Febrero-2006

 

Seguimos resumiendo un trabajo de Luis de Sebastián,

 titulado “Problemas de la globalización”,

en el que va señalando aspectos que ayudan

a diferenciar el capitalismo teórico sobre el mercado libre

del otro capitalismo real que afecta a todos los ámbitos de la vida social.

El trabajo se inició en artículos anteriores.

 

COMERCIO INTERNACIONAL Y POBREZA

 

Para cualquier país pequeño y en vías de desarrollo el comercio internacional es mejor que la ausencia de comercio, es decir, la autarquía o autoabastecimiento. Luego el comercio internacional es, en principio una influencia positiva sobre el desarrollo de los pueblos, que debería contribuir eficazmente a su desarrollo y a eliminar la pobreza de su medio.

 

Estado de la cuestión

Sólo en caso de que se dé el nombre de comercio internacional a una expoliación, o explotación por la fuerza, consecuencia de la conquista o de otras formas de sometimiento político de esos países, el resultado neto de esta operación será claramente negativo. Incluso sin dominación política formal, se puede organizar tan mal el comercio que el resultado neto sea una cesión neta de recursos, y por lo tanto de valor, un comercio que empobrezca.

Algunos dirán que todo el comercio entre países en vías de desarrollo y países ricos es de esta naturaleza, que el intercambio es por naturaleza desigual y que el efecto neto es empobrecer al país subdesarrollado que comercie con un país más rico y poderoso. Que esto sea cierto en casos concretos es algo que no basta afirmar y que hay que demostrar en particular. Porque no se conocen casos de países en vías de desarrollo que hayan prosperado reduciendo su comercio con los países ricos. Ni la URSS en sus tiempos más autárquicos dejó de exportar e importar. El mismo planteamiento de un desarrollo sin comercio internacional es un poco desorbitado. Pero es un hecho que el comercio en muchos países ha sido y es compatible con el estancamiento económico, y el aumento de la pobreza, de manera que la cuestión surge inmediatamente: ¿No será que el comercio internacional genera pobreza?

Podemos considerar el caso del café en Centroamérica. Nos dicen los campesinos centroamericanos que el comercio internacional los está arruinando. Lo que les daña en realidad es la falta de comercio, la caída de los precios, debida a un comercio muy activo de nuevos participantes (Vietnam). El comercio es malo cuando decae, cuando caen los precios. No se me ocurre una situación en que un país pequeño pudiera mejorar cerrándose al comercio internacional. Pero hay que ver por qué no se beneficia, (o se beneficia más) y por qué no sirve para desterrar la pobreza de un país.

 

Las ventajas del comercio internacional

El comercio internacional tiene en teoría dos efectos principales sobre el bienestar de las naciones. Por medio de las importaciones una nación puede adquirir materias primas, bienes y servicios que ella no tiene o que no puede producir a un costo razonable. Por medio de las exportaciones puede producir para un mercado más amplio que el mercado nacional, y así beneficiarse de una mayor división del trabajo, mayor diversificación de la producción y de un aumento de la productividad del trabajo, que es la fuente y raíz de toda riqueza.

El primer efecto amplía la oferta de bienes y servicios de que puede disponer un país, el segundo aumenta la productividad del trabajo local. Estas son las dos fuerzas que han hecho del comercio internacional, a través de la historia, un instrumento del progreso de las naciones. En principio, el comercio internacional tanto en el Norte como en el Sur debiera beneficiar a las naciones que lo practican. Y así ha sido frecuentemente. El desarrollo de algunos países que han salido de su postración económica se debe, en gran medida, a una intensificación de su comercio internacional.

Los llamados “tigres asiáticos” son ejemplos que nos vienen a la memoria. Como la reconstrucción de Alemania y Japón, a partir de 1946, después de la destrucción de una terrible guerra, se debió en gran parte a su comercio con otras naciones. Sin embargo, en muchos países del Sur, la mención del comercio internacional, de fomentarlo, liberalizarlo, organizarlo por medio de tratados produce las mismas reacciones que si se evocara una maldición. Las gentes del Sur, sobre todo, las más pobres, han tenido malas experiencias con las formas históricas concretas como se organizó y se llevó a cabo el comercio internacional de sus países.

 

El comercio colonial

Los indígenas que intercambiaron con los marineros y soldados de Cristóbal Colón joyas de plata y oro por trozos de cristales y baratijas estaban, sin saberlo, haciendo comercio internacional: exportaban lo que tenía a cambio de lo que no tenían. Pero ese

comercio era sin duda ninguna un intercambio desigual, porque los valores que se cambiaban eran objetivamente muy diferentes, por lo menos en los mercados de los “exportadores” españoles. Más cerca a nosotros los enviados de rey Leopoldo II de Bélgica “compraban” el marfil de las tribus del Congo con unas barritas de cobre, que los belgas habían introducido como medio de cambio de los nativos. Estas son formas extremas del comercio colonial. Había formas más civilizadas y humanas de hacerlo, pero todas ellas, aun las que han producido riqueza en las colonias, estaban afectadas por una total asimetría en el poder negociador de las partes.

Los términos de intercambio los imponía la potencia colonial según sus conveniencias y el resto de humanidad que les quedara. Los pueblos nativos pronto tuvieron la conciencia de que daban más por menos, de que los productos que ellos exportaban eran pagados con importaciones de menor valor, sin que pudieran hacer nada para cambiar la ecuación de intercambio. El comercio internacional les aparecía como una forma de explotación o de expolio. Les hubiera gustado recibir más por lo que daban, no dejar de comerciar, porque así habrían recibido todavía menos. Muchos de sus recursos hubieran quedado ociosos y no hubieran servido para nada.

