empresas dictan una normativa de libre comercio y patentes en la OMC, racista y colonialista, cuyos efectos resume trágicamente un cacique de la etnia Asmat en el siguiente párrafo: “...primero nos quitaron nuestras tierras, después nos arrebataron nuestra religión imponiéndonos la suya, luego mataron a nuestros hermanos, ahora nos roban nuestro conocimiento, nuestras células y nuestro ADN, ¿qué nos queda?.

 

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Víctor Frago (N.O.n.1387)