 

El comercio de materias primas

Una vez acabado el régimen colonial muchos países del Sur quedaron como petrificados en la producción y exportación de materias primas (minerales, petróleo, frutas tropicales, insumos vegetales, etcétera), con las que obtienen los productos industriales.

Esta situación sigue hoy en día siendo una realidad para muchos países. Aunque era ya

un comercio entre países soberanos, la asimetría del poder negociador ha sobrevivido a la dominación colonial. Los vendedores del Sur, con la relativa excepción de la OPEP, tienen menos poder para fijar los precios de las materias primas que los compradores del Norte. Y no digamos nada de los productores individuales de los países del Sur, que a su vez tienen que vender los productos de exportación a intermediarios y procesadores nacionales, que se llevan una parte substancial de las ganancias. Si preguntamos a los cafetaleros de Centroamérica sobre el comercio internacional, nos dirán que ha arruinado sus vidas.

 

La asimetría en la apertura de los mercados

Casi todos los países del sur han diversificado su estructura productiva, en un intento para superar la desventaja que suponía a su comercio internacional el deterioro a largo plazo de los términos de intercambio de los productos primarios con respeto a las manufacturas. En consecuencia, además de diversificar sus cultivos (soja, algodón, arroz, especias, flores, etc.), han desarrollado industrias básicas que producen textiles y vestimenta, calzado, aparatos eléctricos, muebles, juguetes, plásticos, etc.

Ahora bien, cuando estos países tratan de vender sus nuevos productos, naturales y manufacturados, en los grandes mercados de Estados Unidos, Europa y Japón se encuentran todo tipo de barreras y cortapisas al comercio. Mientras a los países del Sur se les ha pedido –se les ha impuesto– la liberalización completa de su comercio, con el argumento de que eso contribuiría a su desarrollo, los mercados grandes no se han liberalizado tanto y todavía resultan en buena parte impenetrables. De esa forma el modelo de crecimiento impulsado por las exportaciones no funciona y los países se encuentran con que exportan menos productos primarios que antes, sin poder exportar

más manufacturas. Todas las alusiones al “comercio libre” les suenan a retórica falsa y

pura hipocresía. Permítanme citar el testimonio de Joseph Stiglitz, en un artículo aparecido en El País, el 20 de septiembre de 2002:

“La comunidad internacional puede ayudar a Argentina abriendo sus puertas a las mercancías de este país, tomándose la retórica del libre comercio en serio y reconociendo que el comercio puede ser un instrumento importante no sólo para el crecimiento a largo plazo, sino también para la recuperación económica. Las exportaciones contribuirán a reactivar la economía argentina, mientras que los consumidores de Europa y Estados Unidos se beneficiarán de unos productos de buena

calidad a precios bajos. Esta es una forma de hacer que la globalización funcione en beneficio de los necesitados”.

 

El reparto de las ganancias del comercio

También hay que mencionar que la desconfianza de los ciudadanos del Sur hacia el comercio internacional se debe en parte, no a cómo se realiza este comercio, sino a la manera como sus innegables ganancias –incluso del comercio desigual– se reparten entre los ciudadanos. La concentración de la riqueza y de los ingresos, normal en los países del Sur, también afecta al reparto de las ganancias del comercio internacional. La mayoría de la población no experimenta las ventajas de las épocas de florecimiento del comercio internacional, sólo reducciones de salarios, cuando el comercio se reduce.

Pero eso no es en realidad problema del comercio, sino de la estructura social del país.

Porque, en una sociedad dual, incluso si el comercio exterior fuera internacionalmente equitativo, se repartirían mal sus ganancias.

 

Condiciones para un comercio mutuamente beneficioso

Para que el comercio sea beneficioso a las dos partes tiene que llevarse a cabo en determinadas circunstancias: justicia, equidad, simetría, paridad en la negociación, solidaridad, etc. Si estas condiciones no se dan, se caerá en el intercambio desigual, en cualquiera de sus formas, del que es muy difícil decir que sea un “juego de suma positiva”, es decir, una operación en la que las dos partes ganan. De eso queremos discutir en este capítulo. La apertura total de los mercados de los países ricos es una de las condiciones para que el comercio internacional sea efectivamente beneficioso para los países del Sur, como lo es para los del Norte.

Esta apertura, sin embargo, no deja de tener problemas. En la actual organización del comercio hay intereses que se verían afectados inmediatamente por una mayor apertura de nuestros mercados, agrícolas y manufactureros. La liberalización afecta a quienes producen bajo un régimen de protección, sea por medio de precios sostenidos, subsidios, aranceles y cuotas. La apertura de los mercados, aun siendo un acto de justicia, implica decisiones políticas que afectan a millones de ciudadanos de los países ricos. Los países del Sur deben también comprender que no resulta fácil a los gobernantes afectar estos intereses de una manera masiva y rápida. Los conflictos redistributivos siempre son malos para todos los gobiernos. Dirán que eso debieran haber pensado cuando les obligaron a liberalizar los mercados del Sur. No se discute la

cuestión de justicia, sino la secuencia y el ritmo de una liberalización necesaria, y la pedagogía que se requiere en los países ricos para que las medidas liberalizadoras sean políticamente viables. Hay que tenerlo en cuenta.

En esta reflexión hemos querido ver en la medida de lo posible todos estos puntos. Pretendemos preparar el terreno para llegar pronto a una mayor apertura de los mercados de la UE, y de los demás países ricos, a la vez que se tienen en cuenta las compensaciones que son necesarias, para minimizar los daños en el Norte y maximizar

los beneficios en el Sur. Sólo la solidaridad puede hacer el milagro de que el comercio internacional sea realmente un instrumento de progreso económico y humano para todos los países del mundo.